Elegir bien a nuestros congresistas

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Obligados, mal que nos pese, a haber estado atentos a las propuestas de los candidatos a la presidencia, las mismas que por estos días se han venido difundiendo a través de sendos debates organizados por un canal de televisión y por el Jurado Nacional de Elecciones, los peruanos tenemos ya, para bien o para mal, cierta idea de quiénes son, en buena cuenta, los que aspiran a dirigir los destinos del país durante los próximos cinco años, si Dios y alguna iniciativa de vacancia presidencial lo permiten, claro está.

Y no es, desde luego, que no conozcamos ya a un buen número de ellos, que, salvo una que otra excepción, son la gran mayoría viejos conocidos nuestros. Ni tampoco se trata, menos aún, de que por una suerte de movimiento de prestidigitador hayan podido mudar su naturaleza al punto de haberse convertido en individuos completamente distintos en virtud de dos o tres palabras diferentes que pudieran haber proferido. Y que, por tanto, recién sepamos ahora de quiénes se trata en realidad, a la luz de una repentina y providencial revelación. Nada de eso. A lo que nos referimos, a decir verdad, cuando señalamos que es gracias a lo dicho por los candidatos a la presidencia durante los debates, que los peruanos tenemos cierta idea de quiénes son estos, es a que cuando menos contamos con ciertos elementos de juicio para saber hacia dónde llevarían las riendas del país de llegar a subirse al caballo desbocado que es hoy el Perú.

Conocimiento este que no nos lo ha dado, de más está decirlo, el haber escuchado sus propuestas propiamente dichas, sino aquello que las acompañó, eso que, por estar rodeándolas, por estar configurándolas, contribuyó a que nos hiciéramos una idea bastante completa de por dónde va el asunto. Así, por ejemplo, hemos podido conocer un poquito más de cierta candidata, al enterarnos de que terminará con la pobreza del país de una vez por todas y para siempre, “quitándole” a los ricos para darle a los pobres. Así como también hoy sabemos que cierto candidato, cuya misoginia no es un secreto para nadie, será el abanderado de la defensa de los derechos de la mujer en un eventual gobierno suyo. Y ni qué decir de cierto candidato, de quien ahora sabemos que solucionará el problema de la falta de vacunas que viene sufriendo el país haciendo que estas se fabriquen aquí mismo; sí: aquí mismo. ¡Si los peruanos somos capaces de fabricar cualquier cosa! Cualquier cosa.

De modo que lo último que podríamos decir es que los debates no sirven para maldita la cosa. Sirven. Por supuesto que sí. Pero no ya para saber qué harán o dejarán de hacer los postulantes de llegar al Gobierno, que lo prometido casi siempre se queda solo en palabras. Los debates sirven, sí, pero en esencia para abrirnos los ojos. Para hacernos ver a qué tipo de individuo estamos a punto de darle nuestra confianza, esto es, a qué tipo de perturbado, desequilibrado o majadero estamos a punto de confiarle nuestra casa.

Con todo, y al margen de a quién llevemos finalmente a la presidencia, que, salvo una que otra excepción, tampoco es que nos deje mucho de dónde elegir, hay algo en lo que los peruanos no parecemos estar reparando, y que obvias razones merece toda nuestra atención, sobre todo si lo que queremos es no repetir la historia de los últimos años, bastante pródiga, como sabemos, en darnos ejemplos de lo que no deberíamos volver a hacer. Nos referimos, naturalmente, a la elección de congresistas. La misma que, para variar, ahora tampoco recibirá la atención que debería recibir por parte del electorado.

Porque, si a escasos cinco días de las elecciones existe todavía un altísimo porcentaje de votantes (se habla de más de cuarenta por ciento) que aún no tienen ni la más remota idea de a quién confiarán su voto el próximo 11 de abril para presidente de la República, la situación no es menos preocupante respecto de a quiénes se elegirá para congresistas. Es más, diríase, incluso, que en lo que toca a la elección de congresistas, no solo existe una evidente incertidumbre por parte de los electores en lo respecta a quiénes habrán de elegir, sino también, y sobre todo, una innegable y hasta cierto punto justificada indiferencia.

Lo que se explica, a no dudarlo, debido a que la población parece haber perdido ya toda esperanza de que los parlamentarios sean real y verdaderamente sus representantes. Y es que si algo ha demostrado la gran mayoría de estos a lo largo de los años es todo lo contrario. Que a quienes realmente representan es a ellos mismos, a los intereses que les conviene defender. Más no a la población. A esa población que fue la que, a fin de cuenta, los llevó a donde están. Lo preocupante de ver el panorama de ese modo es que terminamos por acostumbrarnos a dicho estado de cosas, por resignarnos a que sea siempre de esa manera, a que el elegir bien a nuestros congresistas no sea también una de nuestras prioridades. Y no es así. No tiene por qué ser así.