Por: Arlindo Luciano Guillermo
Hoy quien practica el método “la letra con sangre entra” es un dinosaurio, cavernario, troglodita, un depredador de autoestima, un desadaptado de la pedagogía. Ese método ya no existe, murió en el siglo pasado; es abusivo, autoritario, agresivo, no respeta los ritmos de aprendizaje ni tolera el comportamiento de los estudiantes. La virtud del docente no es saber mucho, sino tener paciencia con los estudiantes durante la enseñanza. Docente que no tiene paciencia en el aula es un peligro inminente.
Uno de los desempeños que debe cumplir, con efectividad, el docente en el aula es crear un clima favorable para la convivencia democrática y las condiciones ambientales, emocionales y afectivas para los aprendizajes. Nadie aprende ni se corrige cuando ve una regla amenazante, una correa que serpentea en el aire o un rostro endemoniado que inspira terror y, por consiguiente, distanciamiento y perturbación. Así los estudiantes ya no ven al docente como un educador, sino como un sujeto que los amenaza para enseñar. Es falso que los estudiantes aprendan con más rigor físico y castigos corporales. El docente es el actor imprescindible para que los estudiantes aprendan sin temor, agresión ni amenazas.
Está totalmente prohibido maltratar a un niño en la escuela, en la fiesta, en la casa, en la calle. Los niños representan la reserva moral, profesional y social de una sociedad. Si los maltratan hoy, mañana harán lo mismo con otros. Los derechos de los niños se tienen que respetar irrestrictamente.
La canción Otro ladrillo en la pared, de Pink Floyd, dice: “No necesitamos ninguna educación / no necesitamos control del pensamiento / ni oscuros sarcasmos en el aula. / Maestro, deja a los chicos en paz.” Se plantean tres problemas: aprendizaje memorístico, maltrato al estudiante y conflicto en el aula. En estos casos el más afectado es el estudiante, quien va a la escuela para aprender, conocerse a sí mismo, desenvolverse con voluntad y decisión. El autoritarismo político recorta las oportunidades de opinión, crítica e iniciativa de los ciudadanos. El autoritarismo pedagógico castra, frustra, a veces de modo irreversible, el talento, los aprendizajes y la exploración natural del estudiante. Eso es un acto injusto, deplorable. En la escuela el docente, más que un “idóneo facilitador” de conocimientos, es un “experto cazador” de talentos, de habilidades y aprendizajes extraordinarios. Leusemia, del espectacular flaco Daniel F, en Al colegio no voy más, dice desafiante: “Desde el nido, la primaria o superior / siempre la misma opresión.” Cuando en una institución educativa predomina el enfoque conductista, castrense, militarista, se piensa que la disciplina representa el componente más relevante. El estudiante habla cuando se lo permiten, actúa con temor al castigo, piensa cuando pide permiso. La libertad no es solo para los adultos, sino para todos. Si hace algo fuera de lo común es criticado públicamente como escarmiento para los demás. Opresión en la escuela implica restricción de libertad de opinión y de actitud. Una enseñanza para memorizar es una dictadura pedagógica, imperdonable en pleno siglo XXI.
¿Por qué un docente maltrata? Uno. No ha logrado instaurar, desde el principio, reglas básicas de convivencia ni de autoridad. Un aula sin autoridad es un caos, equivalente a una ciudad sin semáforo ni policías de tránsito, pero congestionada de vehículos. La autoridad no se impone con gritos ni amenazas, sino con actitud, justicia y firmeza de decisiones. Al no poder controlar el alboroto y el griterío de los estudiantes apela a la amenaza, seguida de agresión física, verbal o emocional. Dos. Escasa formación en pedagogía, No es lo mismo saber mucho, que enseñar lo que se sabe. Para lograr interés por los temas en clases existen estrategias y métodos didácticos que van desde la motivación inicial y pertinente, la exposición de casos, uso de materiales didácticos y recursos tecnológicos, personalidad y profesionalismo del docente y estilos de evaluación. Una clase es una aventura de conocimientos nuevos, experiencias novedosas y vivencias de impacto. Si no hay eso, la clase es tediosa, aburrida, de bostezos en serie y propensa a la indisciplina y la malcriadez. Tres. Carencia de manejo emocional y de paciencia. La paciencia es una virtud pedagógica. El comportamiento rebelde, díscolo, inmaduro e infantil de los estudiantes no puede ser aplastado con maltrato físico ni amenazas verbales. El docente, por la edad y madurez emocional, tiene que mostrar actitud profesional ante el caso de indisciplina y lentitud de los aprendizajes. No puede perder los papeles ante el berrinche de los niños. El docente tiene que propiciar un clima favorable para la relación empática entre los estudiantes y las condiciones óptimas para los procesos pedagógicos de enseñanza-aprendizaje.
El docente enseña de acuerdo con el currículo (DCN o Rutas de Aprendizaje), educa ciudadanos y deja huellas positivas en la memoria y la vida de los estudiantes. El Maestro Fortaleza es el que mejor desempeño logra en el aula con los estudiantes; el Maestro que Deja Huellas ha trasmitido su pasión por la enseñanza, la satisfacción por los aprendizajes, su vocación de servicio y la responsabilidad social y ética con la educación. El Maestro Fortaleza es un gran aliado para contagiar mayor desempeño y mejorar los aprendizajes; el Maestro que Deja Huella vivirá eternamente en la memoria de la comunidad educativa, con gratitud por la contribución eficaz y oportuna y trabajo tesonero. Mario Vargas Llosa, en El Pez en el Agua, recuerda con nostalgia y gratitud cómo vio a los docentes en el Colegio Militar Leoncio Prado cuando era cadete. Dice: “Aunque nunca fui muy estudioso en el Leoncio Prado, hubo algunos cursos que seguí con pasión. Había excelentes profesores, como el de historia universal (…), cuyas clases yo escuchaba entusiasmado. Y el de física, un serranito menudo y elegante, llamado Huarina, de quien corría la voz que era un «cráneo». Había estado en Francia, haciendo estudios de postgrado, y en sus clases daba la impresión de saberlo todo; era capaz de hacer amenos los experimentos más enrevesados y las leyes y tablas más complejas. De todos los cursos de ciencias que he seguido, aquel que tuve con el profesor Huarina en el cuarto de media es el único que me entretuvo, intrigó y exaltó…”
La trascendencia pedagógica, académica y social perdura o se volatiliza con el tiempo en la memoria de los estudiantes. El estudiante maltratado guarda recuerdos desagradables y amarguras que perduran. Un docente amable, con paciencia y afectuoso merece el aprecio y la gratitud eternos. Un docente que maltrata en la escuela es equivalente a los padres que golpean, insultan y ponen etiquetas a sus hijos.



