Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Cuando todo hacía indicar que después de la serie de episodios bufonescos con que nos mantuvieron entretenidos los altos funcionarios del gobierno del señor Pedro Castillo a lo largo de los últimos días, nada podría haber que superase en ridiculez y ñoñería a las payasadas que se prodigaron por doquier desde las más altas esferas del Ejecutivo, y esto como consecuencia de no haber tenido el presidente el coraje y la perspicacia necesarios para elegir bien a los miembros de su primer y decisivo gabinete, los peruanos tuvimos el “privilegio” de presenciar algo que en circunstancias normales, esto es, en cualquier país que no fuese el Perú, no tendría porqué haber sucedido, una protesta que es de lejos una de las más imbéciles que hayamos podido observar jamás, con el agravante de que las hemos tenido no pocas desde que inició la pandemia.
Así, después de haber anunciado durante toda la semana pasada que elevarían su más enérgica voz de protesta por la no apertura de las escuelas, el último sábado pudimos observar a un numeroso grupo de personas, muchas de las cuales decían ser padres de familia, las mismas que se mostraban acompañadas de sus hijos en algunos casos, apostadas frente a las puertas del ministerio de Educación para exigir el inmediato retorno a las clases presenciales. Sí, así mismo. Ni más ni menos que eso: decenas de personas exigiendo la reapertura de las escuelas.
Su argumento, tirado de los cabellos, y por más increíble que parezca, era más o menos el siguiente: si se habían abierto bares, discotecas y hasta burdeles, ¿por qué carajos (el “carajos”, naturalmente, es nuestro) no podrían abrirse las escuelas? A lo que ganas no nos faltan de repreguntarles: ¿No será, pedazo de papanatas, porque nuestros niños y jóvenes no “van” a estudiar a bares, discotecas y burdeles? ¿No será, pedazo de badulaques, porque hay un abismo de diferencias entre estas y aquellos?
Como si el hecho de por sí no fuese suficiente para generar la indignación general de la ciudadanía ante tamaña muestra de insensatez cometida por este grupo de desubicados, no faltaron los medios de prensa que, lejos de cuestionar las irresponsable actitud de aquella tira de necios, lo que hicieron más bien fue todo lo contrario, pues los presentaron como padres abnegados a los que única y exclusivamente movía el loable deseo de que sus hijos no vieran perjudicados sus aprendizajes más de lo que ya estaban por culpa del maldito virus.
¿Que preocupados por la educación de sus hijos, por su salud emocional, por las consecuencias que a largo plazo podría llegar a causar en ellos el “aislamiento” social a que se ven sometidos? ¡Si serán pendejos estos pendejos! Que lo único que mueve a la gran mayoría de estos bribones es la necesidad imperiosa de tener un lugar a donde poder enviar a sus hijos, para poder ocuparse sin mayores preocupaciones de sus asuntos. Porque queda claro que padres preocupados por el bienestar de sus hijos no son.
Y no lo son porque hasta el más animal, esto es, hasta el más elemental de los hombres podría darse cuenta de que si existe un contexto en el que no se puede permitir, y mucho menos exigir, el retorno inmediato de nuestros niños y jóvenes a las escuelas, es precisamente el que vivimos en la actualidad. Pues con la llegada inminente de la tercera ola del coronavirus a la vuelta de la esquina, y con la constatación incuestionables de que la Covid-19 viene afectando ahora a niños y jóvenes de una manera en que no se había visto hasta ahora (Estados Unidos es un triste ejemplo de ello), resulta incomprensible que haya gentes que pidan, que exijan, que sus hijos vuelvan a las aulas, a sabiendas, porque tendrían que saberlo, de que las consecuencias de semejante insensatez podrían ser catastróficas.
¿Cederán nuestras autoridades educativas ante la presión de un grupo de desatinados, que lo único que buscarían es la reactivación de su “niñera” de toda la vida? No sería raro que sí. Después de todo, demostrado ha quedado que si hay algo por lo que se caracteriza este gobierno es por la facilidad con que comete insensateces. De momento, nuestro flamante ministro de Educación no ha salido a decir esta boca es mía. A lo mejor porque anda esperando el voto de confianza del Congreso para sentirse realmente dueño del complicado cargo que ostenta. Que siga esperando.
La educación remota en nuestro país podrá tener todos los defectos y limitaciones del mundo, pero es, en cualquier caso, el único mecanismo que tenemos, de momento, para garantizar que nuestros niños y jóvenes no se vean innecesariamente expuestos a la posibilidad del contagio, a la posibilidad de la muerte. Hemos dicho “innecesariamente”, y lo hemos dicho adrede, porque por más que exista la imperiosa necesidad de que la educación no se detenga, sobre todo en un país como el nuestro, que tanto la necesita, existe, no obstante, un valor que está muy por encima de esta, y ese valor es el de la vida. Detalle, este, que algunos parecen haber olvidado. No todos, felizmente.




