Por Israel Tolentino
Huácar es la capital del distrito del mismo nombre, entre sus poblados se encuentra Acobamba, lugar donde en su juventud, nuestro poeta César Vallejo, fue contratado por el hacendado Sotil para enseñarle a sus hijos. Entre ese paisaje cuantas tardes habrá visionado a su Rita de junco y capulí.
Pescar es un hábito inmemorial, antes de la caza y otros menesteres para sobrevivir, le habrá regalado al troglodita muchas alegrías; el cuerpo sumergido en las aguas y el alimento fresco. Pescar es destreza, como hacer pan, cosechar, sembrar, andar, cocinar… Es memoria viva, un pilar donde los pueblos consolidan su economía e identidad.

En el encuentro de los ríos Huallaga y Huertas, acompañaba a tío Chaván a pescar. Una lata de atún vacía para llenar las “cuecas“ que iban a servir de carnada; una navaja, por si acaso; un carrizo que servía de varita, el hilo invisible y el anzuelo. La caña para la pesca tenía una horqueta en un extremo, era flexible y resistente. Todo era importante, poner la carnada y tirar el anzuelo ayudado por una bolita de plomo y, con la mano en el invisible esperar a que el pez “pique”. Al primer jalón se tiraba con fuerza la caña, el pez con el anzuelo en la garganta volaba 180 grados, el ayudante, es decir yo, corría a des tragar el pez, gritar el tamaño que tenía, sacarlo y ponerlo en la “cayapa” (rama que se bifurca) de sauce llorón. En esa rama se traspasaban los pescados por sus agallas y servía para remojarlos de rato en rato en las orillas del río. Cuando la luz de la luna bajaba tras Rumichaca era hora de volver, la cayapa, de un brazo de tamaño, regresaba llena de cachuelos. Ya en casa tocaba eviscerarlos, la parte más difícil de la pesca.
El día que se elige para pescar es importante; preparar la coca, los cigarrillos y el aguardiente. El río, el cerro y las piedras deben darnos su permiso. Por lo general, se pesca de a dos, es ineludible que el que debe tirar la red tenga una persona de confianza cerca, de energía positiva, que no haga “chapo” (alguien con energía negativa, irá contraria la pesca, se arriesgará en vano la vida y el sueño).
El patrón de pesca es el único que guía, elige la ruta y los lugares donde arrojar la red, cruza varias veces ambas orillas del río, con el agua hasta las rodillas o axilas. En cada recorrido se descubren secretos, desde porque se empieza a lanzar la red en ese lugar, de abajo hacia río arriba; las sombras de los árboles; mirar las ramas y cuidar que la atarraya no se enrede en el fondo del río. Se “chaccha” (masticar hoja de coca) y bebe sorbos de “maruca” (shacta con maracuyá) y pita un cigarrillo mentolado de vez en vez.
El puente antiguo de piedra, de cal y arena, a la entrada de Huácar, dibujaba un arco de medio punto perfecto. Todas las mañanas y tardes cruzábamos ese puente sobre el río Huertas trepados en el bus “El Cisne” piloteado por “don Pashco” quien, alguna vez, nos contó para asustarnos, que en los cimientos del puente habían enterrado hombres vivos para darle fuerza y consistencia… Crecimos con esa imagen de puente indestructible; cierta noche de crecida, del puente construido en el siglo XIX se desprendieron sus piedras labradas por manos italianas. Los pasos de la niñez se ahogaron entre las corrientes.
Esta noche sin luna, debajo de la sombra donde alguna vez se dibujó el perfecto arco de medio punto, hemos salido a pescar, guía el evento “Shejo”, conoce cada remolino, el color del agua, las pozas, el olor a pez, las rocas donde los que le acompañamos debemos sentarnos a mirar que eche la red y cada molle y sauce donde cobijarse de la lluvia.
Si hay algo que esta generación a perdido, es acercarse a la naturaleza con el cuerpo. Contemplar, fotografiar, filmar y otro tipo de visualidad, interponen una distancia que te priva de andar, rasparte, trepar, caer, esquivar, saltar, tocar, sudar, oler, etc. Experiencias donde los ojos no son suficientes.
“Shejo” tiene atada la punta de la red en la muñeca del brazo derecho, levanta las bolsas de la atarraya y poniendo en horizontal su brazo la acomoda, un plomo mete a su boca, con estos tres puntos la avienta hacia la poza elegida formando un círculo perfecto que en contacto con el agua hace saltar un “plash” y se hunde como una flor; “Shejo” jala lentamente la red, entre sus bolsas los “cachuelos” capturados se mueven como si alguien jugara con espejitos, como una bombarda dorada abriéndose en el cielo. Los peces pequeños se vuelven al río.
Los “cachuelos” son los pejerreyes de los ríos, cuerpo arquetípico, panzoncitos, plateados, ojos negrísimos, cola tornasolada con chispas anaranjadas como un pez de cuento. Apariencia equilibrada, sin el exceso y la cabeza achatada de un bagre o la cachpa o demasiado resbaladizo y alargado como un huasaco.
Huácar es uno de los últimos refugios culturales de la ajetreada región Huánuco, pueblo limpio, ordenado y trabajador. Nuestras hijas juegan en el patio de mamá Oti y papá Visho y mi corazón viajero se ofrece pescar para toda la vida en este río (Huácar, enero 2024).




