Andrés Jara
La conocíamos simplemente como “la portavienda”.
Así de simple, en femenino, mal pronunciado. Quizás porque así lo escuchamos, seguramente, en nuestra primera niñez, cuando aún éramos muy infantes, de la boca de nuestros padres que (disculpados están) no sabían nada de coherencia o normativa sintáctica.
Ahora sé que la pronunciación correcta es “el portaviandas”; o sea el objeto con el que se traslada de un lugar a otro las viandas, las comidas, el fiambre.
Y en mi casa era el utensilio que más próximo estaba ante nosotros. Era un artilugio tan simple como tan útil.
El portaviandas que teníamos era de metal enlozado, blanco, de tres niveles sobrepuestos. Tres cacerolitas, una sobre otra, sujetadas por ganchos a ambos extremos.
El portaviandas de mi memoria tenía, por el uso intenso de todos los días, varias esquinas desportilladas; pero allí estaban dando la batalla diariamente, en las mañanitas y al mediodía, en cada desayuno, en cada almuerzo, trasladando los alimentos desde Los Profundos (donde vivíamos en una casa vieja de paredes desconchadas) hasta Moras Pampa, donde mi padre (bajo el sol o bajo la lluvia) labraba la tierra y se ganaba el pan con el sudor de su frente; maldición divina que Dios, en su infinita sabiduría, nos sentenció por culpa de Adán y Eva, esos desobedientes crónicos.
En una esquina de la cocina, colgado de un clavo grande, estaba siempre el portaviandas, lavadito, listo para ser usado cuando la comida estaba lista y debía llevarse, calientita, hacia mi padre que, seguramente, impaciente, esperaba que uno de sus hijos, especialmente yo, llegásemos con el yantar para aplacar el hambre.
Mi madre, esa santa mujer que ya está bordeando los 90 julios, se levantaba muy de madrugada a preparar el desayuno; no solamente porque debía enviarlo a mi padre apenas asomaba el alba, sino también porque ella tenía que ir a vender al mercado donde se ganaba la vida como ambulante.
“Ya está el desayuno, sírvanse primero ustedes, llenen luego la portavienda y lleven a su papá calientito. Él debe estar con frío pues ha regado el maizal toda la noche”, decía, y aupándose su manta a la espalda y sujetando una canasta de carrizo entre los brazos, se marchaba a su destino incierto.
Nosotros, los hermanos, dábamos cuenta de la primera comida del día y luego, como siempre, preparábamos el portaviandas para mi padre.
En el primer piso iba invariablemente el caldo verde con su ruda, cebolla china y muña picados, o cuando había tiempo, con esas mismas hierbas pero molidas al que se le agregaba uno o dos huevos batidos en el mismo caldo. Sabor incomparable que busco hasta ahora. En el segundo nivel, aún más inalterable, se llenaba con un café bien retinto, cargado, como le gustaba a mi padre. El tercer nivel sí podía variar dependiendo de las circunstancias: a veces iba su mote o frejoles sancochados, o cuando se podía, sus cuatro panes mestizos, comprados muy de mañana en la misma panadería.
A eso de las once y treinta de la mañana mi madre, después de haber trabajado desde la madrugada, llegaba del mercado con todos los bastimentos para el almuerzo. No sé cómo lo haría, pero en menos de una hora ya estaba listo dicho almuerzo.
Otra vez el portaviandas entraba en acción. Mi padre estaría cansado y con hambre y nosotros teníamos que hacerle llegar el salvavidas, portaviandas en mano.
Esta vez en la primera cacerolita se llenaba el caldo de huesos o una simple sopita con fideos y carne molida, imitación pobre de la famosa sustancia de hoy en día. Sobre este iba el segundo, que podía ser de ollucos con cascarón, ajiaco de frijoles, guiso de cayhua o quishihua o coles picadas; o cuando llegaban los buenos tiempos, iba un trozo de pescado bonito, o un seco de res, o quien sabe un estofado de gallo previamente degollado en la madrugada ante mi estupor de ver pataleando sangrante al pobre animalito que luchaba por su vida. En el tercer nivel, su buena ración de papas sancochadas, especialmente las huayro, traídas desde Chogobamba, dos mil quinientos metros más arriba de este valle huallaguino.
Mi padre esperaba con ansias el almuerzo que venía en el portaviandas. Apenas me veía llegar, él se acomodaba bajo la sombra del viejo pacay y ya sentado sacaba una a una las cacerolitas y empezaba con su rito del mediodía. Primero se tomaba a grandes sorbos la sopa, luego el segundo, acompañado de certeros mordiscos de su papa preferida y avanzaba imparable hasta dejar limpiecito el portaviandas; esta vez, ante la mirada atónita y desesperada de Tigre, Guardián y Comelón, los perros que siempre nos acompañaban y que estoy seguro, se daban perfecta cuenta que para ellos no quedaba prácticamente nada.



