Por: Ronald Mondragón Linares
Una de las características sobresalientes de la poesía de Samuel Cárdich es la severidad formal que impone en la construcción del andamiaje de sus versos, en el rigor paciente y minucioso siempre presente en un eximio artesano de la palabra. En la última de sus entregas poéticas, “Lira de los colores ilustres” (Ámbar, 2021), el autor reafirma tan notable condición, mantenida firme y sostenidamente a lo largo de toda su obra lírica, aunque esta vez lo hace con una impronta particular.
El poetizar desde la contemplación es una de las piedras angulares que permite la comprensión de la génesis y elaboración creativa de nuestro autor. Porque no todos los autores poetizan desde la contemplación, es decir, colocándose a cierta distancia del objeto para ello; otros lo hacen fundamentalmente desde la introspección, desde el mar profundo y agitado del subconsciente, por ejemplo (el único libro donde, desde mi punto de vista, Cárdich hace uso de este método introspectivo, por así decirlo, es “Último tramo”). El hacer poesía desde la contemplación condujo al autor a un conflicto capital para el desarrollo de su obra; este conflicto se puede formular como el conflicto entre la contemplación de las cosas sin movimiento y de las cosas en movimiento. El primer polo del conflicto conduce hasta los extremos recintos de la poesía pura; el segundo polo, hasta los alrededores matizados con los colores de la narración.
Los grandes logros de la poesía de Samuel Cárdich, en ese sentido, tienen su explicación en las formas o en las vías de que se valió el escritor para superar dicho conflicto estético. Así, “Puerta de exilio”(2008), probablemente una de sus obras poéticas más acabadas y más finas, fue el resultado de internarse en la pista cerrada y circular de la contemplación de lo extático y de las formas puras y sensoriales; por otro lado, “Blanco de hospital” (2008), la “pequeña”-solo por su extensión- obra maestra, constituyó el logro y la certeza estética luego de haberse internado en el ancho sendero, abierto y de un sinnúmero de posibilidades, de la contemplación de las cosas en movimiento, vale decir de hechos objetivos enriquecidos por la anécdota y por sutiles y conmovedoras fibras líricas. En ambos casos, cada línea de creación poética, por sí y en sí misma, fue llevada hasta sus últimas consecuencias.
En esa etapa de su evolución, nuestro escritor optó por resolver así el conflicto: edificando cada polo o vertiente dentro de sus propias posibilidades y de acuerdo a su propia naturaleza, estableciendo un muro de contención entre ambas, reconociendo cabalmente a cada una su existencia y su status. Se fundó, pues, el reino de lo contemplativo “puro” y el reino de lo poético de mirada narrativa (no confundir con la prosa narrativa, ni tampoco con la poesía en prosa).
Sobre todo este conjunto, la “Lira de los colores ilustres” se presenta con una ambiciosa intención. Con una intención mayor, diríase, de largo aliento: hallar la superación del conflicto poético ya no en el desarrollo individual de cada vía de creación, sino en la fusión de ambas en una sola corriente integradora y poseedora de una calidad única. ¿Es posible esa integración, esa síntesis?, ¿En qué medida Samuel Cárdich ha logrado obtener un producto cualitativamente nuevo, o al menos de rasgos innovadores?
Me parece que hay algunos textos que presentan ese afán innovador o, mejor, integrador. Porque de lo que se trata es el desarrollo de lo nuevo desde adentro, desde el mismo movimiento interior de la materia y contenido poético, no desde un forzamiento externo, ya que resultaría perjudicial para el desarrollo emergente y genuino. ”Mujer sentada” es un texto que, a mi juicio, cumple de manera espléndida con el cometido, a todas luces enorme y ambicioso, de la “Lira…”. El poema tiene un tejido básico argumental: el marino que partió a la mar en busca de un mejor destino, acaso de un país más amable, y que dejó a una mujer en una espera ansiosa e interminable. El discurso y el nervio lírico, sujetados por los garfios de la angustia y la desesperanza, están a cargo de ella, de la mujer sentada ante la inmensidad del tiempo y del mar: la imagen pura de la espera perfecta. Otro de los poemas que creo cumple con el gran propósito de la obra es “Autorretrato”, inspirado en el genial pintor peruano Víctor Humareda. Otros textos, sin embargo, parecen recordatorios-realmente es difícil olvidarlo- de “Blanco de hospital”, análogos sobre todo por el tono despreocupado y el manejo libérrimo del discurso (como sucede con “La cuna” o “Habitación de hotel”).
Hay otro rasgo que me parece distintivo de esta última entrega de Cárdich. En la medida en que el libro pretende conjugar los polos o aspectos cardinales de su poesía, mucho de la contemplación pura tiene como referente particular la sensualidad femenina; prácticamente la tercera parte de la obra hace alusión a los elementos explícitos de la sexualidad de la mujer, contenidos en famosos cuadros de la pintura universal, como El nacimiento de Venus o La bañista durmiente. La contemplación de los rasgos femeninos en la medida en que se trata de búsqueda de belleza sensorial, es decir del goce estético puro, a la manera de los clásicos renacentistas.
Por lo demás, las otras características inherentes a la pluma de Samuel Cárdich se muestran claramente en el libro que comentamos: el control experto y medido del equilibrio rítmico, el dominio verbal, la sobriedad y elegancia de los recursos retóricos, la unión con los elementos naturales, así como, en particular, el gran dominio de la metáfora hasta convertirla en imagen y luego en símbolo o alegoría.




