HAY QUE HABLAR DE LA IGNOMINIA

Escrito por: Ronald Mondragón

Para hoy tenía previsto publicar la segunda parte de “Apuntes sobre el verso libre”. Pero la literatura y la poesía pueden esperar; ciertamente, ellas mismas pueden percibir el aire turbio y el rancio olor de la política peruana de estos aciagos días. Aciagos días para la democracia que aún buscamos, para un pueblo que es testigo del maltrato de la patria, para los jóvenes que miran con descontento y furia el porvenir. El arte y la literatura, si son altos, saben que pueden y deben esperar –o nutrirse del alma herida, del alma callosa, de la lluvia melancólica del Perú sin paz -, pues hay que hablar de la ignominia.

Hoy toca hablar de la ignominia, como Manuel González Prada. Cuando la Guerra con Chile, cuando apenas la naciente república contaba con poco más de cincuenta años de precaria existencia, pillos y malhechores vestidos de militares y civiles urdían complots y asonadas, y se apoderaban del botín que era para ellos el Estado, y hundían sus repugnantes picos de buitre en la riqueza que generaban nuestras tierras y nuestros hombres, González Prada no se contentó con rimar sus versos de aroma parnasiano y embebidos de puro amor. Sabía que tenía que levantar la voz en defensa de la patria mancillada. Sabía que era imperioso referirse al “descalabro moral” de la sociedad peruana, a la ruina de sus instituciones, al deshonor que destilaba por todos sus poros de donde salía la pus. Sabía que tenía que hablar de la ignominia.

El siglo XIX fue, pues, para el olvido. La derrota que nos impuso la Guerra con el leonino y ambicioso vecino del sur, fue el más alto pico de dolorosa vergüenza. Luego vinieron Billinghurst y el malhadado Oncenio de Leguía. El escarnio al Perú continuó con Sánchez Cerro, luego Odría y la tristemente célebre “convivencia” con el aprismo. Nuevamente las botas pisotearon al país con Morales Bermúdez, aliado asesino de EE.UU en la “Operación Cóndor”. El acciopopulismo solo quedó en la historia por la figura emblemática de su líder, Belaúnde Terry, con quien se vio un atisbo engañoso de democracia en 1980. Alan García dejó a nuestro desolado país en ruinas, en medio de una masacre de repercusión internacional como la de los penales y de la infausta guerra con el senderismo. En el siglo XX, Fujimori fue la cúspide de la abdicación moral, de la venta a pedazos de nuestras preciadas riquezas y de la vuelta al poder real de unas fuerzas militares infames comandadas por un sujeto fanático del crimen, Vladimiro Montesinos.

Próxima a cumplir su Bicentenario como república de democracia representativa formal –solo formal porque la precariedad y el colapso de sus instituciones fundamentales es evidente -, vuelve hoy la nación a sucumbir en el espiral equívoco y maligno donde se desarrollan poderes hediondos infestados de intereses tan bajos y viles como los pueden tener las alimañas. El fujimorismo, una de estas especies, comenzó a hacer su trabajo sucio en el Congreso cuando el voto popular le negó la presidencia en 1916. Hostigó hasta no más poder a un alelado y pusilánime Kuczinsky, carente de reacción y de visión política. Lograron defenestrarlo dos años después, en medio de sucias componendas  y perversas intrigas. Uno de los personajes que también se prestó a este juego de deslealtades, mirando como los otros solo sus chatos intereses personales, fue Martín Vizcarra. Hoy, no ha recibido más que de su propia medicina.

La patria, nuestra dulce, hermosa y amada patria, como consecuencia de todos los atropellos referidos líneas arriba, ha caído en manos nuevamente de malandrines a sueldo, ricachos sin escrúpulos, infelices ignaros, felipillos.

 Y no va a poder soportar tanto dolor. No va a poder tolerar tanta escoria. Gentes que solamente quieren vivir de ella, como Merino, Alarcón, Keiko Fujimori o Martha Chávez (para el caso es lo mismo), los Acuña, gentes de semejante estofa, en colusión con banqueros y empresarios antinacionales, tienen estrangulada a nuestra patria. Lo sabemos bien. No tenemos un ápice de duda al respecto. Por enésima vez, la gran nación peruana corre el inminente peligro de ser alimento de esas aves de carroña. El nombre de Ántero Flores Aráoz ha servido para disipar cualquier duda, si alguna todavía quedaba.

Los jóvenes también lo saben. Lo han advertido. Parecen haber escuchado el llamado perenne de González Prada: “¡Los viejos a la tumba; los jóvenes a la obra!”.  La resistencia democrática a un nuevo latrocinio sobre nuestro país ha comenzado. Salvemos a nuestra patria de su descalabro definitivo. No dejemos que los consabidos depredadores de la política peruana ni siquiera empiecen su pérfido trabajo.