Cuando se marca un gol, la gente se abraza, aunque no se conozca de nada. Las camisetas cambian de dueño y, de repente, todos animan al mismo equipo. En un Mundial de fútbol, esto parece casi normal. Para Katie Wood, psicóloga clínica de la Universidad de Swinburne en Melbourne, no se trata solo de momentos emotivos para los aficionados. Según ella, este tipo de situaciones pueden, de hecho, reforzar el equilibrio mental.
"El mayor factor de protección para nuestra salud mental es el vínculo: la conexión con nosotros mismos, con otras personas, con nuestra comunidad y con nuestra cultura", explica Wood a DW. Y el deporte, según ella, da justo en el clavo: pone a la gente en contacto. Esta forma de conexión no solo surge en la familia o en el círculo de amigos. También puede aparecer cuando, por un momento, te sientes parte de algo más grande. Un Mundial de fútbol suele crear esta sensación con una rapidez asombrosa, incluso entre personas que nunca se habían visto antes.
Estadounidenses se suman a la fiesta de argelinos
En este Mundial se está viendo una y otra vez: aficionados de los países más diversos celebran juntos, intercambian camisetas o, de repente, animan codo con codo al mismo equipo. En Lawrence, en el estado de Kansas (EE. UU.), el centro de la ciudad se convirtió sin más en una zona de proyección pública durante el partido entre Argelia y Austria. Como la selección argelina se había instalado allí durante el Mundial, cientos de lugareños acudieron con camisetas argelinas, pintados con los colores nacionales y con banderas en la mano.
También en otros lugares queda claro lo rápido que el fútbol puede tender puentes. Tras los octavos de final entre Suiza y Colombia en Vancouver, dos aficionados intercambiaron sus camisetas como recuerdo de la velada que habían compartido. En Seattle, por su parte, tras la eliminación de EE. UU., un seguidor de Bélgica consoló a un aficionado estadounidense decepcionado.
Un visitante en San Francisco comenta a DW un momento que se le ha quedado grabado: "Un hombre vio mi camiseta. No me conocía de nada. Se acercó a mí, me abrazó y solo dijo: 'Esto es el Mundial'". La camiseta que llevaba el estadounidense era la de Zinedine Zidane del Mundial de 1998.
El sentimiento de formar parte de algo como necesidad básica
Justo ahí es donde Katie Wood ve la fuerza especial de un torneo como el Mundial. Gente que probablemente nunca se habría cruzado en la vida cotidiana comparte, por un rato, los mismos sentimientos. "Puedes venir de los ámbitos más diversos de la vida. Pero en el momento en que animas al mismo equipo, surge una experiencia colectiva con un objetivo común".
Ese objetivo satisface una necesidad básica que muchos subestiman: el sentido de pertenencia. Da igual si llevas décadas siendo aficionado o si es la primera vez que ves un partido. Lo importante es lo que se vive juntos: la emoción antes del saque inicial, la alegría cuando se marca un gol, la decepción compartida tras una derrota. "Nadie sabe por lo que pasamos día a día", le dice un visitante de una zona de aficionados a DW. "Por eso momentos como estos son tan especiales".
E incluso quien no tiene un equipo favorito fijo puede dejarse llevar por este ambiente. "Simplemente estoy feliz", le dice un visitante en Filadelfia a DW. "No tengo ningún equipo, pero ahora me encanta ver los partidos".
El Mundial de fútbol como vía de escape de la rutina
Wood menciona otro punto más: un Mundial puede ayudarte a desconectar un rato de la rutina. "Cuando pasan tantas cosas en el mundo, buscamos formas de escapar de la rutina por un rato", explica. "Y vivir el Mundial con todo lo que conlleva, junto a otras personas, es una forma muy sana de hacerlo". Claro, en un torneo como el Mundial, lo más importante suele ser el fútbol. Pero para muchos aficionados, los recuerdos más intensos de un Mundial surgen de todo lo que rodea al partido en sí.










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