PELIGROSO JUEGO

EL PELIGROSO JUEGO DE LA POLARIZACIÓN

Escrito por Arlindo Luciano Guillermo

La vida y las decisiones no son extremos, sino puntos medios de consenso y convivencia; ahí está el reto de la inteligencia y la civilización. Se ha hecho normal insultar, difamar o desacreditar o difundir fake news por las redes sociales. Basta revisar someramente los mensajes en Facebook sobre asuntos políticos, personales o ideológicos. El racismo, la homofobia, la xenofobia, la intolerancia y el feminicidio encrespan los nervios. Estos problemas vigentes no están resueltos en la sociedad del siglo XXI. Peligrosamente los “rancios prejuicios” y “supersticiones” están reapareciendo para competir con la ciencia, la razón y el espíritu crítico.   

Uno de los pilares de la educación por competencias es la “convivencia democrática” en la escuela, el barrio, las relaciones interpersonales, la familia y la colectividad; es decir, “juntos, pero no revueltos”, respetándonos mutuamente a pesar de las diferencias y la disensión. Somos únicos e irrepetibles; felizmente somos hijos de úteros distintos. Nadie es igual que otro; somos distintos porque tenemos procedencia, identidad, educación, estilo y código de valores heterogéneos. Quien cree que somos iguales es un caballo que corre en el hipódromo con anteojeras. La homogeneidad cultural, lingüística y política es un delirio; pensar lo contrario, una distopía. Es absurdo creer que todos pensamos igual como plantillas, pero sí es legítimo coincidir, tomar decisiones concertadas, discrepar con razones y argumentos para priorizar el bienestar público y ciudadano.

El artículo de opinión Bala perdida de Patricia del Río (El Comercio, 4/9/2022) empieza así: “En cada país se cuecen distintas habas, pero hay un hilo conductor entre aquellas realidades que han sido tomadas por protagonistas cada vez más radicales, más violentos”. Efectivamente, ningún país del planeta, por muy exitosas que sean sus políticas económicas y sociales, es perfecto, libre de defectos o excesos. Si no falla el Estado, yerra el ciudadano y viceversa. 

En Argentina, la expresidenta Cristina Fernández (implicada en casos de corrupción) casi es asesinada por alguien que no la tolera ni piensa como ella. A Salman Rushdie casi lo matan; desde que publicó Los versos satánicos su cabeza tiene un precio, sentenciado por un régimen político y religioso islámicos que se sintió agraviado por las ficciones literarias de la novela. La política enciende pasiones y fanatismos, pero la literatura es un arte que afanosamente le interesa la creación estética y la fijación de la imaginación en la realidad histórica. Gandhi, Martin Luther King, John F. Kennedy, Luis. M. Sánchez Cerro o el mismo Cristo fueron asesinados por la intolerancia, el dogmatismo y la ceguera de no querer ver la diferencia. Los regímenes dictatoriales (de izquierda o derecha) siempre van a perseguir a ciudadanos, periodistas y escritores incómodos, convertidos en una piedra en los zapatos.  

Ante la polarización existente hoy, ante la intolerancia y la carencia de una cultura democrática, no podemos pegar un esparadrapo en la boca o vendarnos los ojos. Algo hay que decir. La tolerancia y la paciencia racional se aprenden mirando ejemplos y prácticas positivas. 

Un profesor sin paciencia es un riesgo para los estudiantes; un docente que no respeta ni acepta la discrepancia es un monje de ese monasterio medieval, en la cima de la montaña, de El nombre de la rosa de Umberto Eco; allí la sonrisa es un pecado inspirado por el “maligno”; el conocimiento, una blasfemia. Si no aceptamos los colores del arcoíris como metáfora de la pluralidad vamos camino a la fragmentación, la violencia, la exclusión social y el insulto como instrumento de debate. Es un imperativo la coherencia entre actitud, política y actuación.  

Es necesario (con carácter de urgencia) que la educación sea de verdad por competencias, no solo transferir ingentes conocimientos y sea el fin supremo el ingreso a la universidad. ¿Y la actitud, las habilidades blandas y la inteligencia emocional? La historia y la experiencia son espejos donde se ve lo que ocurrió y lo que podría suceder. A veces el burro patea dos o más veces y no aprendemos. ¿Acaso la civilización hoy ha olvidado el Holocausto nazi, la barbarie de Sendero Luminoso, las matanzas de Pol Pot en Camboya o la guerra de Vietnam? 

¿Acaso la memoria colectiva está obnubilada por la indiferencia, la zona de confort y la nefasta cultura “de no es mi problema, con tal de que a mí me vaya bien”? ¿Acaso la guerra en Ucrania no afecta al mundo, a las relaciones diplomáticas y a la economía de Europa y América Latina? 

Hace unos días falleció Mijaíl Gorbachov, el artífice de la democratización de la ex Unión Soviética con la perestroika y la glasnost. ¿A quién le interesa? ¿Cuánto daño le hace al Perú el autismo social, inestabilidad política y la fragilidad institucional? Los intereses partidarios, empresariales e individuales están por encima del Perú y los ciudadanos.

La polarización podría ser una oportunidad para sentarse en una mesa y ponerse de acuerdo sin claudicar principios y reconciliarse. La intolerancia se resuelve con autocrítica, respeto y argumento. Aquí entra a tallar el ejercicio del pensamiento crítico, reflexivo, activo, con el propósito deliberado de contrastar ideas y proponer salida a problemas aparentemente sin solución. Repito: disentir no convierte en enemigos públicos, íntimos ni personales a los discrepantes. 

Al contrario, las coincidencias definen caminos y rutas alternas. Si no hacemos esto regresaremos, sin duda, a la caverna con pintura rupestre y hachas de piedra; se impondrá la ley del tigre de dientes de sable y del Neanderthal. 

La civilización es el imperio de la cultura del diálogo, la tolerancia y la pluralidad. ¿Sabemos tolerar racionalmente? ¿Emocionalmente estamos educados para discrepar? Cuánta falta hace un fray Martín de Porres para hacer comer, sin pelear, en un mismo plato, a perro, gato y pericote. Cuántas veces hemos repetido como cotorra el Padrenuestro y la vida sigue ilesa, intacta, sin afectación. Eso de “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” es cuento chino, un saludo a la bandera, no suena ni truena en nuestras acciones diarias. Continúa Patricia del Río: “Un día te atreves a insultar, otro a golpear, después matas. ¿O acaso nosotros no hemos normalizado ya el insulto, la mentira, el golpe físico, la impunidad como parte del debate político?” Aggiornar el racismo, la intolerancia, el desprecio por el argumento y la razón es una perversidad muy peligrosa cuyo costo podemos lamentar. Todos somos ciudadanos de primera clase, sin privilegios, con talento y competencias, iguales ante la ley, con DNI y derecho a progresar y trabajar, a vivir en paz y felices.