DOCE: ELITA Y POZUZO

Por Israel Tolentino

La casa no es el lugar de cuatro paredes donde uno despierta, se acuesta y muere, todo lo contrario, la casa es el ser con quien uno comparte sus días, sin importar las paredes y el techo.

En este lugar amazónico, al otro lado de la cordillera si se viaja desde la costa, vertiente en peligro donde se generó la vida, coinciden como astros nombres significativos: Elita, mi esposa, nacida el 19 de marzo y Pozuzo, el lugar donde vivimos actualmente y tiene por festividad importante, en este mismo día de marzo, la fiesta de San José; otros casos emblemáticos de nacimiento en este día son: José Gabriel Condorcanqui llamado también Túpac Amaru II y José Sabogal, el pintor denominado indigenista que encabezó el primer movimiento plástico con carácter peruanista.

Fátima y Bernadette juegan con sus bicicletas a dar la vuelta al centro histórico del pueblo, la avenida Los Colonos, un verde recorrido con sol o lluvia donde se sueña que el mundo es un lugar posible; ellas se sientan, como en su casa, en las mecedoras de don “Mele” y doña Maura cuando vamos a comer a su restaurante; ponen sus ojos grandes cuando “don Lucho” les hace alguna broma mientras toman su jugo de piña; andamos a comprar strudel de plátano, recreación de las abuelas pozucinas a falta de manzanas. El pueblito es la prolongación de la casa y andar en sus veredas una tarea diaria. Se aprende a ser padre, a tener esperanza a pesar que las noticias informan sobre el poder execrable.

Somos mucho y poco de la gente que conocemos, algunas sellan con el azul del cielo el alma inmortal que tenemos y nos enseñan que las caídas son otra manera de aprender a vivir.

Fátima y Bernadette y su jugo de piña.

A Pozuzo nos trajo el inasible azar, esa suerte de uno en un millón que, en el mundo de hoy, mejor decir uno en siete millones. Cruzamos la cordillera, la reserva Yanachaga Chemillén,  y llegamos hasta la Selva Alta o Rupa – Rupa (caliente – caliente) región Pasco, a espaldas de uno de los centros mineros más antiguos de la civilización andina y al presente, el tajo abierto capaz de albergar al sol en su interior.

Con Elita, nos encontró el tiempo que sabe esperar al amor y los caminos que por extremos que sean, en un instante se tientan y escriben su historia.

La tarde que crucé la frontera Perú con Chile acompañado de Vinicio, llegamos a las 6 pm, antes del cierre de la frontera. Me quedé en el aeropuerto de Chacalluta, a esa hora dejaba de funcionar. Esa noche tuve que quedarme a dormir entre sus bancas y esperar que amanezca para tomar el primer vuelo hacia Santiago y desde la capital chilena, volar hacía Buenos Aires, rumbo a un sueño encendido en el albor púber. A la 7pm. Debíamos encontrarnos entre las calles bonaerenses, Tucumán y Callao, en el frontis de la iglesia El Salvador.

Volando casi todo Sudamérica para llegar ese mismo día a la cita acordada con anterioridad, como en todos los planes, debía tener horas a mi favor, al final, un retraso en el vuelo, puso mi corazón en sobresalto. En el aeropuerto Arturo Merino Benítez (Santiago de Chile) con el plano en mano, calculaba que ya no me daba el tiempo para llegar al hotel, bañarme, cambiarme, ponerme colonia y correr al lugar del encuentro. Arribando al aeropuerto Ezeiza (Buenos Aires), mientras caminaba con la maleta y mochila, descubrí que tenía dos horas con algunos minutos a favor, decidí viajar al centro del encuentro en bus, aparte de ahorrar 50 dólares de taxi, viajaría en un ómnibus grande, cómodo y puntual. Mis ojos empezaron a recorrer cada parte de esta enorme ciudad, el reloj seguía a favor, todo debía salir exacto, la comodidad del bus me valía como lugar de descanso. Bajé en el paradero correcto e inicié la última parte del recorrido, otra vez con el plano en mano, estaba en el mismo centro de la capital argentina. Las calles larguísimas, leyendo cada letrero, algunos nombres familiares: Callao, Arenales, Ayacucho… Sentía que mis pasos y el tic tac iban de la mano, Llegué al lugar de la cita con la maleta en mano y mochila al hombro, un par de minutos donde todos los recuerdos con Elita confluyeron en ese punto. Los dos, con gracia en los ojos mirándonos luego de 22 años (Pozuzo, marzo, 2024).