La corrupción en el aula 

La corrupción, ese cáncer que socava los cimientos de nuestras instituciones, ha encontrado un inesperado adversario en el sistema judicial de Huánuco. La reciente medida de enviar a los tres oficiales que estaban a cargo de la Escuela Técnica de la Policía Nacional en Santa María del Valle no es solo una victoria legal, sino también una señal de esperanza en la lucha contra la impunidad.

Los hechos, descubiertos tras una investigación meticulosa de la fiscalía, revelan más que simples actos de corrupción; exponen una perturbadora distorsión de los valores que se supone deben inculcar a aquellos destinados a proteger y servir. Un lugar que debería ser un crisol de integridad se transformó en un mercado donde todo tenía precio, desde cortes de pelo obligatorios hasta permisos de emergencia.

El juez Samuel Cabanillas, actuando con la debida diligencia, ha impuesto 36 meses de prisión al mayor implicado, aunque esta sanción puede parecer leve en comparación con los más de cuatro años de mala praxis institucional. Este caso no solo debe servir para castigar, sino también para reflexionar y reformar.

La solución a este enraizado problema es multifacética. Debemos fortalecer los mecanismos de vigilancia internos y externos, asegurar canales seguros y anónimos para denuncias, y establecer programas de ética obligatorios para todos los niveles de la Policía Nacional. La transparencia debe ser la norma, no la excepción.

Además, es crucial que las penas no solo sean simbólicas, sino proporcionales al daño causado. No obstante, el castigo en sí mismo no es suficiente. Debe haber un camino claro hacia la rehabilitación y la prevención, asegurando que los errores del pasado no se repitan.

Concluimos con una reflexión: si las semillas de la corrupción germinan en los salones donde se forman nuestros futuros protectores, ¿qué esperanzas quedan para la sociedad que estos servirán? Es imperativo que restablezcamos la confianza en nuestras instituciones, no solo por la justicia, sino por la seguridad de nuestra nación. El Perú merece guardianes cuyas manos estén limpias y cuyos corazones sean incorruptibles. ¿No es hora de que exijamos y esperemos nada menos que eso?