MARIO VARGAS LLOSA O EL OFICIO DE LA LITERATURA

Orlando Córdova. Si idear una historia es complicado, más difícil es plasmarla en papel y hacer de ella un proyecto vivo y vital. Por eso es que la literatura, vista como un oficio profesional y no como un simple hobby, requiere tiempo, constancia y dedicación. Porque la ficción no se construye sola ni nace por el azar. A ella hay que agregarle talento, pero más que talento, esfuerzo. Y Mario Vargas Llosa, uno de los escritores más representativos a nivel nacional e internacional, así lo ha demostrado.
En muchísimas entrevistas, reportajes y ensayos ha declarado su visión exclusivista de la Literatura. Para él si un escritor es capaz de renunciar a su talento por unos cuantos centavos o por comodidad, entonces no es un verdadero escritor, a lo sumo un aficionado, pero de ninguna manera un escritor a cabalidad. Para serlo, manifiesta el Nobel de Literatura 2010, el creador de ficciones debe de tener con la historia que crea la misma relación que tiene el hombre con la solitaria. Cuando contraemos este parásito ya no vivimos por nosotros mismos ni para nosotros, ahora existe una relación simbiótica con ese espeluznante organismo. No darle de comer supondría el deterioro de nuestras facultades físicas o psíquicas. De tal manera que nos vemos obligamos a sostener con la solitaria un verdadero vínculo de amor, porque sin buscarlo le damos atención y consideración a condición de nada. Pues bien: Vargas Llosa asegura que esta es la verdadera forma de lograr algo como contador de historias.
Desde La ciudad y los perros hasta Cinco esquinas, pasando por una multitud de obras de teatro y ensayo, Vargas Llosa ha sido fiel a sus directrices, convirtiéndose en referente para ulteriores generaciones de escritores. Como declaró Javier Cercas, lo curioso en Vargas Llosa no es que haya creado una obra maestra, sino que haya creado seis obras maestras, un logro que ningún autor tenga el lujo de atribuirse. Entre éstas están, a gusto de Cercas, La ciudad y los perros, La casa Verde, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo y El paraíso en la otra esquina, novelas donde se analizan a profundidad los entresijos del hombre.
De todo esto podemos hacernos una idea del escritor arequipeño, a quien el esfuerzo y el ingenio han recompensado con ser el único Nobel de nuestro país. Pero no solo eso, sino también el de erigirse como maestro de la novela latinoamericana, o como uno de los cien intelectuales más influyentes del siglo 21. Tanto prestigio bien merecido para alguien que un día, quizá el más crucial, se dijo así mismo “voy a ser escritor; no importa que para eso tenga que sacrificar algunas cosas”.
Leerlo es siempre grato a pesar de las diferentes opiniones que mantengamos. Repasar su obra, sobre todo la novelística, llena nuestro espíritu, lo engrandece y lo instruye. No hay nada mejor, se los aseguro, que leer un libro suyo y hundirse en sus mundos inventados, en sus personajes inolvidables y en sus reflexiones épicas; sobre todo, porque al hacerlo sabes que entre tus manos sostienes el fruto de un verdadero escritor, uno de los pocos que hizo de la Literatura un verdadero y digno oficio.