Por Arlindo Luciano Guillermo
Heredar la Tierra (2018) es la mirada a la naturaleza del ciudadano poeta con sensibilidad, actitud ética, espectáculo asombroso, reflexión, protesta legítima y necesaria contra la barbarie y la depredación del medio ambiente, calentamiento global, deforestación, caza indiscriminada de animales, contaminación de mares y ríos por el homo sapiens, ese que crea tecnología y explora el Universo. “Monologo del toro de lidia” es un poema de protesta contra el salvajismo de la tauromaquia (Mario Vargas Llosa es un fanático admirador y defensor de la corrida de toros). “Lo sé bien: es mi verdugo. Un matador / a quien dieron armas y licencia para que atentara / contra mí, aquí en la arena, adonde / me arrastraron inerme, trayendo para mi ruina / tan solo los cuernos con que nací / sin pericia alguna / ni guardaespaldas que pudiera salir en mi defensa”. (Pág. 90).
El libro tiene 50 poemas distribuido en tres secciones. En “Canto natural” (28), la naturaleza es escenario idóneo de espectáculos y contemplaciones extraordinarios y épicos de animales (salmón, panda, buey, elefante, paloma mensajera, buitre, macaco japonés, mariposa monarca, caballo, alce, colibrí), plantas (sauce, flor de pensamiento, rosa) y fenómenos meteorológicos (orto, ocaso y crepúsculo del Sol, fases de la Luna o lluvia fina y chubasco). “Invocación a un colibrí”: “Tú que le das magia a la belleza con tu vuelo / portentoso, cuando vueles con duda / y no sepas a dónde ir, / merodea la casa del humilde, el lar / donde mora el solitario, y, antes que se marchite / allí la última flor, entra al interior / de su morada y llévale, / mensajero de la buena nueva, de vuelta la ilusión” (Pág. 43). En “Zona de niebla” (19) aparece la posición firme e inclaudicable del poeta contra la depredación, destrucción y atentados salvajes contra la naturaleza. Hay dos tipos de depredadores. El que mata por instinto de sobrevivencia; un león come, sin remordimiento, un ñu, un búfalo, una cebra o un antílope. El cazador y el torero lo hacen por diversión y deporte, sin importarles el ciclo vital ni la sociedad que existe entre los animales y la naturaleza. Véase esta antítesis ilustrativa. “Rey cazador”: “Había una vez un rey a quien le deleitaba / cazar. Matar osos borrachos, / leopardos y búfalos. Y después elefantes”. (Pág. 73). “Soliloquio de un impala a punto de ser cogido por un depredador”: “Me eligieron un depredador demasiado fuerte / para contender con él, armado de garras, / de incisivos grandes y esa fuerza, / dándome a mí apenas la posibilidad de huir / con el corazón desorbitado,” (Pág. 67). O cuando se reporta airadamente la matanza de cetáceos por absurdos rituales: “Cuerpos apiñados que yacen sobre la arena / con el vientre abierto, y seguirán ahí / agonizando en la memoria, cuando se acaben / los delfines cabeza de globo, / el mar no alimente más el estómago de vikingos / y nos sorprenda sin paraguas una lluvia / de sangre, rosas marchitas y calandrias muertas / caigan sobre nuestras cabezas como gruesas / y pesadas gotas de dolor,” (Pág. 87).
“Tres poemas para un epílogo” (3) resume esperanza, deseo y desafío para que la naturaleza no sea desastre ni destrucción. Quisiéramos que el globo terráqueo siga su giro natural, no haya desertificación de tierras fértiles, la primavera sea colorida y el otoño sensato y reposado, “no caiga / una lluvia ácida sobre la tierra ni sobre el mar, / sino agua dulce para que no muera / el álamo enjuto ni el paciente baobab,” (“Oración”, Pág. 109). El alter ego del poeta hace una invocación universal, sin distinción de nacionalidad ni oficio. “En la caja de casi todo lo perdido, nos queda aún / adentro un ápice de juicio para sentarlo / en nuestra testa” (“Caja de pandora”, Pág. 109). Solo una acción conjunta y solidaria podrá frenar el deterioro de la Tierra y sus inquilinos y la insensatez del ciudadano depredador; el arte, la poesía y la palabra jugarán un rol sensibilizador y persuasivo. “Entonando una canción a prueba de balas, tierna, / contra el avance de los cazadores / primitivos, de cada bulldozer / que derriba el verdor invisible del aire / los boques y humedales, / hombres y mujeres de toda edad / entonan una canción para detener el paso / de los tanques blindados del comercio / que contamina la ternura,” (Pág. 111).
El uso del yo y del sujeto tácito de primera persona le permite al poeta empatía, carácter confesional y solidaridad directa con el objeto literario. En Heredar la Tierra el yo, el deseo y la intención tienen función relevante. Se engarzan idóneamente en el curso del relato y la situación del personaje. Esta poética procede de Hora de silencio, De claro a oscuro y Blanco de hospital donde la subjetividad, el lirismo desbordante y el drama del sujeto poético es conmovedor. Léase “Los amigos y las rosas”, “El hijo”, “La madre”. Aquí ardió el fuego lo confirma. Estos poemarios, en mi juicio arbitrario, son los que mejor representan la poesía de Samuel Cárdich. Heredar la Tierra y Lira de los colores ilustres tienen otro estilo y cobertura de la realidad. Cárdich es gran orfebre de la palabra y la estética, austero y preciso en el uso de adjetivos, atribuye palabras y frases a un mismo sujeto, la metáfora y los símiles calzan exactos con el motivo y el personaje. La descripción (propia de la poesía narrativa desde El cuervo de Allan Poe) no es prolija ni distrae al lector; dice lo necesario, no se entretiene ni imposta para no llegar a la sensiblería, el falso aprecio y la lisonja. Daré dos ejemplos. En Meditación sublime”, el yo poético dialoga con un macaco japonés. “Declaro que te envidio cuando te miro sumergido / en tu pozo de agua vaporosa, con tu rostro / reflexivo, hundido largamente / en una meditación sublime.” (Pág. 30). O en “Coronación tardía”: “Entonces me detuve y acerqué, con humildad, / a darte unas palmadas afectuosas / en el lomo, para aplaudir de ese modo / tu tarea y aliviar de paso mi turbación de no hacer / nada por los otros, como lo haces tú, / de balde, / querido amigo, pródigo toro de arado”. (Pág. 38). En “Marea negra” y “Preguntas” se advierte el porqué de desastres naturales, calentamiento global, efecto invernadero, extinción de animales y desglaciación.
Heredar la Tierra tiene el coraje de enfrentar y denunciar problemas y situaciones ambientales actuales que, por dejadez, indiferencia o cálculo político, no se abordan con actitud personal y compromiso colectivo. No exhibe, sinceramente, grandeza ni intensidad lírica de los poemarios antes mencionados, pero sí fija el lente en el tema ambiental, provoca impacto, ostenta trascendencia mundial y representa una postura ciudadana desde el oficio de poeta sobre el planeta donde vivimos, trabajamos, reproducimos y morimos. La canción “El progreso” de Roberto Carlos revela la irresponsabilidad cuando se extraen recursos naturales y se afecta a la naturaleza: Dice: “Yo quisiera no ver tanto verde en la Tierra muriendo / y en las aguas del río los peces desapareciendo / yo quisiera gritar que ese tal oro negro no es más que un negro veneno / ya sabemos que por todo eso vivimos ya menos”.




