“Hijos del pueblo”

“Hijos del pueblo”

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

A escasos días de celebrarse las elecciones regionales y municipales en todo el país, se hace necesario realizar un urgente e impostergable repaso de las principales cuestiones en las que, se espera, quienes asuman la responsabilidad de ponerse al frente de municipios y gobernaciones a partir de 2023 hayan de volcar el debido interés, a fin sobre todo de que no se repitan situaciones que, si a algo han contribuido hasta ahora, y en qué medida, ha sido a acrecentar todavía más la ya de por sí mala imagen que tiene la ciudadanía respecto de quienes para bien o para mal (casi siempre más para mal que para bien) nos gobiernan a los peruanos.

Para empezar, ocupémonos de algo en lo que por lo general casi nadie se fija, por aparentemente irrelevante, intrascendente incluso. La costumbre ya generalizada de que quienes asumen el cargo de alcaldes o gobernadores regionales acaban abandonando los puestos para los cuales los eligieron, y ello antes, lógicamente, de cumplir el tiempo reglamentado. 

Y esto no, desde luego, porque se hubiesen cansado del ejercicio de la función pública ni, mucho menos, porque hubiesen recibido alguna suerte de celestial revelación en virtud de la cual hubieran tomado conciencia de lo mal que estaban cumpliendo sus funciones. 

Nada de eso. Que lo que los motivaría a dejar sus cargos antes de finalizadas sus funciones sería más bien todo lo contrario, esto es, la intención de continuar, de ser posible de manera indefinida, ejerciendo la para muchos tan ansiada función pública, solo que en un puesto distinto del que tenían inicialmente.

El argumento para justificar su referida pretensión es casi tan descabellado como su intención misma de que nos lo traguemos. Lo que en realidad los mueve a “sacrificarse” por el bien de la ciudadanía no es otra cosa, no puede ser otra cosa, que “su desmesurado amor a su tierra”, que su decisión inquebrantable de “continuar trabajando por su gente”. Actitud “desprendida” la suya que los llevaría a renunciar a la tranquilidad de una vida alejada de los reflectores de la política y de todos los sinsabores que a menudo acarrea, con tal de continuar sirviendo a su patria, o, para decirlo en palabras ahora odiosas, a su pueblo. De lo que estos “desinteresados” y casi “mesiánicos” personajes de nuestra política parecen no darse cuenta, sin embargo, es de que al obrar de la forma antedicha no solo incumplen con la responsabilidad asumida con sus electores de culminar con un trabajo para el que ellos mismos se ofrecieron, sino que, además y sobre todo, dejan en el abandono la culminación de obras que, salvo contadas excepciones, no suelen tener continuación en las gestiones que los suceden.

En segundo término, y no por ello menos importante, está el hecho de que año a año se revierten cantidades exorbitantes de dinero al erario público, porque tanto gobiernos locales como regionales no son capaces de gastar con eficacia y en los plazos establecidos los presupuestos que se les asignan. 

Hecho que, como es de amplio conocimiento, sucede en todas las regiones del país. Con la particularidad de que es precisamente en las regiones, provincias y distritos más pobres en los que tiene lugar con mayor recurrencia. Una de cuyas principales consecuencias, naturalmente, no podría ser otra que la del creciente y a todas luces justificado descontento social. Pues ante tanta inoperancia, tanta incapacidad, tanta incompetencia, de parte de nuestras autoridades de turno, a la población solo le suelen quedar calles y plazas, con las consecuencias que ya todos conocemos.

Lo curioso es que muchos de quienes incurren en lo primero destacan también, y en qué medida, por lo segundo. Que dicho en buen cristiano es equivalente a que señaláramos que a pesar de ser probadamente incapaces de cumplir con seriedad y diligencia las tareas para las cuales fueron elegidos, tienen no obstante el descaro de pretender asumir responsabilidades mayores, pues, como se sabe, quienes renuncian a un cargo para postular a otro lo hacen porque este último es de mayor importancia que el anterior, lo que dicho en términos monetarios no alude a otra cosa que al hecho de que maneja un mayor presupuesto.

Demostrar responsabilidad y buen criterio al momento de elegir a nuestras próximas autoridades, es, por tanto, cuestión no menor. Y esto pasa, en primera instancia, por tener la suficiente lucidez como para darnos cuenta de que no podemos seguir cometiendo el consuetudinario error de llevar al poder a sujetos probadamente incapaces de hacer un buen trabajo una vez instalados en la administración pública.   

Asimismo, por no caer en la trampa demagógica y populista con que buscan embaucarnos los impresentables de siempre: qué porque fulano, zutano o mengano son “hijos del pueblo” basta y sobra para que les demos la enorme responsabilidad de gobernarnos, sin tan siquiera fijarnos en si están preparados o no para hacerlo. Con un “ejemplo” tristemente célebre del tipo de gobernante que de ninguna manera deberíamos tener ocupando la más alta magistratura del país, los peruanos deberíamos tener clarísimo qué clase de error jamás deberíamos volver a cometer.