Día de Santa Rosa de Lima

EL DESFILE DE LOS AÑOS BALDÍOS

Por Arlindo Luciano Guillermo

El título es el anticipo de las historias que Samuel Cárdich relatará en 21 cuentos cortos. El libro es una galería, de asombro y curiosidad, de personajes cuya existencia termina en tres estaciones concretas de donde no pueden escapar porque la vida está diseñada por el destino ciego e implacable: la muerte, la frustración y el deseo inútil para disfrutar la felicidad y la paz espiritual. 

Eso es El desfile de los años baldíos (Ediciones Condorpasa, Págs. 183, 2014). Además, se suman la precisión temporal de hechos, el enganche inteligente con el lector y la función idónea del narrador. Baldío el camino, baldía la vida, baldíos los sueños; baldío es el presente. 

No son cuentos sofisticados ni audaces en técnicas y posibilidades como en La muerte puede llegar mañana (2003), “Recuento” y “Déjala ir, Criollita” de Malos tiempos (1986). Si se descuentan, por razones de taxonomía, los libros de literatura infantil y juvenil, Samuel Cárdich ha publicado, entre 1986 y 2016 (30 años de ardua e infatigable labor de creación literaria) cinco libros de cuentos, que suman 51 relatos.         

En los 21 cuentos, los personajes están signados por la frustración, la fugaz felicidad, el deseo de superar las adversidades y la muerte. La felicidad es esquiva, ingrata, un bien escaso e imposible de alcanzar en un contexto de conflicto, crisis e infortunio. 

A eso se añade, como una cuña constante, el registro del tiempo de modo reiterativo y obsesivo. Mujeres y varones adultos, niños, adolescentes, jóvenes, de oficios, temperamentos y actitudes diferentes, sucumben irremediablemente en la vorágine del tiempo que erosiona la vida y el espíritu y la telaraña del destino escrito con presagio y anunciación. Todos los personajes son infelices, de vida infausta, encerrados en la fatalidad como si fueran una revelación del oráculo de Delfos. 

Sin embargo, hay un efecto estético inmediato que conmueve al lector. No son grandes historias, sino cotidianas, azarosas e incluso anecdóticas. En “La luna de Jueves Santo”, un casual encuentro de un docente universitario con Sonia, exenamorada, luego de siete años, durante una protesta estudiantil, es el motivo idóneo para la evocación de intentos y frustraciones y ajuste de cuentas de intimidad en el presente.     

El narrador en los 21 cuentos es estratégico y pertinente. Predominan la tercera persona (narrador omnisciente) y la primera para otorgarle al relato confesión, confianza con el interlocutor e intimidad. 

“Estudio de unos pies menudos” es un fetichismo de los pies desde la perspectiva artística y la persistencia del narrador, un pintor. “Muchos años después, cuando estudié en la Escuela de Bellas Artes, las modelos desnudas que nos ponían para dibujar o pintar, casi sin excepción, tenían los pies feos o toscos y masculinos. Ninguna tenía los pies menudos y finos de Rita”. (Pág. 45). El narrador omnisciente no ejerce el rol de cuestionador de la realidad ni del comportamiento de los personajes, solo se limita a registrar la secuencia del relato y la actuación, con sus deseos y amarguras, de los actores; no es impertinente ni invasivo, no presume de sabio ni Dios omnipresente. 

Este detalle es relevante porque, el autor de las ficciones, sabe monitorear y vigilar la injerencia del narrador. Esto les otorga a las historias de El desfile de los años baldíos una agilidad oxigenante al lenguaje, autonomía y un poder de persuasión; con poco dice mucho. Una sola vez aparece la palabra “baldío” en el cuento “Por unas monedas”.        

El título concentra el tiempo y carencia de logros de los personajes en una sociedad desigual, egoísta, sin oportunidades, con prejuicios y engaños. Estos cuentos son realistas y urbanos, con notable énfasis en el contexto influyente y el destino preestablecido de los personajes. Se evidencia la pobreza, la injusticia, el libre albedrío, la ilusión que se rompe como un cristal, la frialdad emocional, la ingratitud filial y paternal, el sentido del humor, la frustración sexual, el engaño piadoso, el crimen y la venganza, la desgracia, el feminicidio, el ascenso y descenso en la escala social y económica. 

Se podría catalogar al cuento “Los cuadros de Alicia” como naturalista. Alfonso, hijo de hacendado poderoso y perteneciente a la burguesía local, viaja a Sevilla para estudiar medicina, pero malgasta la mesada en alcohol, juego y vida promiscua, se convierte en un trotamundos, sin remordimiento por la hija que abandona a su suerte, trabaja en oficios de sobrevivencia; regresa a Puerta de San Juan, su familia está muerta, la casa-hacienda es un museo. 

A través de la observación de los cuadros pintados por su hermana Alicia va reconstruyendo la historia familiar. Se fue a Europa cuando tenía 22 años; ahora es un cincuentón, sin trabajo ni medios para vivir decorosamente. Vive en un arenal y vende hamburguesas. Es un donnadie, sumido en la pobreza y la inexistencia social; es un fantasma resignado a su “vida perdularia”.    

“Casi las siete” y “Nochebuena” son cuentos efectistas y conmovedores que dejan estupefacto al lector por la intensidad de la historia de pobreza e indiferencia afectiva. En el primero, un adolescente espera ansioso a su padre frente a la cárcel para saludarlo y recordarle que es su hijo. Sin embargo, el padre se muestra indiferente como un témpano de hielo y se marcha a hacer “un trabajo por encargo”. El púber regresa al orfelinato, desilusionado y con rabia, dónde vive. En el segundo, una niña deja la puerta entreabierta para que papá Noel ingrese y le deje el regalo de Navidad. 

Esto no sucede, pero ahí está la ilusión infantil. Vive con la abuela en extrema pobreza; en Navidad solo festejan con chocolate y bizcocho, en un cuartucho miserable y estrecho. 

Según mi apreciación, cuatro cuentos son notables, sin desmerecer la valía de los otros 17: “El reemplazante”, “Violetas para una desconocida”, “Las cuatro estaciones” y “Los cuadros de Alicia”; estos concentran la línea temática transversal del libro: la frustración y el desenlace fatal. 

Tres cuentos tienen humor, hilaridad y farsa: “Los tres cerditos”, “Adiós, Nicole, hasta nunca” y “He aquí el hombre”. El cuento “Carta de amor a una amante muerta” es una tragedia shakesperiana. “Un hombre con nostalgia” es agridulce; “Por unas monedas”, la frustración de la iniciación sexual de un adolescente quinceañero.  

“El señor de la esquina”, exhala un tufillo ribeyriano. El personaje de “En el serpentario” es un demente esquizofrénico que conversa con los objetos y escucha a los ofidios.

Los 21 textos de El desfile de los años baldíos tienen el formato del relato minimalista que tiene en Guy de Maupassant, Antón Chejov, Raymond Carver y Julio Ramón Ribeyro exponentes notables, cuyo magisterio ha dejado huellas indelebles en escritores y lectores. 

En estos cuentistas, la brevedad es una genialidad, “ir al grano” de la historia literaria es un acierto, la concisión lingüística en el curso narrativo, el perfil exacto y sin perífrasis del personaje y el efectismo inmediato en la sensibilidad y expectativa del lector constituyen una marca literaria.