EL REGRESO DE INKARRÍ

Escribe: Ronald Mondragón Linares

Antes de perfilar una breve reseña de uno de los relatos principales del último libro de Ronald Leiva Echevarría, “El regreso de Inkarrí”, es preciso poner de relieve algunas consideraciones.

A propósito del concurso de lectura que viene organizando la Institución Educativa “San Luis Gonzaga”, cuyo material bibliográfico es el relato “Sarnoso”, del laureado escritor piurano Cronwell Jara, para el nivel primario; y, precisamente, el libro de Leiva Echevarría “El regreso de Inkarrí”, para el nivel secundario, creo pertinente felicitar este tipo de iniciativas porque, de alguna manera, contribuyen a tomar por las astas un grave problema nacional, como es el desinterés y el abandono del hábito de la lectura; e intentan revalorar el rico acervo de la cultura ancestral, arraigada en genuinas expresiones populares que constituye la mitología andina.

El pueblo es el mejor y más noble creador de mitos y leyendas. Cuando la sociedad incaica fue literalmente aplastada por el poder español, hubo, luego de una conmoción generalizada por el asombro y el terror, una etapa y un momento de resistencia que nos traen a la memoria nombres insignes como los de Cahuide, Manco Inca, Illatúpac y, más adelante, el gran Túpac Amaru II, Juan Santos Atahualpa y muchos otros. En ese contexto de sentimientos colectivos de pérdida de cultura e identidad, así como de indefensión absoluta ante el brutal ataque de los invasores extranjeros, nace el mito del Inkarrí, por lo que tenemos que es un mito claramente poshispánico.

El mito del Inkarrí -una contracción de los vocablos “inca” más “rey”-, es el mito que se basa en la esperanza, en la fe restauradora. La sociedad andina volverá a ser como antaño; pero, para que ello ocurra, ha de ser un líder, un héroe, un rey de reyes, en realidad un ser inmortal quien se encargue de esa titánica tarea: rehacer y restaurar la sociedad incaica. Ese ser omnímodo se llama Inkarrí. La importancia de este mito popular no estriba en que se cumpla o no el vaticinio, sino en que existe una parte de la sociedad que no renuncia a sus auténticas raíces, vive plenamente ligado a ellas y tiene un afán de permanencia en el tiempo, con toda la carga cultural que esto implica: tradiciones, arte, lengua, idiosincrasia, costumbres, religión, etc.

Si bien existen varias versiones del mito, la línea o el eje central del relato gira en torno a un personaje glorioso, un inca o un rebelde indígena con dotes divinos que fue tomado preso por los españoles y, luego de ser martirizado, le cercenaron el cuerpo y finalmente decapitado. Según la mayoría de las versiones, sobre todo provenientes del sur del Perú, los restos de Inkarrí fueron enterrados en distintos puntos de lo que fuera el antiguo territorio del Tahuantinsuyo y su cabeza, en algún lugar del Cusco. Pero –de acuerdo a las creencias de muchos pobladores aborígenes–, “la cabeza está viva y regenerando el resto del cuerpo”. De esta manera, se cree que las partes se juntarán y en ese momento Inkarrí volverá e iniciará la reconstrucción del mundo quebrado por los españoles.

En el caso del relato de Leiva Echevarría, más que un mito poshispánico, el mito de Inkarrí es mostrado como uno de los mitos fundacionales de la sociedad inca. Es, aquí, el fundador mismo del Cusco, en compañía de Quyari, su esposa. Además, según la versión recogida por el autor, Inkarrí -hijo del Sol y de la Luna- se sacrifica por su pueblo a morir en manos de los españoles; pero, debido a la invencibilidad  otorgada por los dioses panandinos, especialmente Wiracocha, ineluctablemente es un ser que revivirá, lo mismo que su preciada armadura. Esta armadura, en el relato de Leiva, es el elemento preciado por el cual lucha hasta la muerte el príncipe Illatúpac –o Illa Túpac, como se llama en el libro-, uno de los personajes que llena de gloria las páginas de la historia de Huánuco.