En el intrincado tablero geopolítico actual, la propaganda emerge como una herramienta clave en la redefinición de alianzas y percepciones. Observamos un cambio drástico en la narrativa rusa, alejándose de la tradicional demonización de Estados Unidos para señalar a Europa como el foco de inestabilidad global. Este giro, coincidiendo con la nueva administración Trump, plantea interrogantes sobre el futuro del orden mundial y el papel de Rusia en él.
Según la investigación publicada por The New York Times, hace apenas cinco semanas, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi V. Lavrov, pronunciaba un discurso rutinario arremetiendo contra los Estados Unidos, calificándolos de “hegemónicos y egoístas” al frente del “Occidente colectivo”. Sin embargo, la visión del mundo de este diplomático veterano de 74 años ha experimentado cambios radicales en un corto período.
En una entrevista en la televisión estatal rusa el domingo pasado, Lavrov enumeró los males que Europa —y no Estados Unidos— había infligido al mundo. En su relato, Estados Unidos pasó de ser el cerebro malvado a un espectador inocente. “Colonización, guerras, cruzadas, la Guerra de Crimea, Napoleón, la Primera Guerra Mundial, Hitler”, afirmó Lavrov. “Si observamos la historia en retrospectiva, los estadounidenses no desempeñaron ningún papel instigador, y mucho menos incendiario”. Este cambio coincide con la creciente incertidumbre sobre el apoyo estadounidense a Europa bajo la administración Trump.
La nueva narrativa rusa, difundida a través de los medios estatales, presenta a Europa como una fuente de conflicto y desestabilización. Dmitri Kiselyov, en su programa semanal estrella en el canal Rossiya-1, describió a un supuesto “partido de la guerra” en Europa superado por una “gran troika” conformada por Estados Unidos, Rusia y China, que constituiría “la nueva estructura del mundo”. Esta reconfiguración narrativa busca posicionar a Rusia como un actor clave en un nuevo orden multipolar, desafiando la hegemonía occidental tradicional.
Durante más de una década, Estados Unidos fue el principal coco de la máquina de propaganda del Kremlin: el “hegemón”, el “titiritero” y el “amo al otro lado del océano”. Se le acusaba de buscar la destrucción de Rusia incitando a europeos, ucranianos y terroristas a entrar en conflicto con Moscú. Esta visión, alimentada por eventos como la expansión de la OTAN y las revoluciones de colores en la antigua esfera de influencia soviética, justificaba las acciones de Rusia en el extranjero y consolidaba el apoyo interno al gobierno.
Este cambio repentino en el discurso oficial ruso sugiere un realineamiento estratégico, posiblemente motivado por la percepción de una menor hostilidad por parte de la administración Trump y la oportunidad de explotar las divisiones dentro de la Unión Europea. Además, esta nueva narrativa podría ser una estrategia para desviar la atención de los problemas internos y fortalecer la posición de Rusia en el escenario mundial, buscando un acercamiento con Washington y presentando a Moscú como un mediador clave en la resolución de conflictos globales.
La modificación del discurso ruso plantea serias interrogantes sobre la futura relación entre Rusia, Estados Unidos y Europa. La redefinición de alianzas y la manipulación de la información son herramientas poderosas en la guerra de la información, y su impacto en la estabilidad global no debe subestimarse. El futuro del orden mundial podría estar condicionado por la capacidad de los actores internacionales para discernir entre la realidad y la propaganda, y para defender los valores democráticos frente a las narrativas autoritarias.




