EL OBISPO

Por: Andrés Jara Maylle

Desde hace dos días, la grey católica de Huánuco cuenta con un nuevo y joven obispo, un nuevo pastor de almas en un territorio difícil donde la competencia por ganar adeptos es cada día más reñida, debido, sobre todo, a la proliferación de grupos, sectas, clanes y comunidades cristianas de toda índole.
Y a propósito de este tipo de designaciones clericales, en donde la obediencia es parte de la vida, donde las órdenes se acatan sí o sí, y a sabiendas de que esto no cambiará un ápice, esta vez haré el papel de metete (léase metiche o entremetido, indiscreto y gratuito), o el papel de simple aguafiestas sin tener vela en este convite de hombres píos, serios y togados.
O mejor, me explico.
La gran mayoría, al menos de la boca para afuera, decimos que amamos a esta tierra y nos alegra y enorgullece el triunfo y los lauros de sus ciudadanos en cualquiera de las actividades humanas; tanto como nos entristece sus fracasos y desgracias.
Claro que sí. Siempre será una buena señal que un huanuqueño triunfe en cualquier parte del país, el continente o el ancho mundo; incluso si dicho triunfo se da aquí mismo, convirtiéndose en profeta en su propia tierra.
Por eso, para ser sincero, y sin contravenir ni refutar nada, a mí me hubiese gustado y me hubiese alegrado y enorgullecido mucho, si hace dos días atrás, hubiesen ordenado como nuevo obispo a monseñor Oswaldo Rodríguez, párroco popular y con gran prestigio entre las huestes católicas y no católicas. Hubiese sido, en todo caso, un premio y reconocimiento al enorme trabajo, aceptado por tirios y troyanos, que el padre Oswaldo (como comúnmente se le conoce) ha desplegado en más de tres décadas en casi todos los rincones de esta región de abrupta geografía.
Pero no ha sido así.
Y créanme. Cierta tristeza me invade. Una tristeza que nada tiene que ver con la nueva designación de monseñor Nery Menor, a quien, demás está decirlo, no lo conozco.
Entonces, intento averiguar cómo es que el Papa, desde la distancia del Vaticano, designa un obispo al otro lado del mundo. Y créanme otra vez. Me llevo algunas sorpresas.
Mis fuentes me dicen que, guardando los secretos debidos, el nuncio representante en el Perú solicita a curas y laicos católicos comprometidos, de estos y otros lares, nombres de probables candidatos a ocupar tan alto cargo. Y estos, bajo tiempo prudencial hacen llegar sus propuestas que luego dará lugar a la futura designación.
De haber sido así, supongo que los que propusieron nombres no se acordaron, o no tuvieron en cuenta al padre Oswaldo. O quizás fue solo una pequeña minoría y, por decirlo de una manera más terrenal, no obtuvo los votos suficientes para ganarse (aunque merecimientos los tiene desde hace mucho) el obispado y liderar a la familia católica.
Entiendo que este problema divino que se dilucida en la Tierra es irreversible, pues las reglas que rigen a los católicos, y con las cuales se determinan los mandatos se acatan sin dudas ni murmuraciones, como con los militares, digamos. Y si hacemos sumas elementales, el nuevo y joven monseñor Nery, por lo menos, tiene para unos veinte largos años de mandato sagrado.
A fin de cuentas, no importa quién ni de dónde sea el obispo. Lo importante, obviamente, es el trabajo que desplegará a lo largo de su mandato. Lo digo yo, que detesto toda forma de xenofobia. Pero ello no me quita un justo anhelo: que el padre Oswaldo (y no por ser huanuqueño, necesariamente) tenga la oportunidad de ser algún día un obispo de esta u otras latitudes.
El trabajo social que él ha desempeñado no tiene precedentes, menos su incansable labor pastoral que ha permitido que la Iglesia católica todavía tenga presencia en los más recónditos lugares de nuestra selva y serranía; lugares, donde dicho sea de paso, ha venido ganando importantes espacios otras agrupaciones cristianas, algunas de ellas con claro relente de intolerancia y fanatismo.
Pero las cosas ya están determinadas y la comunidad católica, estoy seguro, se comportará a la altura de las circunstancias.
Yo solo estoy escribiendo lo que pienso, quizás lo que otros callan. Y no creo que por decir lo que digo, y desear lo que deseo, pueda condenarme al fuego eterno. Dios es piadoso y sabrá perdonar mi locura.
Y para voltear la tortilla debo desearle, de todo corazón, muchos éxitos al flamante obispo de Huánuco. Para que esté a la altura de su alto destino y tenga presente la obra de tantos otros que le precedieron, como por ejemplo, monseñor Antonio Kunner, Ignacio Arbulú o Rubén Berroa.