Arlindo Luciano Guillermo
La miro, me mira, nos miramos con discreción. No me atrevo a iniciar la conversación. Ella está concentrada en la conducción del bajaj rojo, con ambientador olor a fresa, música rock de los 80 que tararea despacio. Un enjambre de prejuicios ronda mi cabeza. Es Soda Stereo. Sí. Música ligera. Grande el Gustavo Cerati. Si pues. ¿Murió? Silencio. Tiene la cabellera rubia. Subo entre Ayacucho y Leoncio Prado. A esa ahora las calles del perímetro del Mercado Modelo son un pandemonio. Por las veredas se camina en fila india. Los ambulantes han invadido la acera. No hay semáforo, así que cruzas la calle con audacia, con el riesgo que un vehículo te golpee, atropelle o el chofer deje huérfana hasta tu quinta generación. Subo sin darme cuenta quién es el conductor. Le digo que me lleve a la urbanización donde vivo. Okey, profesor. Pongo a buen recaudo las dos bolsas biodegradables de verduras, carne, papas y frutas. ¿Tiene vuelto para veinte soles? Su voz penetra delicadamente mis oídos. Sí, claro. No me diga bajatera; soy conductora de bajaj.
Las diez cuadras de recorrido sirven para dialogar con reserva, cálculo y prudencia. Ya termina Mil horas de Hombres G. Empieza ahora Tren al sur de Los prisioneros. Un salto de garrocha, Sirena encantada y Los caminos de la vida. Me llamo Miriam Cajas, vivo en Aparicio Pomares, en una de esas casas donde cabemos toda mi familia. Es estrecha, no hay agua ni desagüe, comemos polvo todos los días. Paciencia, sé que eso no va a durar para siempre. Nos han ofrecido asfaltar la carretera. Todo pasa en esta vida. Un día estás feliz, al otro triste, pero lo importante es no dejarse derrotar por la adversidad. Con Dios, trabajo y fe siempre se sale adelante. Compruebo con mi instinto de periodista que Miriam es elocuente, ha perdido la timidez, entra en confianza, se suelta por momentos. ¿Y usted tiene familia? Dispara el misil. Claro que sí. Otra vez la prudencia gobierna palabras y actitud. Yo con una hija sigo adelante. Nunca un hijo es obstáculo. Ellos no pidieron venir al mundo. Además, llegan con un pan debajo del brazo. Mi hija es prioridad. Tengo que ser primero madre, después mujer. Lo otro vendrá después. Si alguien me quiera me tendrá que querer con mi hija incluía.
Tengo veintidós años. Hice academia preuniversitaria, pero no ingresé a la Facultad de Medicina. Yo quiero ser médico. Ese es mi sueño. Sé que voy a lograrlo. Mi hija tiene tres años, mis padres me apoyan y yo trabajo tarde y mañana para atender las necesidades de Jennifer. Mi papá es taxista desde hace veinte años. Él me ha enseñado cómo trabajar con el bajaj, conocer pasajeros solo con mirarlos y tener mucha paciencia con el tráfico y de los choferes que ven como bicho raro a una mujer en el volante. Esta sociedad machista no acepta que las mujeres pueden hacer los mismos trabajos que los varones. Yo no vivo con el padre de mi hija, no somos casados. Me embaracé y él se largó no sé dónde. Es cocinero. Lo conocí aquí en Huánuco. Ahora no sé dónde está, tampoco me interesa. Ya han pasado tres años. No ve ni llama a su hija. Cuando sea grande se dará cuenta de todo. Le dice papá a mi papá. No le pido ni un céntimo. Yo puedo trabajar para mantener a mi hija. No necesito que me dé algo. Lo he denunciado por alimentos. Me embaracé a los diecinueve años, cuando estaba en la academia.
Ella estudió en Las Mercedes. ¡Mishica! Reímos. ¡Yo soy amautino! No le creo. Veo por el espejo retrovisor que no se distrae. Recuerda con mucha gratitud a los profesores que supieron darle no solo conocimientos, sino también consejos, orientaciones; sin embargo, tuve a mi hija muy joven. Jenifer es hermosa, linda como una flor. Me derrito por ella, hago todo por ella. A veces no escuchamos los consejos de la gente mayor. Si me ve trabajando es porque quiero demostrar, a los que no me creen, que pudo salir adelante con una hija. Sé que no voy a estar de chofer de bajaj toda la vida. Voy a ser médico algún día. Mariam es la hija mayor de seis hermanos. Cuando se embarazó, sus padres no se enfadaron, no la amenazaron con botarla de la casa. Le dieron su respaldo, la apoyaron durante los meses de embarazo y alumbró en la Hospital Hermilio Valdizán. Jenifer es la engreída de la familia; este 23 de abril ha sido su cumpleaños.
Agradezco a la congestión vehicular que me ha permitido conversar largo y tendido con Miriam. Ella representa a las aproximadamente treinta mujeres que manejan bajaj en la ciudad de Huánuco. En una oportunidad, un chofer de un camión grande me gritó, mujer tenías que ser, carajo. El semáforo estaba en amarillo, quería que yo pasara rápido.
Pienso en la legión de mujeres que no necesitan marido proveedor para educar, criar y mantener a sus hijos. Miriam se detiene en la puerta del edificio. Me da el vuelto. Da media vuelta en u y desaparece en el jr. Dos de Mayo. Son más de las doce del mediodía. Ella seguirá llevando y trayendo pasajeros; yo esperaré otra oportunidad para subir al bajaj de Miriam para conversar, preguntarle por Jenifer y a ella cómo está. Me ha prometido contar los altercados que ha tenido con choferes que miran por encima del hombro a las mujeres que empuñan el timón de un bajaj y trabajan de sol a sol. El feminicidio no cesa, más mujeres son asesinadas por varones que tienen en la cabeza una total intolerancia a la ruptura sentimental o conyugal, la cultura del machismo enraizada y la criminal frase “si no eres mía, no eres de nadie”. Dice el refrán: “Si me quieres, déjame ir”. Cada vez que subo a un bajaj veo quién es el conductor.



