Por Israel Tolentino
Las calles de Florencia son de embrujo en cada piedra, si cruzando la estación Santa María Novella pensamos en Dante Alighieri, al llegar a los puestos de souvenirs, estaremos de vuelta en el Renacimiento y, andando unos metros más, hacia el Duomo, encontraremos los pasos de Jorge Eduardo Eielson.
Ser un artista que represente lo peruano es muy difícil, imposible tal vez, en un país pluricultural, multiétnico… este cometido se vuelve improbable. Dichosamente hay lo que llamamos hacer posible lo imposible, en esa improbable cuestión, se encuentra Eielson (Lima,1924 – Milán, 2006). Su sensibilidad ha logrado congeniar del arcoíris nacional, su cabeza de poeta ha conseguido que lo prehispánico, la tradición y la contemporaneidad se manifiesten, ora en la arena y la sal; la tela y sus jirones; el cielo azul y el polvo de estrellas. Un mundo cuajado en la distancia, en el autoexilio, en el recuerdo y la carencia.
Pocos personajes se llegan a querer sin conocerlos, por ejemplo, ¿quién no quiere a un futbolista? Me parece que todos. Querer a un poeta es algo menos frecuente, sin embargo, a Jorge Eduardo Eielson, en el instante menos imaginado, uno se da cuenta que lo quiere. Andando por el malecón de Barranco en una cartela decía: estupendo Amor AmAr el mAr y vivir sólo de Amor y mAr y mirAr siempre el mAr con Amor…es posible, mientras se esté leyendo, desde una ventana alguien mueva una mano para saludarte y dibuje el mar con la otra.
Una persona entrañable me procuró uno de sus clásicos poemarios, viene a mi cabeza “poesía en forma de pájaro: Azul/ brillante/ el Ojo el/ pico anaranjado/ el cuello/ el cuello/ el cuello… luego de muchos años de espera, conocería virtualmente al querido poeta; un enlace realizado por la fundación telefónica, permitió a otros muchos, que seguro le querían, saludarlo y oírlo en pantalla gigante; verlo aparecer con una máscara arrancada de una noche estrellada…sentir que divisar el universo y la pequeña luna que alumbra los unía. La cara dulce de Jorge, con sus finos bigotes, el surco de su rostro y sus manos hablando por él en algunos momentos cuando sus labios escuchaban las preguntas, los recuerdo como apuntes fallidos y extraviados. Ese ser mágico e irreal había roto la distancia del mundo con Lima. Terminado el encuentro, regresamos al arrullo de los coches y el cielo nublado, pero queriendo un poco más a Jorge Eduardo. Salimos, tomamos un café, dejamos una silla para él y retornamos a casa, ojeamos sus libros con delicado afecto, con apego, como nunca antes habíamos sentido por poeta alguno.
Al poco tiempo, el cielo infinito que espera a todos (poetas y no poetas), le hizo trepar por la escalera azul que cuidadosamente él había pintado; para acurrucarlo, seguir queriéndolo en ese tiempo sin reloj. Otra vez, Michele y Jorge juntos, anudando luces inmemoriales en paradisiacos caminos celestes.
Conversando con Héctor, un amigo sensible al arte y hacia los artistas, entre café y cerveza, le hablé de un viaje pospuesto a Roma hacía dos años, como una liebre cortaciana, saltó Eielson a la mesa de charla, con premura me mostró una obra que tenía de él; saltaron más liebres, una trajo la ciudad de Florencia y otra a Martha... estudiosa de literatura hispanoamericana que ha querido y quiere mucho a Jorge Eduardo. Por deseo de Jorge, custodia en sus manos y corazón, su obra y memoria, Martha Canfield, es la estrella guía en este viaje.
Bajo el duomo de Filippo Brunelleschi, nos reconocimos y dimos el primer abrazo, marchamos por esas calles reales, llenas de atajos, recordando un libro reciente donde había leído el texto de Martha “Lazos de color nudos de luz, Jorge Eduardo Eielson pintor y poeta” la autora, me guiaba por las veredas del poeta, no como un mentor que te llena de información, sino como un amigo que te hace sentir que estás en tu casa, que vives en ese lugar desde hace mucho y conoces esas paredes y tejados como los gatos.
Entramos a la vieja Universidad de Florencia sin mostrar papel alguno, un pasadizo y otro y una oficina con la fotografía de Jorge Eduardo Eielson dándote la bienvenida, le miré fijamente con los dos ojos, mientras los frotaba le decía callado, gracias querido Jorge, hay un ángel entre esa fotografía y mis zapatos viajeros, ambos sabemos quién es (Prusia, abril 2023).










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