EDITORIAL. El NUEVO PERÚ

Quiero hablarte asesino, criminal, que te haces llamar «Presidente Gonzalo». Ya nadie te tiene miedo, tu voz no tiene fuerza, lo que queda de ti son espasmos de rabia de la que enfermaste desde un inicio. La borrosa silueta de tu puño, una bandera roja en hilachas que no consigue flamear al viento, tu paso corto y sin sombra, encerrado entre cuatro paredes. Ya estás muerto. Lo estuviste desde que le quitaste la vida al primer ciudadano, desde que decidiste raptar niños, lavar cerebros, enlutar familias; fue fácil violentar a los más frágiles, a los incautos y desnutridos, a los que yacían abandonados a su suerte. Los ultrajaste, los mancillaste, los descuartizaste y quemaste vivo enfrente de sus familias, les robaste lo poco que tenían.

Fuiste el más cobarde de la historia, uno de esos que se autoproclaman asimismo como líder o falso profeta. Obligaste e impusiste una revolución sin fundamentos, que fue nada más una palabra robada a tiranos de otras tierras. No fuiste sino una pinta en la pared, un discurso vacío, plagado de lugares comunes, ególatra, rancio, como imagino es hoy tu semblante.

Tu sendero nunca fue luminoso, por el contrario, fue oscuro, trazado con sangre y lágrimas, como todo lo que vino de ti. Quisiste llevarnos a rastras pero no contabas con que una Policía de Investigaciones (PIP) había conformado un Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), y estudiaba tus movimientos, y los de tus bagres camaradas, de tus bases homicidas. Era solo cuestión de tiempo, dada la sagacidad de estos detectives, para que cayeras como lo hiciste. Mereces estar enjaulado como lo que eres, un cobarde.

Subestimaste a un país, y también a esa corajuda Policía de la Dircote. Te mostraste como el más racista de todos, al utilizar al indio campesino de los Andes como tu carne de cañón. Fueron estos campesinos y agricultores los que te hicieron frente. Los ronderos, valientes mujeres y hombres que se armaron con lo que tenían y defendieron su integridad, protegieron a los suyos, a sus comunidades, sus creencias, sus destinos.

Caíste un 12 de setiembre de 1992, y poco te faltó para llorar, los miles de hogares a través de las pantallas, vimos cómo te defendía tu mujer a fin de que no te tocaran. De tanto violentar al país terminaste uniéndolo. Nunca más tendrás cabida entre nosotros, ni tú ni los que dicen ser tus aliados.