KUHN Y LA IMPORTANCIA DE LA NO-CIENCIA

Escrito por: Ronald Mondragón Linares

Lo que hoy no es aceptable como ciencia, mañana probablemente lo sea. Esta es una de las aristas del pensamiento de Thomas Kuhn y aunque hoy parece una verdad evidente por sí misma, a mediados del siglo XX causó verdadero revuelo sobre todo al interior de la comunidad científica con su libro “La estructura de las revoluciones científicas” (1962).

Dado que el célebre libro del físico estadounidense no es epistemología pura, sino una reflexión histórica y filosófica del devenir de la ciencia, se convierte en una extraordinaria y permanente fuente de inquietud intelectual, incluso para los iniciados en los muchas veces fangosos terrenos de la investigación científica y en los eternos mares que recorre la mirada de la filosofía.

Leyendo a Kuhn, especialmente los capítulos dedicados a los “enigmas” y a los “paradigmas” (capítulos 4 y 5, respectivamente), tal inquietud trasunta un estado de ánimo intelectual que mezcla el desconcierto y la fascinación. Desconcierto, porque a partir de ahora a muchos no les resultará nada fácil reconocer qué clase de terreno se pisa en el camino de la investigación; fascinación, puesto que ante los ojos de los febriles y honestos investigadores aparece al menos la perspectiva del descubrimiento, pese a ciertas críticas endurecidas por el negativismo.

La ciencia, sin la lúcida mirada kuhniana, de pronto se puede convertir en una preceptiva árida y sin sustancia. Probablemente pueda acceder a determinados logros, pero sometidos a una cuadrícula que solo tiene en cuenta el punto de vista oficial o históricamente establecido. Llega un momento, dentro de la evolución de los estadios del conocimiento científico, en que el investigador se convierte o reduce su acción a ser nada más que un “solucionador de enigmas”. Aquí es bueno advertir el matiz levemente irónico que presta Kuhn a la palabra enigma. Esta palabra, para él, solo significa un problema que tiene una solución asegurada y que pone a prueba el ingenio o la habilidad para resolverlo. Exactamente como un acertijo o un crucigrama. De la solución, se tiene certeza que es segura; y se premia al más hábil o ingenioso que descubre el camino para dar con ella.

Desde este punto de vista, el hombre de ciencia debe someterse a los cánones establecidos por la comunidad científica, a no ser que quiera exponerse a ser arrojado a las llamas del desprestigio y al fracaso personal. Fue lo que ocurrió con Copérnico y Galileo Galilei, solo que en aquellos tiempos la sentencia a morir en la hoguera no era una metáfora.

Lo que ocurrió con estos grandes científicos de la antigüedad que se inmolaron por la ciencia fue que, en términos de Kuhn, entraron en contradicción con los denominados “paradigmas” que dominaron el esquema conceptual científico de ese entonces, atrofiado además en este caso por la mentalidad oscurantista de la Iglesia. El desarrollo histórico de la ciencia también está sujeto a marchas y contramarchas, a  aceptaciones y rechazos, vale a decir, a contradicciones que se vuelven insolubles y posteriormente se resuelven en triunfantes revoluciones científicas.

Para Kuhn, hay un momento específico de la historia, en que el campo de la ciencia se ve invadido y rebasado por “anomalías”. Las anomalías son hechos o fenómenos, naturales o sociales, problemas que no pueden ser explicados ni resueltos. Pero no pueden ser resueltos dentro de las reglas aceptadas; en otras palabras, no tienen solución dentro del paradigma científico dado históricamente. Estos fenómenos carentes de solución aparente son desechados sin más y hasta pueden ser tildados de metafísicos por no adecuarse a la norma convencional. Realmente son relegados como no- ciencia.

Según el autor de “La estructura de las revoluciones científicas”, no se puede calificar de superioridad o inferioridad el punto de vista aristotélico, por ejemplo, en relación a los planteamientos de Kepler o Newton, sencillamente porque trabajaron bajo paradigmas diferentes. El mismo Newton, cuyo enfoque o paradigma reinó en los siglos XVIII y XIX, tuvo que ser apartado-no sin innumerables dificultades-como referente paradigmático ante el surgimiento de uno nuevo.

Kuhn echó por tierra el mito de la ciencia como verdad fija e inconmovible (y, de paso, sin habérselo propuesto, se convirtió acaso él mismo en un nuevo paradigma en el desarrollo de la epistemología). Sin embargo, traerse abajo a la colosal construcción en que se convierten un paradigma científico establecido cuesta dolor, esfuerzo y sacrificio. Por ello, para nuestro autor, es tan necesario que existan en la sociedad y en la comunidad científica en particular, los científicos conservadores y aquellos arriesgados o temerarios. Solo así se puede entender el desarrollo de la ciencia: la decadencia de un modelo agotado y la irrupción de un esquema revolucionario, científicamente hablando, en una dramática lucha que puede prolongarse por decenas de años y por siglos.

Lo que hoy se considera no-ciencia puede ser el destello de luz que ilumine el camino del conocimiento. Justamente, en esos espacios marginales y marginados se gesta el nuevo saber y la revolución del pensamiento.

Creo que este enfoque de Kuhn, por analogía, se puede trasladar a los diferentes campos del saber, como las humanidades y las ciencias sociales. Porque es en estos ámbitos donde las fronteras que delimitan el rigor conceptual son tan arbitrarias y, por lo mismo, pueden pecar finalmente de vaguedad y oscurantismo. Ámbitos en los cuales no son extraños el espíritu científico ni el rigor académico; pero que, en ellos, probablemente las normas científicas convencionales no calcen, no sean suficientes ni se acomoden a sus objetivos. Como sucede con la vieja discusión de si la pedagogía es ciencia o arte. Aquí es donde quizá haría falta revitalizar el espíritu del aporte de Thomas Kuhn, que a mi juicio instituyó lo que fue uno de los motores de la historia  y es una fuente de derechos: la libertad del pensamiento.