LA VOZ DE LA MUJER
Denesy Palacios Jiménez
17.01.23
Atrás quedaron los tiempos donde el periodismo jugaba el papel importante no solo de informar a la población, sino de corroborar en la toma de conciencia social, haremos un resumen del segundo prólogo del libro “Cambio de palabra” de Hildebrant.
En todos estos años transcurridos, dice Hildebrandt me reafirmo en la convicción de que la entrevista y la crónica son los dos géneros-madre del periodismo. La crónica escudriña la realidad y la entrevista aguaita a las personas, pero en ambas lo que prevalece es una mirada, una voluntad, un carácter que, en la crónica, mira las cosas y, en la entrevista, habla con quien cree que puede decir algo.
No hay crónica ni entrevista sin una visión del mundo previa. Por eso quizá los editores de prensa encargan tanto las entrevistas como las crónicas a quienes ven por encima de la grisura y el promedio.
¿Será por eso que hay tan poca entrevista y es tan escasa la crónica en la prensa peruana de estos días? ¿Será que la grisura está ganando la batalla y que el prestigio de la ignorancia brilla ahora más que nunca? ¿Será que el promedio de los periodistas ha llegado a ser lo que los magnates de la prensa soñaron siempre (poquedad de horizontes)?
No tengo una respuesta cabal y no tenerla de pronto es un alivio. No conozco las causas, pero me conmueven los efectos. Lo que quiero decir es que en estos años he visto, como en cámara lenta, la demolición de los grandes sueños de la prensa peruana —esos que a comienzos de los 80, cuando se publicó la primera edición de este libro, parecían asegurados—. ¿Cuáles eran esos sueños? Los de una prensa en la que se alistara la inteligencia, se batallara por los ofendidos, se amara el idioma tanto como la verdad y se considerara indigno servir a la causa impropia del dinero.
Dejando a un lado las notabilísimas excepciones que son más o menos públicas, he visto en estos años de estampida cómo los periodistas iban bajando las escaleras hasta llegar al sótano de neón y sueldos mínimos donde reciben órdenes, ven mutilados sus textos y desfigurados sus sentires, y construyen el espejismo que los propietarios del logotipo y las imprentas venden por algunos céntimos como sucedáneo de la realidad.
La prensa peruana es en estos días un homenaje a la derrota de aquellos ideales que alguna vez la hicieron importante. Es también, muchas veces, una contribución decisiva a los anales de la vulgaridad. Es la prensa, en suma, que un fascista y una buscona aplaudirían murmurándola.
Enfermaron en la prensa escrita cuando se prohibió la disidencia y se impuso el club «de las fuerzas vivas», o sea ese estilo invertebrado de preguntarle al rico por qué es tan necesario y al pobre por qué protesta en la calle.
La televisión hizo con las entrevistas lo que los lobos hacen con los corderos. Lo que quiere decir que a Alfonso Tealdo hoy no le darían trabajo en esa caja imbécil donde parpadean tongos de todos los colores y exhibicionistas que son libres para decir lo que quieran con tal de que no tengan el propósito de decir la verdad.
¿Y las crónicas? Las últimas dignas de llamarse así las escribió hace pocos años, en El Comercio, Julio Villanueva Chang. Pero Villanueva Chang huyó de la prensa de masas y se refugió en un experimento tan brillante como minoritario. Y como él, los mejores se han ido yendo y las redacciones se han llenado de espectros obedientes.
A pesar de lo dicho, no soy un pesimista convencido. Quiero creer que en un futuro nada remoto será posible, aprovechando el abaratamiento de las tecnologías de impresión y el uso masivo de papel reciclado o de soportes electrónicos que harán las veces de papel, que la prensa secuestrada por sus patrones sea recuperada para los periodistas.
En esa prensa de mañana, entonces, la opinión pública volverá a ser servida y la competencia será entre hombres y mujeres veraces y las entrevistas recobrarán el tono bravío, aunque respetuoso que alguna vez tuvieron y las crónicas no serán una manera de odiar la sintaxis y mearse en las preposiciones.
Sí, han sido años de deterioro y decadencia de la prensa. Y los únicos que no quieren reconocerlo son, precisamente, quienes han hecho de la prensa peruana estos papeles que, por lo general, distraen e intoxican. Me refiero a los dueños de los medios: mafiosos en la TV, derechistas de caverna en gran parte de la prensa escrita.




