LA LITERATURA, EL LIBRO Y YO

Por: Arlindo Luciano Guillermo

¿Qué hubiera sido de mi vida sin la literatura? No concibo mi vida sin libros ni lectura. Mis libros es el único patrimonio material que poseo. Mi biblioteca podría ser equivalente a un automóvil lujoso, una cuenta bancaria o una suntuosa vivienda. La biblioteca es mi reductor preferido de felicidad, monólogo interior, polifonía de voces, diálogo con autores y personajes, soledad, enajenación de tiempo y hambre, disfrute intenso. No soy escritor literario, sino lector crítico, subjetivo, sectario, elitista, cuyas opiniones no están escritas en piedra; prefiero ser lector. Lo mejor que hice es coger el libro, leerlo, mostrarle mi aprecio y fidelidad hasta hoy y, seguramente, hasta el último día de mi residencia en la Tierra. Dejaré por escrito que deben introducir en mi ataúd o en el crematorio seis libros: El principito, Los heraldos negros, Mi planta de naranja-lima, Cien años de soledad, Pedro Páramo y Los versos del capitán. Con el periodismo ejerzo mi derecho al pensamiento crítico; con la docencia sobrevivo decentemente y resuelvo mis necesidades urgentes y ciertas vanidades, también para comprar un libro novedoso de mi apetencia. Mientras leía Los miserables de Víctor Hugo me indignó la persecución feroz del inspector Javert a Jean Valjean. “Javert, hijo de puta, déjalo vivir en paz”, grité iracundo. Dos pares de ojos me exigían una explicación. Sonríe, seguí leyendo. Construí mi biblioteca y la convertí en mi búnker blindado contra la frivolidad y la necedad. La lectura otorga ventaja lingüística e intelectual.

La literatura me ha permitido tener amigos escritores, presumir de poeta, librepensador, escritor, sentir afecto sincero por el libro, respeto notable por la poesía y el poeta. Sin literatura no escribiría columnas de opinión. El lector no se hace por arte de magia. Nadie lleva un sleeping bag a una biblioteca y despierta al día siguiente convertido en lector. Un lector busca afanosamente sus libros, vive por ellos y los tiene cerca como una fuente de agua. Mi vida personal se vincula a la escritura en mi lejanísima infancia. Mi padre, un chofer de ruta larga, traía de la ciudad de Lima paquetes de periódicos pasados que me los entrega solo a mí. Así supe que existían periódicos grandes como La Prensa, El Comercio, La Crónica y otros que utilizaban lenguaje popular y jergas como Extra y Última Hora. Así empezó mi interés por la lectura. Cada cierto tiempo mi padre me decía: “Vamos a comprar libros”. Salíamos de la casa de Abancay, paradero 2, caminamos conversando hasta el puente Calicanto. Visitábamos las librerías El Divino Maestro y Manuel González Prada. “Elige lo que quieras”. En mi deseo de tener muchos libros escogía más de la cuenta. A la hora de pagar miraba la pila de libros y me susurraba: “Ajústate a mi bolsillo”. Me quedaba con cuatro o cinco libros. Eran mis libros, de mi propiedad; ahora tenía qué leer. Este episodio me embriaga de nostalgia cuando Elisa me dice “vamos comprar mi libro, el que ha pedido mi profesor en el colegio”. Recientemente compramos Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. 

En la casa familiar nadie era lector. ¿De dónde me viene el interés por la lectura? Creo de modo natural, espontáneo, atracción instintiva por el material escrito. Coger un libro impreso, ese artefacto mágico y seductor, fue el acontecimiento más relevante que marcaría para siempre mi vida. De resolver ejercicios complicados de Álgebra y Trigonometría -renuncié a mi posible carrera de Ingeniería Civil- pasé radicalmente a leer a Vallejo, Eguren, Neruda, Vargas Llosa, Arguedas, Ribeyro, los “tres en raya” (Cloud, Malparida y Cárdich), Arguedas, Ribeyro, García Márquez, Borges, Cortázar, etcétera. Si la lectura fuera una profesional asalariada, a eso me dedicaría; trabajo, leo y escribo, sin descuidar la salud, los sentimientos amorosos, la recreación ni los escasos amigos. Yo podría vivir en la cima de la montaña con mis libros. Avizoro mi vejez leyendo. Quisiera que la muerte me sorprenda lúcido, con los ojos abiertos, sin Alzheimer, leyendo un libro, dejar de respirar e ingresar al sueño profundo sin retorno. ¿Qué será de mis libros? No lo sé. Solo espero que terminen en poder de otro lector que los ame como yo.  A mis 58 años sigo leyendo con el mismo entusiasmo que en la juventud. Un año me entró la locura de creer que “de la universidad no tenía nada que aprender; yo sabía más que mis profesores”. Tenía unos 21 años; edad con derecho a la rebeldía, la soberbia y la autosuficiencia. Abandoné la universidad. ¿Qué hice ese año? Leía de sol a sol, sin parar. Enseñaba en una academia preuniversitaria para solventar mis gastos, comprar libros y conversar con café o cerveza con los amigos literarios.  

La literatura es pasión, adicción saludable, no venial, no dañina para la salud mental ni emocional, necesidad, curiosidad, aventura como la vida misma. Un profesional, con el plus de ser lector, va más allá del tecnócrata, que resuelve problemas con efectividad; de lo contrario, carece de habilidades verbales para comunicar, redactar, resumir, impactar con frases y discurso reflexivo y democrático. Por la literatura existo, vivo, enseño, converso, pienso, escribo. Sin la literatura, mi vida sería vulnerable a la crisis existencial. La literatura crea un mundo paralelo a la realidad tangible, fáctica. Las realidades literarias -un poema de Vallejo o Neruda, un cuento de Rulfo, Borges o Ribeyro, una novela de García Márquez, Vargas Llosa, Cárdich o Arguedas- permiten disfrutar de un mundo con libertad, felicidad y recompensa por las iniquidades diarias. La literatura inventa ficciones, construye mentiras que tienen apariencia de verdad. La literatura sabiamente previene de la estupidez, la tartamudez, la flojera intelectual, la indigencia lingüística.

Leo lo que aguijonea mi curiosidad, dejo un libro que no me estimula. Soy escéptico ante libros desconocidos. Leo sin que nadie me obligue ni obligo a nadie. Soy profesor que motiva a los estudiantes para que sientan interés por el libro y la lectura. No se lee por imposición ni “extorsión cultural ni académica”. La literatura y yo somos las caras de la misma moneda. Cuando algún día muera no me recuerden como escritor, sino como lector convicto y confeso. La literatura me cambió la vida, me sostiene de pie, me anima, me ilusiona, me mantiene lozano, con optimismo, con el espinazo erguido, los pasos ligeros, los ojos despiertos, el cerebro fresco e indomable. La literatura llegó a mi vida tempranamente y se quedará para siempre. Cuando no leo estoy triste, melancólico y taciturno. Leo cuando sé que mi espíritu sensible encaja con el libro. Leer para mí es una responsabilidad académica e intelectual. Detesto el libro mediocre, escrito por un “bárbaro alfabeto”, sin creatividad, sustancia sólida, sin anhelo de trascendencia, solo con afanes de pedantería y currículo. Hace unos días leía la poesía de Alejandra Pizarnik. Quedé deslumbrado como cuando leía a Rimbaud, Bukowski, Baudelaire, Vallejo o Neruda. Amo a los libros con lealtad, amo a la literatura con delirio irremediable.