Un equipo de científicos liderado por la paleoclimatóloga Julia Cole, de la Universidad de Michigan, ha reconstruido mil años de temperaturas del Pacífico ecuatorial a partir de corales de las islas Galápagos. Según el estudio publicado en la revista Science, el actual episodio de El Niño sería el más intenso de los últimos 1.000 años: la variabilidad del fenómeno desde 1984 es un 36,5 % mayor que en todo el periodo 1000-1850.
Los investigadores perforaron 13 muestras que combinaban bloques de coral muerto, varados en las playas de las islas Wolf y Darwin, con colonias vivas de la zona. Estos corales crecen entre uno y dos centímetros al año depositando carbonato cálcico, y su química depende directamente del agua en que se formaron, lo que los convierte en un registro natural de la historia del océano.
Un fenómeno fuera de lo común
La explicación del equipo es visual: eventos que antes dejaban Galápagos uno o dos grados por encima de lo normal, ahora la dejan en tres o cuatro. Aunque el sistema oscila más, el punto medio desde donde oscila también es mucho más cálido de lo normal. Según el artículo científico, la amplitud media entre fases frías y cálidas entre 1990 y 2010 fue 36,5 % superior a la del período anterior a 1850 y 16 % mayor que entre 1851 y 1982.
El estudio no halló equivalentes en los últimos milenios. “No hemos encontrado ningún caso en el pasado en el que El Niño haya sido tan intenso como ahora”, afirmó Cole en declaraciones citadas por Nature, donde también se recoge otra frase de la autora que resume el hallazgo: “No parece una casualidad”.
El calentamiento global como telón de fondo
La hipótesis que gana fuerza es que el calentamiento global de origen humano no altera la existencia natural del fenómeno, pero sí empuja una versión más intensa. El estudio comparó el registro de corales con simulaciones preindustriales de 12 modelos climáticos y concluyó que la variabilidad natural, incluida la influencia de volcanes o cambios solares, no alcanza para explicar el aumento reciente.
La meteoróloga Cindy Fernández, de Meteored, señaló que “el contexto de cambio climático altera el comportamiento tradicional del fenómeno, dado que la atmósfera global contiene más humedad que hace décadas, lo que potencia la materia prima de las lluvias”.
Un pronóstico contundente
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ya había advertido que El Niño se intensificará hasta convertirse en un evento de intensidad muy fuerte, con una probabilidad de persistencia hasta febrero de 2027 de casi el 100 %. Las proyecciones para el pico, esperado hacia noviembre, rondan entre los 3,6 y los 4 grados de anomalía, superando los récords de 1997-1998 y 2015-2016.
El Secretario General de la ONU, António Guterres, declaró que “el planeta se adentra en aguas desconocidas, aguas que se están calentando”, mientras que la Secretaria General de la OMM, Celeste Saulo, subrayó que “El Niño tiene el potencial de asestar un duro golpe a comunidades y economías de todo el mundo”.
Impactos regionales asimétricos
El Niño no genera un único tipo de clima extremo: tiende a traer sequías a Australia, Indonesia y el sur de Asia, mientras favorece lluvias por encima de lo normal en la costa oeste de Sudamérica y el sur de Estados Unidos. La OMM también identificó, para este episodio en particular, una fase positiva del Dipolo del Océano Índico que podría reforzar, debilitar o modificar los impactos típicos según la región, sumado a temperaturas superiores al promedio en el Atlántico norte y sur.
Wilfran Moufouma-Okia, jefe de predicción climática de la OMM, advirtió que la intensidad del pico no es un indicador confiable de la severidad de los impactos en cada región. Algunas zonas sentirán los efectos antes del pico, otras durante y otras recién después, según su ubicación y la forma en que la circulación atmosférica global redistribuya el exceso de calor oceánico. Los expertos señalan que, con una atmósfera más caliente que acumula más vapor de agua, los impactos hidrológicos podrían agravarse.










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