MI ‘ARBOL’ TRADICIONAL

Andrés J. Santamaría Hidalgo

Cada año toco este tema por estos días de carnaval, unos lo leen con entusiasmo, muchos ni se percatan y la mayoría lo toma en broma. Inclusive piensan que va en contra de la tradición. Se acordarán ustedes amigos los más antigüitos, que antes se jugaba con betún, agua teñida, chisguetes de éter, talco de ‘keka’, inclusive con agua sucia. En las calles se bañaba a la gente a diestra y siniestra, sea niño o abuelita.  Las turbas o pandillas salían armadas de todos estos elementos contundentes y se arremetía contra indefensas chicas, unas veces con el beneplácito de ellas pero mayormente contra su voluntad. Hoy en día está prohibido jugar con agua en la vía pública, los chisguetes de éter no existen porque son peligrosos, el betún es nocivo y el talco es usado con cierta prudencia en sitios específicos. Posiblemente hay transgresiones como en todo, pero no está permitido, va contra la ley.

El cambio climático nos obliga a mirar con respeto a los árboles y si no somos capaces de forestar y reforestar, menos deberíamos talarlos. Sin embargo en nombre de la tradición se talan impunemente miles de árboles a nivel nacional. Es cierto que antes lo hacíamos, yo mismo he participado con jolgorio en docenas de estas hermosas fiestas, pero los tiempos cambian y hay que adecuarse a ello. Pienso que hay formas y formas. Me cuentan que en la valle del Mantaro no se usan árboles sino palos que se adornan y sirven varias veces. Si nos vamos más lejos, la tradición de los árboles navideños naturales en los países nórdicos, casi ha sido erradicada por los árboles artificiales de plástico, que se guarda para los años subsiguientes. Y digo ‘casi’ porque los agricultores ofrecen otra opción con árboles de pino cultivados, es decir, la gente ya no va al bosque y depreda, sino compra su árbol en el ‘farm’. Aquí se debe imitar este buen ejemplo con los árboles de carnaval, fabricarlos o cultivarlos.

Además esto de los árboles de carnaval tiene otras connotaciones un tanto lindantes con el salvajismo, pues tratándose de un ser vivo, no hay derecho que se le arranque de su hábitat, se le arrastre por las calles, se le plante a veces en el cemento y luego se le tumbe a punta de hachazos. Recuerdo que alguna vez me causó indignación cuando vi que quienes habían alquilado el local de un conocido club para llevar a cabo el tradicional corte de árbol, le hicieron hueco a la cancha de fulbito de cemento para plantar el árbol. Doble daño, deportivo y ecológico. Hace poco, este año, leí en las redes sociales que unos vecinos habían hecho lo mismo, en la calle de su propia vecindad. ¿A esto llamamos tradición?

No quiero aguarles la fiesta a tantas familias, amigos y pueblo en general que goza con esta fiesta hermosa, pero hay maneras, no hay necesidad del arbolito creo yo, basta y sobra la alegría, el baile, la serpentina un poquito de talco, las bromas, la música, las chelas, en fin, todo aquello de sano esparcimiento y si queremos una ronda, denle la vuelta al muñeco de Don Calixto y coloquen dentro los regalos o recuerdos tipo piñata. Nuestro planeta se los va agradecer eternamente.