EL CHISME ES UN HÁBITO Y DEPORTE POPULARES

Que lance la primera piedra quien no haya chismeado alguna vez en un café, en el mercado o en el trabajo. El chismoso habla de un hecho sin tener la certeza de su veracidad. El chisme es consustancial a la sociedad donde la verdad está afectada por la desinformación, la fake news y la maledicencia. El chisme desacredita, mancilla, enloda. Todos tenemos secretos inconfesables, que avivan la “lengua nociva” de la gente, si descubre una hendidura o una luz mortecina de suspicacia. El chisme contiene veneno y camufla el aguijón del escorpión. En El Comercio (6-4-2025), Alonso Cueto ha publicado la columna El chisme, motor de la historia, donde comenta el libro Esto no te lo he dicho yo de Kelsey McKinney. El chisme es inevitable, inmoral, entrometido, interesado y destructivo. El periodismo serio jamás le daría “valor público” a un chisme; antes cruza información.

Proverbios 11:13: “El cuentista [chismoso] revela secretos; el que merece confianza guarda el secreto”. El chismoso incursiona perversamente en la vida privada con el propósito de difundirla, tergiversarla, minimizarla, magnificarla y desprestigiarla o dar a conocer algo que no es de interés público ni necesario para los demás. Si un ciudadano compra un departamento de 90 mil dólares es plausible. La sarna se traslada a la lengua del chismoso. ¿Se habrá sacado la Tinka? ¿Estará lavando dinero sucio? El chismoso es envidioso, infeliz, se distrae en asuntos ajenos. El rumor y el chisme son roedores de la misma alcantarilla. Proverbios 18:8: “Las palabras del mendigo [chismoso] son como golosinas; se deslizan suavemente hasta el fondo de las entrañas”. ¿A quién no le encanta chismear? Enterarse de la vida íntima es un atractivo irresistible. Quien con chismoso se sienta a conversar, chismoso se vuelve. El chisme corrompe el honor y la verdad. El chisme es una conjetura inconsistente. El chisme es un sello indeleble de una personalidad que no respeta la ética ni el derecho a la privacidad. José Ingenieros, en El hombre mediocre, asevera: “El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace (…) Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge a la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que, por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete”.

Según la RAE, el chisme es “noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”. ¡Chismea y reinarás! ¿Cuál es la función social del chisme? La curiosidad por el secreto, el hermetismo y la otra cara de la medalla de la vida personal es un estímulo irresistible. Dice Alonso Cueto: “El bien preciado de una comunidad, aquello que la une y la afirma, es la historia secreta de las personas, es decir el chisme”. Sin chisme la vida resultaría insípida y rutinaria. Ña Catita, personaje de Manuel Ascencio Segura, es una vieja chismosa que actúa por conveniencia y sobrevivencia. El chisme en política es una estrategia de desprestigio, de eliminación del contrincante. En el periodismo, el chisme es farándula, espectáculo, intromisión, morbosidad, que la gente devora como un manjar exquisito. El chisme en las relaciones amorosas y conyugales es fatal que provoca escisión. Es tan chismoso aquel que cuenta como el que recepta. El chismoso compulsivo no tiene reparo ni escrúpulo para su perversidad. La intriga de Yago contra Otelo es un ejemplo de que el chisme puede provocar desenlaces letales. Otelo asesina a su esposa Desdémona solo por indicios, celos y un pañuelo en la alcoba nupcial.

Yuval Harari, en Sapiens, escribe: “Nuestro lenguaje evolucionó como una variante del chismorreo. Según esta teoría, Homo sapiens es, ante todo, un animal social. La cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo”. Si eso se practicaba hace millones de años, genéticamente hemos heredado el “hábito de chismear”. No creo que haya sociedad, cual sea su estado de civilización, que no incurra en el chismorreo, cotorreo o dedicarle un tiempo exclusivo, al margen de las actividades profesionales y domésticas, para rajar y despellejar a un actor ausente en la tertulia. Yuval advierte: las habilidades comunicativas para las relaciones interpersonales, enfrentar actividades diarias demanda acción colectiva y comentar sobre lo que les sucede a otros miembros de la comunidad. Añade Harari: “La teoría del chismorreo puede parecer una broma, pero hay numerosos estudios que la respaldan. Incluso hoy en día la inmensa mayoría de la comunicación humana (ya sea en forma de mensajes de correo electrónico, de llamadas telefónicas o de columnas de periódicos) es chismorreo. Es algo que nos resulta tan natural que parece como si nuestro lenguaje hubiera evolucionado para este único propósito. ¿Acaso cree el lector que los profesores de historia charlan sobre las razones de la Primera Guerra Mundial cuando se reúnen para almorzar, o que los físicos nucleares pasan las pausas para el café de los congresos científicos hablando de los quarks? A veces. Pero, con más frecuencia, hablan de la profesora que pilló a su marido mientras la engañaba, o de la pugna entre el jefe del departamento y el decano, o de los rumores según los cuales un colega utilizó sus fondos de investigación para comprarse un Lexus. El chismorreo se suele centrar en fechorías. Los chismosos son el cuarto poder original, periodistas que informan a la sociedad y de esta manera la protegen de tramposos y gorrones”. Dice el chismoso: “cuéntame, soy una tumba”, “de mi boca no saldrá nada”, “me contó un pajarito”.

¿Es posible mitigar la frecuencia e intensidad del chisme? ¿Debemos estar resignados al chisme y tolerarlo? Si el chisme sobrepasa los límites de la dignidad y el honor del ciudadano se convierte en un delito penal. Kelsey McKinney define el chisme como “una persona hablando con otra acerca de alguien que no está presente” y utiliza esta premisa para desarrollar un análisis que combina anécdotas personales, referencias históricas y citas de pensadores destacados. (Infobae, 16-2-2025). Sócrates dio una gran lección con los “famosos tres filtros”, antídotos contra el chisme: ¿Estás seguro que lo que vas a decir es verdad? ¿Lo que se va a contar es positivo o negativo? ¿Qué utilidad tiene lo que vas a decir? Si lo que dices no es cierto ni bueno ni útil, ¿para qué contar y hacerle saber al interlocutor?