UN DÍA DE CLASES

Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles

Uno está parado ante la puerta de un colegio como cualquier otro en nuestro país. Es un catorce de marzo, día del inicio escolar, la vuelta a los colegios y a la llamada presencialidad. Veo rostros de niños, adolescentes, mientras espero, cual soldado de regimiento, obedeciendo la orden de mi superior. La gente —en su mayoría padres, abuelos, tíos, vecinos y otros— están murmurando; otros, en silencio o viendo su celular, y yo, simplemente, mirando a todas partes.

      Cada vez que avanza las manecillas del reloj y sin claudicar un segundo siquiera, esperando llegar a la hora precisa, la de salida, todos, incluso a los mirones como yo, aguardamos, como un milagrito de papa Dios, que la puerta se abra. Los desconocidos señores que están más cautos esperan que la puerta haga un ligero movimiento para poder entrar y recoger a las criaturas del Señor. Por un momento, alguien me empuja, doy la vuelta y miro a mi alrededor, noto que no solo somos unos cuantos señores, sino más bien, una muchedumbre que aguarda al fruto bendito de su amor o amores.

      De pronto, la puerta del cole se abre y los protocolos son cosa del pasado… Al ver esto, me aparto de la muchedumbre, pero oigo a alguien exclamar: «¡Siempre hay desorden!». Y otros hacen eco de lo que se grita. La gente se desespera, pelea, avanza refunfuñando; pienso y creo que entienden que sus hijos no saldrán de ahí con vida o que quizás se podrían perder, claro, teniendo en cuenta la edad de sus criaturas. Se arma un tole tole, y la gente empieza a discutir entre ellos, y los encargados de la institución de esa manera crean así un conflicto; todo ello acompañado por la armónica sinfónica de cláxones de los siempre trimóviles, ticos y vehículos que circulan sobre estas calles. En todo este caos, después de dos años hay clases, hay desorden, hay confusión, tanto, así como el amor está en el aire.

      Luego de ver a la muchedumbre ir pasando sin pena ni gloria o ir desapareciendo poco a poco, como mis ahorros en plena pandemia, me empiezo a mover. Y antes de llegar a la puerta, en la mesa del vigilante de la institución, veo la plana de un diario nacional. En la portada, muy grande y resaltante, se titula sobre la guerra entre ucranianos y rusos. Pienso así que como existen conflictos bélicos, también están aquellos que son de tipo académico, político, ideológico o de creencias, y mejor no hablemos del amor… que siempre terminan desuniendo a la gente, creando grupos, sectas, divisiones, los cuales a pesar de hablar de unión —solo cuando juega la Selección— el hombre tiende a explotar su pequeña bomba, la bomba atómica del conflicto. Por más comprensivo que sea, hay algún momento en donde nuestra esencia, la de ser conflictivos, renace, se apodera de nosotros y nos somete. Todo ello acompañado del caos: una deliciosa bebida que se sirve fría, como una cerveza en un sábado soleado y acompañado por los amigos.

      Dentro de todo eso, siento, pienso, la realidad siempre esta ceñida de conflictos, problemas y caos. La vida en esencia nos muestra su mirada de esa forma y nos abraza y libera en ese ir y venir eterno. Aguardo en la puerta: el suave olor de las flores del paraíso se acerca con su pequeña mochila; acompañada por la profesora la veo llegar a mí y me dice: «Hola, papá». Tiene una sonrisa que llenaría todas las constelaciones, y que, dentro del caos y el conflicto, me demuestra que también hay espacio para el amor.

 

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