KNULP

Por: Jacobo Ramirez Mayz

Era estudiante de la carrera profesional de Lengua y Literatura, y mi profesor Juan Giles me dio para leer la novela El lobo estepario de Hermann Hesse. Me identifiqué con Harry Haller, el personaje principal, ya que, casi igual que él, me encontraba atrapado en un cambio moral, filosófico y social, pues hacía unos cuantos años que había colgado la sotana, literalmente escribiendo. Para seguir explorando la obra de Hesse, busqué su novela Demian. Cuando comencé a leerla, dije: «Achalau chancaca», esto es lo que buscaba. Emil, el personaje principal, es un niño que ha pasado toda su vida en un mundo de ensueño, de fantasías y de luz (para mí, era mi temporada en el seminario, donde rezaba, estudiaba, trabajaba y jugaba como si no existiera otro mundo fuera). Emil conoce a un tal Max Demian, quien lo conduce por los caminos del razonamiento, destruyendo modelos de vida y transportándolo hacia el agnosticismo. Entendí desde entonces que, después de terminar de leer un libro, dejas de ser completamente tú y mutas en algunas partículas de tu existencia hacia otras realidades.

Años después conseguí la novela Siddhartha, cuyo personaje principal lleva el mismo nombre de la obra. Es un brahmán que busca la iluminación por medio de algún grupo espiritual. Al término de su lectura y sin que nadie se enterase, leí el Bhagavad Gita, una especie de Biblia hinduista que trata sobre la conversación entre Krishna y su primo Arjuna en un campo de batalla. Tanto fue su influencia que busqué ser un Krishna; recé el mantra Hare Krishna durante aproximadamente cuatro meses y, como no era mi mundo, lo abandoné (de esa época solo me quedó mi cabeza calva). Entendí, como Siddhartha, que las religiones y el mundo espiritual están interconectados, pero no van más allá.

Terminé mi lectura de Hesse con la novela Bajo la rueda, texto que narra la historia de un muchacho que ingresa a estudiar a un seminario, donde se dedica a aumentar sus conocimientos y descuida su salud. Por esa razón, lo expulsan del seminario y, en su casa, el personaje termina sus días con demencia.

Después me dediqué a buscar otros libros del autor, pero no los encontraba en esta ciudad. Sin embargo, hace unos días, revisando unos libros en una librería, encontré Knulp, una obra del autor que está dividida en tres cuentos y que narra la historia de un mendigo llamado Knulp. Me llevé el libro emocionado, como si hubiera encontrado una aguja en un pajar. Me escapé del bullicio de la ciudad, subí al colectivo y me puse a acariciar el libro que estaba dentro de mi morral.

En mi casa, después de cenar junto con Angélica, comencé a leer el primer cuento, titulado «Temprana primavera». No tengo lectura veloz como algunos, ni tampoco leo todo el día como otros. Leo lento; por esa razón, mi amigo Lucho diría que soy un lector jaramayllado, mientras que Andrés manifestaría que soy un lector amozombitado. Como sea, las primeras cincuenta y tres páginas las leí casi hasta las diez de la noche. Me quedé pensando en la visita que hace Knulp a su amigo el curtidor, en la insinuación de la esposa del curtidor al visitante, en el beso que le roba a Baebarela y en cómo después desaparece un domingo temprano sin despedirse de nadie en ese lugar. Me metí a la cama y soñé con algunos episodios del cuento. A las tres de la madrugada me desperté, no porque tenga la próstata inflamada, sino porque sentí la necesidad de continuar con la lectura del segundo cuento.

Mis recuerdos de Knulp se titula, y disfruté cada una de sus veintidós páginas. Sentí algo de Siddhartha en algunos renglones; comencé a meditar sobre la vida, la amistad, recordé a mis amigos. En ese éxtasis me encontraba cuando escuché que mi esposa se movía en la cama, tal vez estirando sus manos para sentir mi cuerpo frío, y al no encontrarme, seguro viendo que la luz de la sala estaba encendida, me interrogó: «¿Estás mal? ¿Por qué no duermes?». Le respondí que estaba mejor que nunca y, cerrando el libro, me metí junto a ella para escucharla roncar después de unos minutos. Esperé a que amaneciera para continuar con el tercer cuento, y de eso les contaré en otra oportunidad.

*Las Pampas, 19 de febrero del 2025*