El verano de 2026 en España avanza con paso firme hacia un hito climático: convertirse en el más cálido jamás registrado. Según los datos publicados por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) el 4 de agosto, el bimestre junio-julio se ha consolidado como la pareja más calurosa de la serie histórica, con una temperatura media de 24,5 grados, 2,9 grados por encima de lo normal y 0,7 grados por encima del récord anterior.
Este registro ha disparado las conversaciones sobre un posible "verano más cálido desde 1961", una posibilidad que, lejos de ser especulativa, resulta "completamente plausible", según apunta el análisis de los datos. El reto es que aún queda todo agosto para confirmar el récord, y las condiciones meteorológicas parecen dispuestas a acompañar esa tendencia.
Junio y julio: meses extremos
El desglose mensual confirma la magnitud del fenómeno. Junio fue el segundo más cálido de la serie, con 23,3 grados (3,2 sobre la media), y el tercero más seco. Julio, por su parte, se erigió como el mes más caluroso jamás registrado, con 25,7 grados, empatando con 2022, y también el más seco.
La dimensión del calor se aprecia mejor con otro dato: una de cada tres estaciones principales del país batió su récord de temperatura media de julio. Este contexto se ha visto agravado por la sucesión de cuatro olas de calor en apenas diez semanas, un ritmo que ha puesto a prueba la capacidad de adaptación de la población.
El mes clave: agosto
Sin embargo, el récord aún no está asegurado. Un agosto normal no colocaría a este verano como el más cálido del registro. Para lograrlo, el mes tendría que cerrar con una temperatura seis décimas por encima de lo normal. Aunque el arranque del verano ha sido el más cálido del registro y las previsiones apuntan a un agosto muy duro, todavía queda mucho calor por transitar.
Más allá del posible récord, los expertos subrayan un hecho ya consumado y de mayor relevancia: julio fue, a la vez, el mes más cálido y el más seco de la historia registrada en España. Esta combinación, en un contexto de olas de calor reiteradas, tiene consecuencias directas sobre la salud pública y el medio ambiente.
Impacto en salud y en el monte
El sistema de monitorización de la mortalidad (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), que estima el exceso de muertes vinculadas al calor, refleja que las cifras acumuladas hasta agosto se acercan peligrosamente a las del verano completo del año pasado. El 97,7 % de los afectados son mayores de 65 años, el colectivo más vulnerable.
El calor extremo también ha dejado su huella en los bosques. Según el sistema europeo EFFIS, hasta el 5 de agosto se habían quemado 222.783 hectáreas en España, lo que representa el 44,5 % de todo el territorio que ha ardido en la Unión Europea este año. Una cifra que, aunque esperada por la sequía acumulada, evidencia la virulencia de la temporada.
Agua y futuro incierto
El único respiro en este escenario es el nivel de los embalses, que se encontraban al 69,6 % de su capacidad a 4 de agosto, casi 8.900 hectómetros cúbicos por encima de la media de la última década. Esta reserva hídrica podría mitigar algunos de los efectos de la sequía, aunque su suficiencia a largo plazo es una incógnita.
Las perspectivas para el resto del año son inciertas. La llegada del fenómeno de El Niño, ya declarado oficialmente, añade un factor de incertidumbre sobre cómo evolucionará el clima en los próximos meses. Lo que ya es un hecho es que este verano de 2026 está dejando una huella imborrable en los registros meteorológicos de España.
El calor también golpea la salud mental
Mientras los termómetros marcan récords, los expertos advierten que el calor extremo no solo afecta al cuerpo, sino también a la mente. Según los registros de la AEMET, las olas de calor en España se han multiplicado por dos en el siglo XXI: son más frecuentes, más largas y comienzan antes, una evolución atribuida al cambio climático. Hoy, una persona vive entre diez y doce días más de calor extremo al año que en los años 80, y la superficie afectada crece a razón de 2,7 provincias por década. Entre 2000 y 2024 hubo 474 jornadas de calor extremo, más del doble que entre 1975 y 1999.
Mar Gómez, doctora en Física y meteoróloga, explica que "los años más cálidos se están acumulando en muy poco tiempo; en España, la última década ha concentrado algunos de los años y veranos más cálidos desde que hay registros". La experta subraya que el verano se estira y que mayo, junio, septiembre e incluso octubre registran episodios de calor antes mucho menos frecuentes. "España —y el Mediterráneo en general— son especialmente vulnerables porque están en una zona de transición climática muy sensible, que calienta más rápido que la media global", añade.
El impacto es particularmente duro en los mayores de 60 años. Gómez señala que "las personas mayores son uno de los grupos más vulnerables porque con la edad disminuye la capacidad del cuerpo para regular la temperatura. Sudamos peor, sentimos menos la sed, puede haber enfermedades cardiovasculares o respiratorias previas y, además, muchos medicamentos alteran la respuesta del organismo al calor". El calor extremo aumenta el riesgo de mareos, caídas, golpes de calor y empeoramiento de enfermedades crónicas, además de dificultar el sueño y generar fatiga, irritabilidad o confusión.
Umbrales de riesgo: 28-30 grados pueden ser suficientes
El Ministerio de Sanidad recuerda que no existe un umbral único de temperatura a partir del cual el riesgo para la salud comience o desaparezca. En zonas menos aclimatadas o con alta vulnerabilidad poblacional, valores en torno a los 28-30 grados pueden activar niveles de riesgo si se combinan con humedad, noches cálidas o ausencia de adaptación térmica.
El sistema de alertas sanitarias se basa en umbrales variables que cambian según la zona geográfica. En la cornisa cantábrica (Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco), el cuerpo está menos adaptado al calor sostenido, por lo que un episodio de 28-30 grados con humedad alta y noches tropicales puede generar más estrés térmico que en el sur. Algo similar ocurre en el interior de Castilla y León, en zonas de montaña como Pirineos, Aragón o Navarra, y en áreas urbanas densas del norte y centro con efecto isla de calor, como Oviedo, Bilbao o Valladolid.
El modelo de vigilancia incorpora datos de la AEMET y los cruza con información sanitaria para anticipar hospitalizaciones, golpes de calor o aumento de mortalidad en colectivos vulnerables como mayores, pacientes crónicos o población infantil. El estrés térmico se agrava cuando el cuerpo no puede recuperarse durante la noche, lo que incrementa el riesgo cardiovascular y respiratorio, incluso sin alcanzar valores extremos en el termómetro.









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