Por Israel Tolentino
Una de las virtudes que en primera se encuentra en Haroldo Higa, es la lealtad y disciplina hacia su obra, hacia su ser artista. Le protegen del mundanal ruido, su taller, su sabiduría, el silencio que ha sabido ahuyentar los cantos de sirenas que pululan en todas épocas, en los lugares, en el mercado del arte.
La hora que marca el reloj es idéntica entre la del taller, una antigua panadería italiana, y la de su muñeca. Se estaciona, camina hacia la reja, la corre y abre la puerta, un largo pasadizo, abre un candado, el olor a trabajo sale a su encuentro, el taller está oscuro, unos pasos, luego hacia su derecha enciende la luz. Al instante aparecen muchas esculturas, todas de pie como en una formación militar. La mesa principal de trabajo, tiene colgadas en sus bordes: sierras, cuchillas, reglas, un mazo de jebe, bolsas, escobillas…
Haroldo se formó como escultor en la Facultad de Arte y Diseño de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUC) de donde egresa con el primer premio. Fantásticas esculturas talladas directamente en madera y pintadas encantadoramente, como salidas de los cuentos de infancia, un imaginario festivo y multicolor; una isla en la historia de la escultura del país.
En ese interín, ganó una beca de talla tradicional para Okinawa, Japón, tierra de sus abuelos. Allá conocerá a Erica Yonamine, artista nikkei argentina, quien confiesa fue “enganchada” por Haroldo. Años luego, se establecerán en Lima y tendrán a Facundo y Leandro, dos increíbles gemelos.
Es impecable la carrera artística de Haroldo Higa, trabajando en solitario y con una disciplina insuperable. Fuera de su taller, el mundo se confundía en transfuguismos políticos remedados en el mundillo artístico, de la noche a la mañana, pintores y escultores, se hacían llamar artistas visuales, creyendo que, cambiando el apelativo, se podía cometer otra obra.
Cierta tarde, cuando Haroldo guardó sus gubias junto con sus enseñanzas de talla tradicional, pasó del peso, dureza, pedestal y policromía de la madera a la ligereza, fragilidad, piso y ausencia de color del poliestireno. Como el águila que se retira a cambiar de pico y garras, asumió ese doloroso proceso de pervivencia. El artista se renovó junto con su obra.
Las primeras obras de esta nueva vida, eran delicadas tallas, cubiertas de papel de seda, rescatando la blancura del material, la suavidad y transparencia, como la nube escalando una montaña. Esto dio, una memorable exposición individual titulada Fantasía. Personajes acopiados en el centro de la sala sobre un piso oscuro de forma circular, hechos de espuma con la piel de gasa y látex negro, una sensación orgánica donde la fantasía evocada en cada personaje se diluía en la oscuridad de su piel. La ausencia de pedestal era la novedad, las obras se asentaban en el piso de parquet, la serie la denominó Los Yokais. El sobrante de la sala estaba colmado de juguetes gigantescos, como tirados por un niño, desperdicios llevados a una medida extrema titulado sarcásticamente Parque de juego. El artista, indicará sobre las reflexiones constantes en su obra: “Desilusión” que empieza a manifestarse desde el 2000, cuando experimenta personalmente la precariedad del sistema artístico local, la difícil condición de artista (…) “Olvido” y “muerte” que irrumpen en su vida con la desaparición de su abuelo, a la edad de 98 años. Experiencia que lo lleva a tratar de entender la fragilidad de la carne, la duración de la memoria y la inminencia del fin.
Higa, había emprendido el camino contrario a su formación; gana el primer premio beca a Francia 2004. Souvenirs cremosos se llamará aquel conjunto escultórico de 5 piezas (ekeko, huaco erótico, torito de pucara, iglesia de quinua y retablo ayacuchano) dirá: intenta “representar” a manera agigantada una posible escena cotidiana-hogareña de los clásicos centros de mesas que encontramos en las casas. Expuestas luego en Trienal de Arte Contemporáneo en la Nacional Gallery de Praga, República Checa y adquiridas por dicho Museo.
República Checa
Su estadía francesa, de acorde con su férrea disciplina, constó de 8 horas de trabajo, 8 de visitas a la ciudad y su vida cultural y 8 de sueño, a manera de fraile benedictino; en esos tres meses en la cité internacional des arts, construyó una obra poética parisina cartonera, el resultado fue una exposición de arte titulada Ciudad – Luz.
Haroldo Higa, posee desde lejos, la imaginería capaz de contarnos la historia última. Seguramente, en algunas de las tantas entrevistas habrá dicho esto: el tiempo puede tomarse su tiempo. Suena a asir entre las manos el agua del mar. Es posible (Prusia, marzo 2023).










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