El reciente escrutinio sobre el consumo de drogas de Elon Musk ha reactivado el debate público sobre la ketamina , un potente anestésico con creciente popularidad en el tratamiento de la depresión resistente y otros trastornos de salud mental. Este resurgimiento mediático plantea interrogantes sobre el equilibrio entre el uso terapéutico y los riesgos potenciales asociados a esta sustancia. Según la investigación publicada por The New York Times, Elon Musk habría estado utilizando ketamina de forma regular durante su actividad en la campaña del año anterior. La publicación también indica el uso de MDMA y hongos psilocibios por parte del empresario. Aunque Musk admitió en el pasado recurrir a la ketamina para combatir la depresión, ha negado las recientes informaciones. En una publicación en redes sociales la semana pasada, el magnate declaró: "¡NO estoy tomando drogas!". Esta afirmación contrasta con las fuentes citadas en el reportaje del The New York Times, que aseguran que su consumo era más frecuente de lo que él mismo reconoce. La controversia se intensifica con la pública disputa entre Musk y el expresidente Trump, iniciada tras la salida del primero de la Casa Blanca. Ambos han intercambiado acusaciones en redes sociales en relación con la política interna del presidente y los contratos gubernamentales con las empresas de Musk, así como la relación del empresario con la administración. Trump, informado sobre el artículo del The New York Times, ha comentado a sus allegados que el comportamiento "loco" de Musk estaría relacionado con su consumo de drogas, según el periódico. No obstante, posteriormente, Trump se negó a hacer comentarios al respecto ante los medios. Este enfrentamiento ha vuelto a poner el foco en la ketamina, una sustancia cada vez más accesible a través de clínicas legales en todo el país. Su uso recreativo, sin embargo, conlleva riesgos, especialmente cuando se administra de forma incorrecta. La ketamina, desarrollada originalmente como anestésico en el campo de batalla en la década de 1960, ha sido legal para uso humano y animal desde 1970, siendo frecuentemente utilizada como anestésico pediátrico, particularmente en países en desarrollo. En 2019, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) aprobó un derivado de la ketamina, la esketamina, en forma de aerosol nasal para el tratamiento de la depresión resistente. Sin embargo, el uso psiquiátrico de la ketamina en general carece de una regulación estricta, lo que ha llevado a su empleo "fuera de etiqueta" para tratar la depresión, las ideas suicidas y el dolor crónico. Si bien la ketamina presenta potencial de abuso, pudiendo generar dependencia física moderada o baja, o alta dependencia psicológica, los expertos la consideran un medicamento seguro cuando se administra bajo supervisión médica.