Por Jacobo Ramírez Mayz
Un mensaje de texto en donde leo: «Profe, buenas tardes, ¿me podría mandar su número telefónico?» Veo su perfil y se trata de Ciro Rosario Barrera, huanuqueño de 33 años quien se denomina bebedor, noctámbulo y díscolo en la solapa de su novela titulada La resaca de los años gloriosos (Ediciones Rocinante, 2022). Le mando lo solicitado y en seguida me timbra. Me dice que me quiere entregar su libro. Ese tipo de obsequios es de lo que más me gusta. Me emociono y le digo que estoy en mi casa de Las Pampas. Me confirma que al día siguiente irá.
Y, efectivamente, llegó a mi casa de la mano de una señorita a la hora pactada. Cuando lo vi personalmente, me recordé más de él. Fue el que me mandó al demonio mentalmente cuando no le dejé ingresar al salón de clases. Por si acaso, calenté mis puños. Ya sentados en unos muebles, abre su mochila y saca primero una bolsa de café de los buenos y me la entrega. Luego me da su novela. Escribe la dedicatoria y me la alcanza. Lo único que me quedó fue agradecer su gran generosidad. Luego de una prolongada plática, nos despedimos.
Esa misma noche, tomando café cargado, comencé a leer su producción literaria y conocí a don Filli, un hombre de avanzada edad, de piel curtida por la inclemencia de vivir en el campo, a quien lo muestra pensando cómo liberarse de unas zarigüeyas que destrozan sus cultivos y su corral. Comencé al mismo estilo de los seguidores en Facebook, a ser el seguidor de este personaje, su enfrentamiento con el obispo, su servicio como jardinero en el convento, sus borracheras imparables con Tomás y cada cosa que desarrollaba hacía que le ponga su link de me encanta.
Luego leí sobre Lucas, el gato de don Filli. Es rebelde como su dueño, busca la felicidad en lo que hace y busca vengarse de aquellos que no lo valoran, también igual que su dueño. Es un personaje que te coge desde su primera aparición en la novela y el lector busca saber qué le pasará o hará en los siguientes capítulos. A Lorenzo le puse, me importa durante toda la lectura.
Recorrí imaginariamente la hacienda de Chunabamba, vi cómo trituraban la caña de azúcar, cómo el jugo se convertía en mosto para después pasar por el alambique, sentí el olor del aguardiente recién destilado. Disfruté de cada historia vivida en el lugar, de la terquedad de Leonidas para lograr sus sueños y de las aventuras de Wilfredo. Todas esas historias hicieron que reaccionara con link, me encanta, me importa.
Gracias a la novela, ingresé al convento de las Abnegadas Hijas de Santa Clara y el Espíritu Santo, disfruté de cada episodio, de la vivencia de las hermanas, de su obediencia a su superiora, de su vida dentro de esos claustros, a esas historias les puse todas las reacciones habidas y por haber.
Después de unos días, terminé mi café y de leer el libro, lo guardé en un lugar especial de mi biblioteca con la esperanza de que alguna vez alguien lo saque y disfrute de su lectura. Después de verlo ahí, me fui a descansar y, como tengo la buena costumbre de soñar casi todo lo que leo, esa noche, en mi oración rutinaria que hago antes de dormir, pedí a todos los dioses que existen que por favor me hagan soñar con la siguiente parte de la novela: “…se presionó los pechos involuntariamente. Sintió un pequeño dolor que, lejos de fastidiarla, le generó una sensación agradable. Divisó hacia la ventana para cerciorarse que nadie la veía y se cogió los pechos con confianza, masajeándose suavemente, presionándolos con movimientos circulares. Sus pezones se endurecieron y comenzó a sentir punzadas por todo su cuerpo…”.
P.D. Si ustedes quieren disfrutar de esas historias, y profundizar más sobre el contenido de la novela, los invito a leerla.
Las Pampas, 21 de julio de 2022




