EL SABIO FILÓSOFO DE CANALES

 Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

Los últimos días de papá Ata fue publicada en 1999, primera novela de Andrés Cloud Cortez. En los cuentos ya teníamos los perfiles de personajes ancianos, sabios, ejemplos de vida y autoridad del pueblo. El viejo es considerado con respeto, admiración y fuente de sabiduría. Son referentes don Julián de los gentiles y Atanagildo. Cloud tenía 58 años. Ya había publicado gran parte de sus libros de cuentos: Usted comadre debe acordarse (1987), Cielo de Congona (1988), Bajo la sombra del limonero (1998) y En la vida hay distancias (1999). Ya no era docente en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, así que se dedicaba a tiempo completo a leer y escribir con tranquilidad, paciencia y en soledad como exige la creación literaria.

 La novela está planteada, desde el punto de vista de la estrategia narrativa, como un diálogo entre el tío Ata y el sobrino Andrés (alter ego de Andrés Cloud). Desde esa posición, ambos interlocutores participan activamente: uno pregunta y exige explicación a sus inquietudes y el deseo de saber qué ocurrió en tal o cual situación; el otro, responde con serenidad, pertinencia y sabiduría basada en la experiencia y en los golpes de la vida. El inicio es un atinado enganche con el lector: “Era corpulento, recio, de buena estatura. Tenía las manos pecosas, regordetes y velludas, los ojos celestes que inspiraban confianza, y se llamaba Atanagildo”. Así sabemos que el personaje central de la novela es Atanagildo, nacido en Solima, pueblo rural, distante de la urbana Congona.

 Desde un inicio, el tío Ata se muestra como el sabio del pueblo, sin títulos ni grados académicos, pero gran poseedor del conocimiento popular forjado en la vida y práctica cotidianas. Es un filósofo de la vida, muy respetado, cuya palabra ni actitud se cuestionan. “Qué no sabía el tío Ata”, dice el sobrino. 

Solitario, viaja por caseríos y pueblo sobre el burro Venancio y contenta a los demás con el rondín Seductora. Radica en Canales, comunidad rural, campesina, bucólica, con escuela y docentes, pacífico, de gente humilde, trabajadora, a unas horas de distancia de Congona, topónimo metafórico de Huánuco. 

La sabiduría de papá Ata no viene del libro (es letrado, lector, escribe su diario con símbolos y sutiles mensajes), sino de la experiencia, de la vida misma –ora generosa, ora condescendiente, ora rigurosa– del conocimiento empírico, pragmático, de la observación y la especulación certeras. Su consigna es vivir en equilibrio con la naturaleza, Dios y uno mismo, que se convierte en precepto del pueblo. 

Papá Ata era “una enciclopedia de siete tomos, su corazón un maravilloso cofre de recuerdos, y sus manos una generosa arca abierta, dispuestas a desprenderse hasta de su propia alma. Por eso, en todas partes, su autoridad siempre fue respetada; su presencia, bienvenida; y su palabra, escuchada”. (Pág. 13).  El viejo sabio considera que la “cremación es para los tontos”. (Pág. 22).

 De los doce capítulos y el epílogo de la novela (la misma numeración repetirá en 2003 en Ay, Carmela), el ocho muestra la maestría narrativa de Andrés Cloud. Es admirable el ritmo de la prosa, la serenidad y contemplación del tío Ata, la construcción de un marco social e histórico de Congona, verla moderna, pero deteriorada por el desorden, la contaminación y la corrupción moral de algunas instituciones e ineptitud de las autoridades locales. 

Luego de despedir el año 1991 en Canales, en la madrugada del día siguiente, papá Ata emprende el viaje a Congona. Parte al amanecer, llega al potrero La Hoyada (límite del pueblo), asciende la cuesta El Cascajal en compañía de Venancio (Rogorrinre), luego a Lloque, la quebrada de La Bisagra, Togrona (“pueblecito abundoso en cabras, calabazas y cerdos…”) hasta la cumbre de Góyllar desde donde contempla Congona, finalmente cruza el puente y espera el “camioncito mixto” para llegar a la ciudad. Papá Ata regresa a Congona después de 26 años, el 1 de enero de 1992, año del quinto centenario del descubrimiento de América, es decir,estuvo allí en 1965; había nacido en Solima en 1914. Probablemente fallece en los primeros días de febrero de 1992.

 Papá Ata constata con sus propios ojos la situación pública, social y moral de Congona. Los festejos del fin de año han convertido las calles en basurero, desorden e irrespirable. Ve ebrios deplorables, deshechos, suciedad, locos, mendigos. Recorre la ciudad observándola. En la Plaza de Armas, recientemente remodelada, una prostituta le ofrece servicios sexuales. El Rancho Grande y el Rancho Alegre han sido reemplazados por el Gran Chaparral. 

Los sueños de Ata tienen ribetes simbólicos: lluvia torrencial, proliferación de cucarachas, pericotes y ratas, estas últimas saliendo del Poder Judicial. En Congona hay alumbrado eléctrico, ahí están el Hotel de Turistas, el monumento de Mariano Ignacio Prado mirando hacia el norte, los siete barrios tradicionales, la circulación de los billetes de cinco soles con la efigie de Pachacútec y diez con el inca Garcilaso de la Vega. 

Desilusionado regresa a Canales donde se deshace de todo lo innecesario. Precisamente, el título de la novela se refiere a los últimos días de vida de papá Ata desde la visita a Congona y regreso a Canales.

 Papa Ata (Atanagildo Almanzor, hijo de Ataúlfo Almanzor Almafuerte) es un clásico personaje cloudiano como Asunción Mendoza, Práxedes Sudario, Chela Cordero, Carmela Sayago, Meneíto Martínez y José Luis Trigos. La novela abunda en topónimos, flora y fauna rurales, leguaje coloquial y dialectal, juegos verbales, la incorporación de diarios personales (Diario de poesía o Poesía diaria), y, en el caso del Epílogo, se plantea una lectura de ida y vuelta. El maestro Desiderio Sirlopú dice de papá Ata: “Don Atanagildo merece mucho respeto aquí y en cualquier parte”. (Pág. 49).