¡FELIZ DÍA, POESÍA!

En sexto grado de primaria, el profesor Lizbardo escribió pacientemente en la pizarra negra de cemento, con tiza blanca y letra imprenta, el poema El niño solo, de Gabriela Mistral. Copiaba del libro Castellano 1 de Humberto Santillán Arista, en cuya carátula destacaba don Ricardo Palma, de quien ya había leído con interés ¡Al rincón! ¡Quita calzón!, El alacrán de Fray Gómez, Los motivos del oidor, Los incas ajedrecistas y El demonio de los Andes. Luego supe que ese poema era un soneto de catorce versos alejandrinos (14 sílabas métrica, rima consonante cruzada). El poema lo leímos en coro, individualmente y memorizamos para repetirlo correctamente, sin equivocación, al pie de la letra, delante de él. Unos hicimos bien, otros quedaron sin recreo.

Aún recuerdo con frescura aquellos versos tiernos, maternales, sinceros, abnegados, como si en realidad hubiera ocurrido lo que decía Gabriela Mistral. Resuenan en mis remotos recuerdos de incipiente lector: “Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho.  / ¡Y una ternura inmensa me embriagó como un vino! / La madre se tardó, curvada en el barbecho; / el niño, al despertar, buscó el pezón de la rosa / y rompió en llanto… Yo lo estreché contra el pecho, / y una canción de cuna me subió, temblorosa…”  Para entender lo básico no necesitaba mucho esfuerzo intelectual, pero la imaginación volaba como un águila real hasta la estratósfera. Comprendí inmediatamente que no era lo mismo leer las tradiciones de Palma, los cuentos de Ribeyro (por ese entonces ya había leído Los gallinazos sin plumas, La insignia, La botella de chicha y El banquete), El niño de junto al cielo, Warma kuyay y El trompo. Vivía fascinado por las historias de niños marginales, como los que estudiábamos en aquella escuela pública, que, con esfuerzo, trabajo honrado y deseos de superación, apoyábamos con los ingresos de la economía familiar. Gabriela Mistral, cuyo nombre verdadero era Lucila Godoy de Alcayaga, poeta chilena, docente, había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1945. Con ese “currículo de lector” egresé de la primera en 1977.  

El 21 de marzo se celebra en el mundo, por disposición de la Unesco, desde 1999, el Día Internacional de la Poesía, con la finalidad de valorar la creación poética, exaltar el trabajo de los poetas, promocionar la lectura de poesía y fomentar la hermandad de los pueblos a través de la poesía. En realidad, el trasfondo es visibilizar a la poesía. No existe un solo pueblo sobre la Tierra sin poesía, sea oral o escrita, popular o culta, anónima o autoral. La poesía es una las manifestaciones artísticas más extraordinarias de la cultura, pues permite que afloren los más nobles y melancólicos sentimientos, vivencias enraizadas en la infancia o la propaganda política. Sin poesía no existe la posibilidad de emocionarse hasta el delirio y enajenación con la palabra exacta y pertinente, la metáfora ingeniosa y precisa, el ritmo melodioso y libre de cacofonía y las imágenes verbales que desafía la imaginación del lector. La poesía da vigencia a una lengua, convierte los corazones de los ciudadanos en tambores de guerra, tiempla los nervios del lector. La vida es bella, menos complicada, con la poesía. Los poetas de hoy (liberados de los preceptos de la rima y la métrica) escriben libremente versos líricos, épicos, amorosos, existenciales, de crítica a la hipocresía social, arengas ideológicas.  

Dice la francesa Audrey Azoulay, directora general de la Unesco: “La poesía es también ese arte único que nos hace sensibles a la extraordinaria diversidad humana, diversidad de lenguas y de culturas. Es un lugar de encuentro entre el individuo y el mundo; una iniciación a la diferencia, al diálogo, a la paz; un testimonio de la universalidad de la condición humana más allá de los innumerables medios que sirven para describirla.” Hay poesía en el lenguaje popular, incluso vulgar, en los libros de los poetas, en las canciones. Tienen tanta poesía los versos de Ernesto Cardenal, Jorge Luis Borges, José María Eguren, José Santos Chocano o Roque Dalton. La poesía es un medio catártico, un escenario de exorcismo donde la palabra es el agente precipitador para hacer aflorar las angustias, pesares, melancolía, alegrías, esperanzas y utopías del poeta. Un refrán tiene poesía, no refinada ni culta, pero resumen la sabiduría del pueblo, quien, finalmente, es el creador inagotable de poesía.  

Regresemos a los poetas que dejaron huellas en la historia y experiencias de los lectores: Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Pablo Neruda, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Amado Nervo, Juana de Ibarborou, César Vallejo, Pablo Neruda (Canto general, Versos del capitán, Cien sonetos de amor), Octavio Paz, Thomas S. Eliot, Antonio Machado, Antonio Cisneros, Federico García Lorca (Romancero gitano), Rafael Alberti, Samuel Cárdich (Mudanza), Graciela Briceño, Luis Mozombite, Andrés Jara. En el plan lector obligatoriamente se debe incorporar libros de poesía digeribles por los estudiantes. Leer poesía es más exigente que leer cuento, novela o ensayo periodístico. El profesor tiene que orientar y a enseñar a leer poesía. No se trata de repetir versos como cotorra. Octavio Paz, en El arco y la lira (1956), afirma: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro.”