Por Arlindo Luciano Guillermo

Corrí al trote, el pasado domingo, tres vueltas el perímetro de la laguna Viña del Río, luego caminé con ligeros ejercicios físicos para respirar y calmar el ritmo cardiaco. Ya no soy el joven de 25 años que corría como un potro, junto a Fidel Huasco, hasta la hacienda de Pucuchinche: sol en plenitud, 11 de la mañana. Cerca al busto de don Heraclio Tapia León, que mira al estadio que lleva su nombre, vi aterrizar a un insecto que visita puntualmente por estos meses. Recuerdo mis caminatas heroicas por las faldas del cerro Marabamba siguiendo el sentido contrario de la corriente de agua del canal de irrigación. En la orilla del camino se ven racimos tupidos y compactos de estos coleópteros esperando despegar como aeroplanos y dirigirse a la ciudad. Había caído de espaldas el insecto. Me acerqué y le puse los pies sobre la yerba. Caminaba torpe y aturdido. En el transcurso del día otros llegarán para conformar un enjambre para actuar, con su instinto incorregible, en manada, como lobos depredadores y famélicos en contra de todo lo que se mueva. Es el maschucullo, pequeño escarabajo que se ha asociado a la personalidad del ciudadano huanuqueño, que inspirara hace décadas atrás a Roel Tarazona Padilla, gran amigo mío y mentor, a publicar un artículo periodístico, en la Revista Perú, titulado La filosofía del mashcullo. Como el sol arreciaba me retiré pensando en quién será la víctima de estos mashcullos.
Hoy sería el ingeniero Luciano o el doctor Luciano, estaría trabajando como residente o supervisión en una obra de inversión pública o privada o en un estudio jurídico estudiando gruesos expedientes y elaborando alegatos; pero tomé la decisión de ser profesor de literatura y ejercer (por acción antes que por ciencia) el periodismo. Mis itinerarios hubieran sido una escuela o un hospital en construcción o el Poder Judicial y el Ministerio Público. Me llaman profesor Arlindo Luciano. Enseño y comparto conocimiento y experiencias con adolescentes y jóvenes. Ejerzo la docencia con vocación, estudio, paciencia, dedicación, responsabilidad; me esfuerzo por dejar una huella perenne o temporal en los estudiantes: una palaba, una actitud, una reflexión, un acto tolerante, una sonrisa, una amistad, una escucha activa. Soy docente de colegio principalmente. Empecé en el María Auxiliadora, luego en el San Martín de Porres de César Sara (padrino de mi primer matrimonio) y Eduardo Figueroa, en la Divina Misericordia, el Isaac Newton y. actualmente, en el San Vicente de la Barquera. Siempre he creído (y lo haré hasta mi última estancia en la Tierra) que el ejercicio docente exige desempeño académico, pedagógico y competitivo, paciencia de Buda, tolerancia democrática, vocación de servicio e interés por enseñar aprendiendo. Siempre he creído que la coherencia es una actitud en la docencia. Se enseña con el ejemplo. Nadie es perfecto ni santo. Coherencia entre lo que se predica y se hace. Si eres liberal, actúa como liberal de convicciones; si eres demócrata, actúa como demócrata. Dice el refrán: “Detrás de la cruz está el diablo”. El profesor educa ciudadanos, no solo para el ingreso a la universidad. Esto último es incompatible con el Diseño Curricular Nacional que fomenta, sin resultados concretos y funcionales, competencias, capacidades, desempeños, enfoque transversal y perfil del egresado. Equivocarse una y otra vez no descalifica ni “sentencia”; obliga a corregirse, enmendar la falta y seguir la vida con experiencia y lecciones aprendidas.
Cuando Piero Valenzuela, al salir de la exposición académica, me preguntó qué opinaba sobre la amistad, pensé en los años trajinados con quienes llamamos “amigos”. Lo miré fijamente a los ojos, acomodé mi corbata que empezaba a ejercer su oficio de serpiente constrictora y sonreí como un Charlot en aprietos. Es que el “burro patea varias veces en la vida y recién se aprende la lección”. Los amigos no son ciudadanos ni mentes brillantes perfectos, infalibles; tienen defectos, fantasmas propios, frustraciones intransferibles, cuentas por cobrar, vindictas secretas, goces efímeros, guerras solitarias que no pueden vencer, amarguras que nunca revertirán en la dulzura de una caricia ni de la miel silvestre de la abeja.
Cierto es que los amigos se ayudan y apoyan; cierto es que están donde deben, no cuando pueden o cuando hay jarana o momentos de calma y reposo; cierto es que de miles que saludan a diario solo algunos merecen el título honorífico de amigo; cierto es que amigos hay pocos, los conocidos y compañeros de trabajo abundan; cierto es que la amistad no pone condiciones ni precio de mercado a la lealtad y solidaridad; cierto es que cuando la cornucopia fluye o las papas queman o se vienen las vacas flacas están los que deben estar, los demás huyen como insectos que huelen insecticida. Ante la hiriente o decepcionante adversidad hay que dar vuelta a la página, nadie cambia el lugar por donde sale el Sol todos los días, nadie cambia el carácter de nadie, la historia debe continuar o, como en el circo de carpa modesta o lujosa, la función debe continuar. Sigo creyendo, como un testarudo Quijote, sin escuchar los sabios consejos de Sancho Panza, en el discurso de Alberto Cortez: “A mis amigos les adeudo la ternura / y las palabras de alivio y el abrazo / el compartir con todos ellos la factura / que nos presenta la vida paso a paso. / A mis amigos les adeudo la paciencia / de tolerarme las espinas más agudas / los arrebatos del humor, la negligencia / las vanidades, los temores y las dudas. / Un barco frágil de papel / parece a veces la amistad / pero jamás puede con él / la más violenta tempestad / porque ese barco de papel / tiene aferrado a su timón / por capitán y timonel el corazón”.
Mi lucha personal no es con el prójimo ni con el ciudadano cercano o distante, sino con la sociedad que enturbia el corazón y las actitudes, que corrompe el honor y la decencia, que impone sus reglas infames de juego con el rótulo de “competencia”, “viveza” y ”no hay que ser cojudos”, que hace y deshace la moral y la dignidad y las pone en subasta por unas monedas, como las que recibió Judas para entregar a Cristo o comer resignados las migajas de la mesa del rey o del que, momentáneamente, tiene poder político o económico. Jesús fue traicionado por Judas Iscariote, negado cínicamente tres veces por Pedro, insultado y mancillado por la turba irracional y crucificado por Roma; qué seré yo, nosotros, para agradar a todos como moneda de oro y que todos sean amigos leales, a prueba de fuego y del Alzheimer y la ingratitud, a Kike Salazar y Mito Ramos que se aferraban a la vida con uñas y dientes para sobrevivir. Ahí estaba la solidaridad de sus amigos y la gente que los estima y aprecia. Los tenemos vivos, entre nosotros, trabajando, transitando por las calles de la ciudad, felices, con cientos de planes en la agenda. El sábado encontré a seis mashcullos adultos en el pasadizo de la casa. ¿Cómo llegaron? ¿Por dónde ingresaron? Estaban aferrados tenazmente del helecho coposo.




