Por Fernando Carrasco Núñez
Mario Malpartida Besada es una suerte de mago de estos tiempos. Extrae lejanos recuerdos de su vida y los convierte en cuentos de barrio, a veces rockoleros, cargados de ternura, pasión y melancolía. Así lo ha demostrado desde su primer libro de cuentos Pecos Bill y otros recuerdos (1986). En los últimos años, el autor de Con olor a vino (2007) también ha incursionado con acierto en la narrativa infantil con libros como El fantasma de un cajón y otras apariciones (2008). En esta misma línea, acaba de publicar El mago del papel (Editorial Ámbar, 2022).
El mago del papel es una historia que va a caballo entre el relato largo y la novela breve. Consta de cuatro secciones: “Cerro Nuevo”, “Montaña Siniestra”, “El Gran Río” y “Epílogo”. Presenta un narrador tradicional que nos relata en forma ordenada o lineal la historia de Leonardo Miguel, Leo, el mago del papel. Malpartida narra esta historia con el talento y la seguridad que le han conferido los años de arduo trabajo en el arte de la escritura creativa.
Leo es un niño diestro en las artes del origami. En un inicio, elabora un avioncito de papel en forma de un ave picuda y echa a volar su imaginación con el afán de llevar a cabo una misión, casi imposible, en la selva de nuestro país. Durante su travesía, Leonardo tiene que armar otros objetos de papel, según las circunstancias. Y es este viaje lúdico, inquietante, ilusorio, cargado de riesgos y aventuras, lo que nos relata Mario Malpartida en su nuevo libro.
En la primera parte, “Cerro Nuevo”, resalta el uso de la focalización interna. En la escena de mayor dramatismo, Malpartida narra desde la perspectiva de sus personajes niños, quienes observan asombrados las maniobras del piloto en el cielo celeste de su comunidad en su afán de salvar su vida. Estas escenas —acaso también evocadas por el autor— se convertirán en grandes recuerdos para estos niños: “Eso es lo que querían ver: la llegada de una máquina voladora a las quinientas para guardarla como el más grande recuerdo de su infancia” (p. 16).
La segunda sección titulada “Montaña Siniestra” relata el viaje por tierra del protagonista hacia el corazón de este escenario inhóspito para cumplir su propósito: encontrar la flor más exótica del mundo, la orquídea Waqanki (lágrimas, en quechua). La historia se enriquece con la presencia de otros personajes (doña Tomasa, los aborígenes, el Chullachaqui: el guardián del bosque, según la mitología amazónica).
La tercera parte, “El Gran Río”, relata el viaje de regreso a casa de Leonardo Miguel. Durante su viaje, evade con ingenio el encuentro con el Chullachaqui, pero no puede evitar tropezar con los jíbaros, los terribles reducidores de cabezas. En esta parte, resulta interesante cómo el autor incrementa la intriga y provoca cierto temor en sus lectores. Leo piensa en los dos nuevos amigos que ha conseguido al inicio de su periplo y que le fueron de gran ayuda (una mujer mayor y generosa y un joven bastante perspicaz) cuando ve las cabezas pequeñas que los dos jíbaros llevan colgadas en sus cuellos:
“…dio una última revisada a las cabezas diminutas que colgaban de sus cuellos y no pudo evitar que una tremenda conmoción le removiera el alma. “Una vieja y un joven”, pensó, y ese pensamiento, en medio del calor selvático, provocó en su cuerpo una inexplicable sensación de escalofrío” (p. 46).
El capítulo final, titulado “Epílogo”, nos revela cómo es que se inicia toda la historia, el motivo que llevó a Leonardo a emprender su larga aventura. Se relata también cómo culmina su recorrido con un verdadero acto de magia: la paciente elaboración de la orquídea Waqanki de papel que se convertirá después en una ofrenda del protagonista a sus primas Stephany Gimena y Narvi Sophía.
El mago del papel resalta también la importancia del entorno familiar en el desarrollo de la imaginación y la creatividad de los niños. Porque la familia es el puerto desde donde alzan vuelo los grandes lectores y los escritores apasionados, los magos de las palabras:
“Sonreía al entender que, según sus saberes sobre aviones y pilotos, las peripecias del vuelo, las fallas mecánicas, el aterrizaje forzoso y otras ocurrencias de su autoría, quedarían almacenadas en la caja negra o registrador de vuelo. Él, por su parte, los pondría en su diario personal” (p. 22).
El libro, en sus líneas finales, nos sugiere, que los viajes de Leo, el mago del papel, tendrán nuevos capítulos. Que así sea.
En síntesis, estamos frente a una breve y maravillosa historia que nos ilustra que el poder de la imaginación, sumado al talento y esmero, nos ayudan también a lograr —por amor a nuestros seres queridos— las misiones más difíciles que nos impone el destino.




