EL PARQUE DE DON ABELARDO

Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe

Sentado luego de mucho tiempo en una de las viejas mesas de madera de la llamada Página 11 y pasando revista a uno de los diarios locales, Abelardo recordó con cierta nostalgia cómo hace muchos años atrás iba con sus hijos, ahora ya mayores, al recordado Festival del Pan, evento que concentraba gran cantidad de pobladores. Este evento se llevaba a cabo en el entonces existente parque Puelles. Quizá lo recordó de pronto porque un titular anunciaba que el TC le dio la razón a la Cámara de Comercio en un lío judicial. Este fallo desató la molestia de cuanto desinformado pasea por las redes sociales. Unos decían que ese parque fue nido de fumones y delincuentes, como muchos otros seguramente, y que por eso nadie tenía derecho a reclamar; sin embargo, el efecto que causó esta noticia en don Abelardo no tenía nada que ver con asuntos de drogas ni apasionamientos absurdos. Él, vecino de antaño del barrio de Puelles, había jugado con sus hijos en ese parque y seguramente sus hijos ahora juegan con sus nietos en el Real Plaza, construido de manera ilegal como lo señala la sentencia. Nadie le puede decir a don Abelardo que no sienta nostalgia por su parque, por ese parque en el que seguramente se dio el primer beso con Francisca, la novia quinceañera a la que acompañaba desde el Colegio Milagros de Fátima hasta su casa ubicada a unos pasos del santuario de Puelles. Nadie le puede decir a don Abelardo que siente una injustificada nostalgia, mucho menos acusarlo de que está en contra de la modernidad, mucho menos decirle que es un egoísta porque gracias al sacrificio de ese parque hoy muchos tienen trabajo. Don Abelardo conoce de sobra esas excusas, las escuchó repetir una y otra vez a ese nefasto personaje conocido como Koko Giles que era en ese entonces alcalde. Ese sujeto inflaba el pecho y decía que gracias a su gestión la modernidad iba a asomarse en este valle.

Don Abelardo, en ese tiempo, reunido con muchas otras personas, inútilmente, como hasta hoy, trató que los demás entendieran que nadie estaba en contra de la modernidad, sino que se exigía que, como cualquier empresa, Urbi Propiedades comprara un terreno y construyera sus instalaciones; trató inútilmente de que muchos de sus conciudadanos, con una inagotable resaca a causa de las fiestas populares que se organizaban con el auspicio de la Municipalidad en nuestra plaza de Armas, comprendieran de que un parque no se podía regalar bajo la figura de cesión por 70 años. Hoy don Abelardo siente que vuelve a esos tiempos nefastos y siente que una lágrima resbala por una de sus mejillas al tiempo de que mira fijamente a la nada y recuerda a su parque. Sí, estimado amigo revolucionario de redes, don Abelardo deja caer sus lágrimas por su parque y no por esos fumones de los que hablas en las redes sin siquiera saber de qué se trata la sentencia del TC. Don Abelardo pide una lata más de cerveza para volver a su casa y la levanta porque siente que después de muchos años, como suelen ser las cosas en este país, la justicia le da la razón; agradece a los astros la dicha de estar vivo para darse cuenta de que tenía razón, de que los parques no deben ser rellenados de cemento nunca ni por motivo alguno; porque ahora, puede decirles a sus hijos que los alcaldes no deben mover masas para evadir sus responsabilidades regalando parques a empresas poderosas. Ahora don Abelardo camina al frente del Real Plaza y quisiera gritar, como aquel 2011, que ni él ni los que lo acompañaban estaban en contra de la modernidad, que lo que exigía era que los ediles atiendan a ese parque histórico.

Ahora quisiera volver a mirar a los ojos nuevamente a aquellos que lo insultaban en nombre de la Municipalidad y decirles una vez más, aunque de nada sirva ya, que no le quiten su parque, que no le arrebaten los recuerdos de esos octubres aún lluviosos en su memoria…