Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
De todas las cosas por las que se nos reconoce de ordinario a los peruanos, de todas esas innumerables características negativas por las que comúnmente se nos señala con el dedo, y que nos llevan, en consecuencia, a convertirnos en víctimas habituales y en muchos casos merecidas de los mayores reproches y señalamientos por parte de propios y extraños, es la de hacer leña del árbol caído, de lejos, la más común a la gran mayoría de nosotros, la que mejor nos representa. Así, ya sea que lo hagamos adrede, que es lo que sucede a menudo, o que actuemos de manera inconsciente, lo que también ocurre en no pocas ocasiones, el resultado, finalmente, termina siendo casi siempre el mismo: que acabamos haciendo mierda del árbol caído, aun cuando, por obvias razones, su referida condición haga que sea poco o nada lo que pueda hacer para defenderse.
Ejemplos que ilustren a la perfección lo dicho hasta aquí, los tenemos, desde luego, por montones. Baste apuntar, sin embargo, un par de ellos, para constatar sin necesidad de mayores alusiones algo que, como quedó señalado en su momento, ha demostrado ser una de nuestras más saltantes características. Para empezar por el caso más reciente, tenemos lo sucedido en el exministro del Interior Daniel Urresti, quien fue condenado a doce años de prisión por el asesinato de Hugo Bustíos, periodista de Caretas asesinado cruelmente en noviembre de 1988, en circunstancias en que realizaba una investigación en Huanta, Ayacucho.
El caso es que, más allá de lo indiscutible del hecho de que con la sentencia recaída sobre Urresti se hace por fin justicia, ¡después de treinta y cinco años!, a la memoria de un hombre que acabó siendo una más de las innumerables víctimas dejadas por el que es, de lejos, el periodo más oscuro y sangriento de nuestra historia republicana, hay algo con lo que de ninguna manera podemos estar de acuerdo, y es con que, aprovechándose de la caída en desgracia del mencionado personaje, hayan salido a la palestra un sinnúmero de sujetos, cada cual más cabrón que el anterior, para darnos lecciones de moral, y señalar, a voz en cuello, que lo sucedido con Urresti es solo uno de los cientos de casos en los que el ejército peruano cometió excesos durante la década de los ochenta.
Pues sí. Puede que la sentencia dada a Urresti venga a constituirse en un referente para los otros muchos casos en los que se cometieron serios y condenables excesos por parte de las fuerzas armadas. Pero, con todo y con eso, en ningún caso se puede aceptar que, amparados en esa hasta cierto punto comprensible sed de justicia, se busque desmerecer el invaluable servicio prestado por nuestras fuerzas armadas para el restablecimiento de la paz interna en el país. Que si hay algo que nuestros policías y militares fueron capaces de hacer en los momentos en que más se necesitaba de ellos, fue jugarse la piel por todos nosotros, incluso a sabiendas de las consecuencias que podría acarrearles más adelante.
Pero claro. No hay en lo que viene sucediendo con Urresti nada que no hayamos visto antes. Que, salvando las distancias, y ahora que acabamos de recordar un aniversario más de la muerte de Alan García, algo parecido a ello fue el linchamiento moral a que se sometió al líder aprista, cuando en las circunstancias que ya todos conocemos optó por quitarse la vida, en lugar de tener que convertirse, con razón o sin ella, en el guiñapo en que la justicia peruana, movida, con es ya costumbre en este país, por intereses políticos, deseaba convertirlo a como dé lugar.
Y es que aún no terminaba de enfriarse el cuerpo del expresidente, por decirlo de alguna manera, cuando los abanderados de la moral y las buenas costumbres de toda la vida comenzaron a lanzar sus dardos hacia un hombre que, por obvias razones, no podía levantar la voz para defenderse de las críticas y cuestionamientos. Cosa que, por supuesto, a nadie parecía importarle en lo más mínimo. Todo lo contrario, diríase incluso que precisamente porque eran conscientes de que no podía hacerlo, que se abocaban en cuerpo y alma a atacarlo como no habían sido capaces de hacerlo mientras aquel se encontraba en vida.
Muy peruano. Muy de nosotros. Si bastante valientes somos cuando de lo que se trata es de atacar a quienes ya no pueden defenderse. Ojalá y demostráramos esa misma energía al criticar a quienes se encuentren en toda la posibilidad de hacerlo. Lástima que es mucho pedir. Ni somos lo suficientemente valientes para hacerlo, y todo hace indicar que habrá de pasar mucho tiempo todavía antes de que aprendamos a serlo. Como sea, ahora que se cumple un año más de la partida de García, no estaría de más recordar que fue uno de los más grandes políticos que tuvo este país, a despecho de lo que sus enemigos de toda la vida, de toda la muerte, podría algún día aceptar. Con innumerables errores, es cierto, pero también con una indiscutible capacidad para conectar con la gente. Algo que cada vez se ve menos entre nuestra clase política. Algo que cada vez parece más difícil de volver a ver por estos lares, por lo menos en un futuro inmediato.




