Escrito por: Jacobo Ramírez Mayz
Muchos adolescentes y jóvenes han empezado este año nuevo con el sueño de ser profesionales, y, para hacerlo realidad, han optado por prepararse académicamente en alguna de las varias academias que tiene esta ciudad.
Por cosas del destino, este escriba está brindando servicios en el CEPREVAL, en donde el lunes pasado he podido observar a cientos de jóvenes que, con sonrisas en los labios y preocupación en sus ojos, ingresaban a esta casa de estudios. También había algunos, de quienes después corroboré en las aulas que asisten por obligación, hay que decirlo. Si yo fuera su papá, juro por todos los apus que no los enviaría a estudiar: los dejaría en casa y les permitiría que duerman hasta la hora que les dé la gana. Pero, eso sí, les pediría que laven sus ropas, preparen sus alimentos, limpien la casa, den de comer a las mascotas, etc. No pagaría el servicio eléctrico para que nos corten la luz. De esa manera, mi chiuchicito, mi bebé Sincler, la niña de mis ojos, mi adoración, etc., no tendría con qué cargar su celular, y no podría ver sus programas favoritos. Es que, para mí, ser papá es una cosa, y ser papá wepla, o mamá tacra, es otra cosa. Pero, lamentablemente, de todo hay en la viña del Señor.
Laborar en el CEPREVAL de la UNHEVAL me ha permitido encontrarme con grandes y viejos amigos. Algunos ya prostáticos, seplas, pero todos ellos con gran experiencia en formación preuniversitaria. También hay una gran cantidad de jóvenes profesionales que, con el mismo entusiasmo de los estudiantes, ingresan a sus aulas para cumplir con su importante labor. He visto también con no poca sorpresa a muchos docentes con sus micrófonos incorporados, para hacer más potentes sus voces.
Lo cierto es que el Cepreval empezó con nuevos directivos y con ritmo acelerado este 2023. Ritmo que, en gran medida, se lo debemos al coordinador general, quien, no sé por qué, cada vez que lo veo me hace recordar a cierto personaje de un programa antiguo llamado el Show de los Mapes. Un día, con sus más de sesenta años encima, me retó a subir por las gradas los cinco pisos del edificio donde trabajamos. Reto que, por supuesto, le acepté sin miramientos. Con un solo paso, subía yo los peldaños de dos en dos, mientras que él lo hacía de uno en uno, pero a una velocidad de liebre que resultaba difícil de creer. Cuando llegamos, comencé a respirar aceleradamente (parecía que el corazón iba a salírseme del pecho) y él estaba fresco como una lechuga. Me había ganado por puesta de pie, como quien dice. Entonces le dije: «Claro, como tú no fumas, no tomas, comes verduritas y te dedicas solo a trabajar, tenías que ganarme». Sonrió, y, con un palmazo en el hombro, continuamos con nuestra labor.
Lo bueno es que así como le pone ritmo para subir las gradas, también lo hace para trabajar. Pero en lo que nadie le puede ganar, es en lo siguiente: cuando uno piensa que ya ha terminado alguna tarea encargada, te saca una chamba adicional, la misma que a veces es más complicada que la ya desarrollada. Es por eso que estoy pensando seriamente en no terminar el próximo trabajo que me encargue. Total, igual me dará uno nuevo. Si hubiera un premio para quien friegue para trabajar, estoy seguro de que él se lo ganaría.
Lo bueno es que ese mismo ritmo que él tiene, se advierte ahora también en el personal docente y administrativo que hoy labora en este centro de estudios. Por lo que estoy seguro de que, dentro de poco tiempo, el centro preuniversitario valdizano volverá a estar a la vanguardia de la formación preprofesional de la región, como ha sido desde siempre.
Las Pampas, 12 de enero de 2022




