CORAZÓN LEONCIOPRADINO

Yeferson Carhuamaca

La vida se forja por las decisiones y las grandes hazañas que generamos, a pesar del miedo y la crueldad del destino.  En esa época era un estudiante del Colegio Nacional Leoncio Prado, aquella institución siempre fue la más grande de Huánuco, en tamaño y en longevidad, por aquel 2005 yo era un chibolo de quince años que vestía de camisa blanca, con galones sobre los hombros y una insignia representativa, pantalón plomo y en la casaquilla del buzo resaltaba la frase más importante: “Donde existe un huanuqueño, late un corazón leonciopradino.”

En ese parque frente al colegio la vi por primera vez, y fue ahí que nos encontramos en nuestra primera cita; ella, estudiaba en el colegio de mujeres llamado Nuestra Señora de las Mercedes, siempre llevaba consigo una mirada taciturna, que transmitía tranquilidad, una sonrisa quieta que dibujaba hoyuelos en sus mejillas cada vez que reía con una de mis ocurrencias, hablábamos de nuestro colegio y de los profesores, sobre todo de los auxiliares que no permitían que nosotros fuéramos a las puertas de su colegio a esperar a la chicas y poder acompañarlas como buenos caballeros que éramos gracias al esfuerzo, trabajo y dedicación de nuestro noble colegio. La tarde se marchaba como el viento que sobrepasaba los árboles y su compañía era un halo de vida que rodeaba mi corazón, el testigo siempre fue el portón celeste de mi colegio.

Por esas vicisitudes de la vida, ella me había pedido que nos fuéramos conociendo lentamente, que no apuráramos la marcha de nuestros sentimientos, porque además ella salía de un romance que duró mucho tiempo y que yo sabía que aún quedaba algo de su viejo amor, a pesar de su dolido corazón le agradecí que me diera la oportunidad de caminar ese rumbo para tratar de ser más que un pañuelo de lágrimas. Le había prometido muchas cosas, entre ellas llevarla a conocer lugares hermosos en donde podríamos ver los atardeceres y cortar flores amarrillas, y que además iría por ella todos los días a la puerta de su colegio en la salida de clases para poder acompañarla y ayudarla con sus libros. Ella al escuchar dichas promesas sonrió y me dijo que, si cumplía con el de venir todos los días durante un mes entero a buscarla en la puerta de su colegio, así llueva, haga calor o incluso nevara, me daría una oportunidad.

Recuerdo con cierta algarabía el día que empezó mi reto, fue un lunes 23 de mayo y no iba a decepcionarla, durante el fin de semana empecé hacer cálculos matemáticos sobre el tiempo que necesitaba para llegar siempre a la puerta, ya que ella no me esperaría, sino al contrario; la dificultad era que ambos salíamos a la misma hora 12:45 p. m. y que sabía también que ella se demoraba en salir hasta la puerta unos diez minutos más o menos, promediando la hora en 12:55 p. m. minutos antes o después, eso me daba aproximadamente unos 8 minutos para estar en la puerta de su colegio. Había contado las cuadras de distancia entre mi colegio y el suyo, diez cuadras en total y que por cada cuadra debería demorar 45 segundos en recorrerla, de esa manera siempre llegaría antes que ella se vaya de su colegio.

Como buen leonciopradino que salía a correr los sábados con los cadetes, emprendía todos los días mi recorrido, siempre llevaba mi toalla para secarme y estar presentable para ella, además de comprarle unos chocolates, era importante la hidratación y siempre llevaba conmigo una botella de agua del rico caño de mi colegio. A veces corría tan rápido que pensaban que era un pirañita, en ocasiones los perros me perseguían, y en otros tenía que esquivar a los vendedores de frutas del jirón Independencia, en fin, siempre estaba presente para poder acompañarla, no importaba el insoportable sol ni las tareas, mucho menos los libros y cuadernos que cargaba, solo me importaba su mirada de sorpresa que desprendía una alegría perteneciente al cielo celestial.

Los días pasaron, y el mes pronto estuvo al alcance de un solo día, yo andaba emocionado… Continuará…