Japón y Rusia llevan 81 años sin firmar el tratado de paz que debía cerrar definitivamente la Segunda Guerra Mundial. Ambos países restablecieron sus relaciones diplomáticas en 1956, pero el acuerdo definitivo nunca llegó a concretarse. El obstáculo es territorial: cuatro islas controladas por Rusia y reclamadas por Japón, conocidas en Tokio como los Territorios del Norte.
El conflicto, que parecía condenado a apagarse con el paso de las generaciones, volvió a calentarse este año. Vladimir Putin visitó Etorofu el 13 de agosto, por primera vez desde que llegó al poder hace 25 años, según reportes periodísticos. Japón protestó de inmediato y calificó el viaje de incompatible con su posición territorial.
El origen: la ocupación soviética de 1945
La raíz del diferendo se remonta a las últimas semanas de 1945. La Unión Soviética entró en guerra contra Japón y sus tropas ocuparon estas islas alrededor de la capitulación japonesa, incorporándolas posteriormente a su territorio. Allí vivían entonces alrededor de 17.000 japoneses, con decenas de escuelas y comunidades dedicadas principalmente a la pesca.
Algunos huyeron y la mayoría de quienes permanecieron terminaron siendo expulsados mientras llegaban nuevos habitantes soviéticos. Tokio considera que las cuatro islas forman sus Territorios del Norte y nunca aceptó su incorporación a la URSS. Moscú sostiene que las Kuriles meridionales pasaron legítimamente a soberanía soviética como resultado de la Segunda Guerra Mundial.
La declaración de 1956 y los intentos fallidos
Japón y la URSS firmaron en 1956 una declaración conjunta que puso fin formalmente al estado de guerra y restauró las relaciones diplomáticas, pero dejaron pendiente el verdadero tratado de paz. Moscú aceptó que Habomai y Shikotan fueran entregadas a Japón después de firmarlo, mientras que las diferencias sobre Kunashiri y Etorofu quedaron sin resolver.
La fórmula nunca llegó a ejecutarse y las cuatro islas continuaron bajo control soviético. Tras la desaparición de la URSS hubo nuevos intentos de desencallar el problema, y en 2001 Putin y el entonces primer ministro japonés Yoshiro Mori volvieron a reconocer la declaración de 1956 como punto de partida de las negociaciones.
Cuando Shinzo Abe regresó al poder en 2012 convirtió el acercamiento con Moscú en una de sus grandes apuestas diplomáticas. Se reunió alrededor de una veintena de veces con el jefe de Rusia, impulsó cooperación económica e incluso trató de mantener margen de maniobra con Rusia después de la anexión de Crimea en 2014. Nada consiguió romper el bloqueo. Al mismo tiempo, Moscú fue reforzando militarmente las islas y dejando cada vez más claro que no contemplaba devolverlas en los términos reclamados por Tokio.
Ucrania y el giro del conflicto
La invasión rusa de Ucrania en 2022 cambió radicalmente el escenario. Japón se sumó a las sanciones contra Moscú y endureció su lenguaje sobre los Territorios del Norte. Rusia respondió suspendiendo las negociaciones del tratado de paz y los programas que permitían a antiguos habitantes japoneses visitar las islas y las tumbas de sus familiares.
Cuatro años después, el Gobierno japonés mantiene oficialmente que quiere resolver la soberanía de los cuatro territorios para poder concluir finalmente el tratado, pero reconoce que las relaciones bilaterales atraviesan una situación especialmente complicada por la guerra de Ucrania.
Tokio sostiene que la militarización es inaceptable y ha reiterado que su objetivo continúa siendo resolver la atribución de las cuatro islas y firmar el tratado pendiente. Sobre el papel sigue existiendo una negociación. Sobre el terreno, Rusia administra el archipiélago y acaba de subrayarlo con la presencia física de su presidente.
Nemuro: la distancia más corta
Nemuro es una ciudad pesquera situada en el extremo oriental de Hokkaido. Desde el cabo Nosappu apenas 3,7 kilómetros de agua separan Japón de la parte más próxima de los territorios controlados por Rusia, y en días despejados las islas aparecen directamente frente a la costa. Allí siguen viviendo algunos de quienes fueron expulsados siendo niños, aunque su número se desploma: quedan unos 4.700 antiguos residentes en todo Japón y su edad media ronda ya los 90 años.
Las visitas a los cementerios de sus familias están suspendidas, así que algunos han terminado rezando y depositando flores desde barcos frente a unas islas a las que ya no pueden regresar. Japón considera precisamente la reanudación de esas visitas una de sus prioridades inmediatas con Moscú.
La paradoja es que Japón y Rusia comercian, mantienen relaciones diplomáticas y llevan generaciones sin combatir entre sí. Lo que no tienen es ese tratado de paz definitivo porque ninguna negociación ha conseguido resolver qué hacer con cuatro territorios cuya superficie resulta minúscula frente al tamaño de Rusia y Japón, pero cuyo valor histórico, estratégico y económico es enorme para ambos.
En 1945, aquellas islas quedaron atrapadas entre dos países que estaban terminando una guerra mundial; 81 años después siguen exactamente ahí, ahora rodeadas por sanciones, ejercicios militares y otra guerra que ha vuelto a enfrentar a Rusia con buena parte de los aliados de Japón. Entre Tokio y Moscú todavía queda una firma pendiente.









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