EL GENERAL EN SU LABERINTO

Por Arlindo Luciano Guillermo

El Viernes Santo último pasé, bajo una llovizna persiste, por la pampa de Junín. Giré la mirada hacia la derecha y distingo la carretera rectilínea que conduce hacia el santuario de la Batalla de Junín. Pienso: “Allí estuvo Simón Bolívar, arengando, con oficiales y combatientes, en la línea de fuego, con frío glacial y cientos de patriotas dispuestos a dar la vida por la libertad, la independencia y la república. El proyecto político de San Martín y Monteagudo había sido derrotado por los sólidos argumentos de Faustino Sánchez Carrión, El Solitario de Sayán, abogado e ideólogo de Bolívar. No ingresamos, sentí la presencia de ese general de estatura baja como la de Bonaparte. Leí (o releí) el General en su laberinto (1989, 284 Págs.) de Gabriel García Márquez. Hacía siete años que había recibido el Premio Nobel de Literatura. Bolívar no participó directamente en la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824; lo hizo José Antonio de Sucre. Bolívar se retira del Perú en setiembre de 1825. Se convierte en presidente de la Nueva Granada (Colombia); ahí empieza la decadencia y el descenso irreversibles del poder político absoluto.

El general en su laberinto -que le demandó escribir diez años, él tenía 62, hacía 22 que había publicado Cien años de soledad– no es una biografía pormenorizada de Simón Bolívar, sino los días de penurias, urgencias económicas, precariedad de su salud cada día más frágil, desilusiones políticas y añicos el gran sueño de una América única, desde Santa Fe de Bogotá (8 de mayo de 1830) hasta la quinta San Pedro de Alejandrino, en Santa Marta, donde muere el 17 de diciembre; Bolívar tenía 47 años, con la apariencia de un anciano consumido por la enfermedad, la soledad y la total ingratitud. Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador, luego de sus intentos vanos de lograr beneficios y consideraciones económicas y políticas para Bolívar, ante Santander, se exilia en Pativilca donde fallece. Cuando le insisten para que se confiese y dicte su testamento dice: “¿Qué es esto? ¿Estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme? ¡Cómo saldré yo de este laberinto!” Los últimos renglones de la novela tienen un notable parecido a los de Cien años de soledad: “Entonces cruzó los brazos [Simón Bolívar] contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que  nunca más, por los siglos de los siglos, volverían a repetirse”. (Págs. 266-267). Bolívar abandona Bogotá, supuestamente para viaja a Europa, deseo que no se cumplirá, siete meses de odiseas y extravíos, hambre, sed y coraje para mantenerse de pie. Viaja por embarcaciones vulnerables, llega a pueblos que lo aclaman, lo detestan, lo recuerdan como un general triunfador, quieren asesinarlo, lo desprecian, le poner apodos infames, pero se mantiene firme, con el orgullo a tope, sigue su destino hacia la muerte inexorablemente. Ya no es el Simón Bolívar en la cúspide del poder político, el líder indiscutible de la independencia americana, aquel que hizo de América una nación libre, sin rey ni España.

El general en su laberinto es un paradigma de ficción literaria, genialidad artística y verdad histórica. ¿Francisca Zubiaga de Gamarra y Simón Bolívar fueron amantes y tuvieron encuentros íntimos en palacio de gobierno? Lo que sí está documentado es que Bolívar le puso la corona de oro a Francisca Zubiaga en el Cusco. Este hecho público se prestó a comentarios suspicaces. La novela histórica dice lo que la historia no sabe, no quiere contar o no puede hacerlo. Imaginemos una novela sobre los líderes y mujeres de la revolución de 1812 en Huánuco o las hazañas y hostigamientos de Illatúpac a los fundadores de Huánuco en Huanucopampa 1539. Hace falta un García Márquez. La literatura no solo es ficción en el estado natural de la creación: su sustento es la realidad cotidiana, el liderazgo y la historia. Simón Bolívar, en su recorrido por el río Magdalena, se podría asociar a grandes figuras de la literatura universal. Bolívar y José Palacios son equivalentes al Quijote y Sancho Panza; juntos comparen vivencias cotidianas, planes de libertad y bienestar para los pueblos liberados de España, sueños, frustraciones y lealtad incondicional. La “América unificada” de Bolívar son los molinos de viento del Quijote; es solo un ideal que colisiona con la realidad, ante los ojos de José Palacios. Bolívar es idealista, el romántico político y militar del siglo XIX, expectorado por los caudillos militares -principalmente Francisco de Paula de Santander y José Antonio Páez-, desahuciado por la política; José Palacios, el anclaje perfecto con la realidad, finge no saber la verdad de su general en ruinas, moribundo, sin gloria ni grandezas. Bolívar es un Odiseo a la inversa, ambos navegan con destinos diferentes, los anima el instinto de sobrevivencia y el deseo de huir del laberinto, la zozobra y las miserias. Odiseo llegará a Ítaca donde lo esperan ansiosos Penélope, Laertes y Telémaco; a Bolívar nadie lo espera, Manuela Sáenz está ausente para siempre, solo lo acompañan algunos amigos leales. El general de batallas decisivas, el gran libertador de América, el Napoleón americano, el caraqueño que arrebató a España sus colonias y destruyó para siempre el virreinato, muere en la soledad, la pobreza e ingratitud como inmerecido pordiosero. “Examinó [Bolívar] el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final” (Pág. 266).      

El general en su laberinto tiene tono y expectativa de El coronel no tiene quién le escriba, presentan soledad, exilio, ocaso irreversible e ideales destrozados, personajes que saborean la ingratitud feroz del Estado y la violencia social y política. Entre el viejo coronel, que espera inútilmente una pensión vitalicia, el Simón Bolívar, que abandona Bogotá “rumbo a Europa” y lejos del poder político, y el coronel Aureliano Buendía, que termina en Macondo, vendiendo pescaditos de oro, hay una cercanísima analogía. El Simón Bolívar de García Márquez es una versión humana de Bolívar, ciudadano que cae estrepitosamente de la cumbre del poder político, de la gloria desciende para jamás levantarse. Ahí está el Bolívar en medio de la lucha tenaz entre el pasado y el presente, acechado por la nostalgia desquiciante de sus hazañas (Boyacá, Junín, Ayacucho, Pichincha), sus mujeres de corto plazo y ocasionales (según José Palacios podrían ser 35) no están en el momento decisivo ni siquiera Manuelita Sáenz en Santa Marta. El Bolívar de Gabo es perenne y empático con el lector, que la que presentan los biógrafos y los historiadores.