Por: Jorge Farid Gabino González
Quizá la mejor manera de comenzar a hablar de alguien a quien se quiere sea, paradojas de la vida, no hablando de ese alguien. No como nos gustaría. No directamente, en todo caso. Ello porque, muy en contra de lo que uno pudiera ser dado a creer, las impresiones que a menudo nos producen aquellos a quienes les profesamos algún tipo de afecto acaban casi siempre por contaminarse, por deformarse, por desfigurarse, debido al enorme peso que ejercen nuestros sentimientos y emociones al momento de juzgar, o de tan siquiera opinar, acerca de quienes, por una u otra razón, hacemos tributarios de nuestras querencias. De ahí que no resulte raro que incluso terminemos haciéndonos un puro lío, cada vez que intentamos decir algo bonito de esas personas; algo que, a pesar de nuestras muchas limitaciones verbales, cuando menos se acercase en cierta medida a lo mucho que significan para nosotros; algo que, parafraseando la canción, empezase con un “te quiero” y con “te quiero” acabase.
Y nos pasa, naturalmente, no solo con quien compartimos el lecho, ya sea de manera provisional o de forma cotidiana, o con nuestros padres, hermanos o hijos; clarísimos ejemplos, todos ellos, de lo difícil que resulta hablar de quienes queremos sin terminar, como decíamos, haciéndonos un puro lío. También nos ocurre con los amigos. Entendiéndose por estos, claro está, a aquellos que están con nosotros en las buenas, en las malas, y en estas. Y es precisamente de uno de ellos de quien, como venimos intentando desde hace ya un buen rato, quisiéramos hablar ahora, pero sin caer en el lugar común, en la frase hecha. Esto es, dejando que sean sus cualidades, y no nuestras impresiones sobre dichas cualidades, las que hablen finalmente. Pero bueno. Ya va siendo hora de que comencemos.
Amigo de sus amigos, y enemigo de sus enemigos, como a menudo le gusta decir cuando se siente con ganas de poner los puntos sobre las íes, el señor de que se trata acaba de cumplir cincuenta años. Cincuenta años que se dicen fácil pero que pesan mucho. Sobre todo, cuando se ha vivido como él, sacándole el jugo a cada uno de los días, y dejándose que se lo saquen cada una de sus noches. Porque, si hay alguien que tiene claro que a la vida hay que tomárnosla como se nos presente, es él. Para quien lo que en verdad cuenta es lo que tenemos aquí y ahora; y para quien, naturalmente, todo lo demás es humo, todo lo demás es mierda.
Vistas así las cosas, no ha de sorprender a nadie, en consecuencia, que quienes lo quieran sean tantos como quienes lo odian. Lo cual, como no podría ser de otra manera, le importa un maldito carajo. Actitud demás está decir que comprensible, más aún si tenemos en consideración que quienes suelen estar en la nada pequeña lista de los que lo odian, son nadie más y nadie menos que alcaldes, gobernadores y congresistas. Personajes todos ellos a los que no tiene reparos en criticar enérgicamente en su columna de los jueves, convencido quizá de que jamás se enterarán de lo que les dice, y esto por la simple y sencilla razón de que no leen. Pero se equivoca. Porque bien que lo leen. Tan es así que no son pocas las ocasiones en que se ha sabido que han mandado a comprar ediciones enteras, con tal de que nadie más se entere de las cosas que allí les dicen.
Ese personaje, que, como decíamos, y como corresponde, sabe ser enemigo de sus enemigos y amigo de sus amigos, nos ofreció su amistad hace ya una punta de años, y no nos la ha quitado desde entonces (lo que, tratándose de él, y de las cosas que a veces uno hace, es ya mucho decir). Nos la ofreció, como hacen los verdaderos amigos, cuando más la necesitábamos. En el más difícil de los momentos. En las más determinante de las circunstancias. Y ahora que lo pensamos, debe ser por eso que la valoramos tanto. Y también, desde luego, porque a pesar del tiempo transcurrido, y de los no pocos años que tenemos ya encima, sigue hablándonos como cuando teníamos veinte, esto es, mentándonos la madre cuando fuese necesario, mandándonos a la mierda cuando hiciese falta.
Ese ser entrañable, ese entrañable y pintoresco personaje, se llama, ¿hace falta decirlo?, Jacobo Ramírez Mays. Y se seguirá llamando así durante muchísimos años más. Todos los que le falte por vivir, y los que vengan después. Porque la hombría de bien por la que se le conoce, y por la que perdurará a través de sus libros para las generaciones posteriores, es garantía más que suficiente de que será así. A él le hacemos llegar nuestro más caluroso saludo por estos cincuenta años a los que llega, como le gusta decir, recontra bien parado. Porque los hombres como él solo saben estar así: bien parados. Y mirando al horizonte. Porque el camino aún es largo. Aún es largo, Jacobo.




