Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
En diciembre de 1982 jugaba, casi por última vez, con mis amigos en el colegio; la hora de egresar había llegado. Cinco largos años juntos, compañeros de estudio, lecturas, palomilladas y complicidades. El auxiliar me mandó llamar. Preferí seguir dándole a la pelota. Hasta que el mismo director, con su voz ronca y con garraspera, por los cigarrillos y la obesidad, llegó hasta el campo de fútbol. Me acerqué sudoroso, me cogió del hombro y caminamos juntos sin hablar ni mirarnos. Me preguntaba de qué carajos ahora me van a acusar. Ya adentro había un comité de profesores que me miraba sonriendo y con ganas de abrazarme. Uno de ellos se levantó y me dijo, felicitaciones, muchacho, eres el premio excelencia de este año. Así supe que yo había sido el mejor estudiante durante cinco años ininterrumpidos. Eso me permitía el ingreso automático a la universidad, sin academia, ni preparación previa; sin embargo, estudié, en Losada y Puga, año y medio para estudiar ingeniería civil; decidí por la docencia.
Recuerdo, clarísimo, como si fuera hoy, que en los exámenes siempre tenía 20. Solo una vez llevé un ocho y un diez en la libreta de cartulina, escrita con lapicero rojo, porque corregí un dato histórico al profesor de Historia Universal y preferí leer en clases de Literatura Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda y Los ríos profundos de José María Arguedas. Esas eran las “manchas injustas” en mi trayectoria estudiantil. No fui santo, héroe ni villano. Hice lo que hacen los adolescentes, en plena erupción hormonal y con ojos de malicia consciente, en el colegio. Los profesores hacían repetir la lección de memoria y para eso íbamos preparados. Jamás he dejado de leer ni escribir. Nos hacían repetir al pie de la letra batallas, combates, biografías de héroes, pero nunca leer libros completos, solo fragmentos sin análisis ni opinión. Eran los años del segundo gobierno Belaunde, luego de 12 años de dictadura militar de Velasco y Morales Bermúdez. Quien mejor repetía de paporreta tenía 20 y era considerado un “buen estudiante”. Yo aprendí historia del Perú leyendo (por cuenta propia, sin imposición ni amenazas de exámenes) a Luis G. Lumbreras (realmente una epifanía), Jorge Basadre, Waldemar Espinoza Soriano, Emilio Choy, Juan José Vega, José Carlos Mariátegui, Pablo Macera, Alberto Flores Galindo (Buscando un inca me reveló quién era realmente Gabriel Aguilar Narvarte), María Rostworowski; había dado un salto cualitativo de Juan Castillo Morales, Gustavo Pons Muzzo y José Antonio del Busto. En la universidad tuve mi primera frustración académica: 05 en Matemática Básica: ahí estaba el cero y el cinco con rojo, de Javier Mendoza Balarezo. Cuestioné, por primera vez, el premio excelencia del colegio.
Según el Currículo Nacional (Minedu, 2017) debe existir una correlación coherente entre competencia, capacidad, desempeño, estándar de aprendizaje, enfoque específico transversal y perfil de egresado; sin embargo, en el trabajo educativo diario, en el aula, ¿ocurre eso? Para disipar mi escepticismo veo con interés la conferencia de Luis Guerrero Ortiz, titulada El ABC de las competencias (https://www.youtube.com/watch?v=BiP-KbR91RA). 1. El enfoque por competencias no es nuevo en la pedagogía. 2. Pregunta para pensar reflexivamente: ¿Cómo responde un gorila a la repentina aparición de otro gorila en medio de la selva? Las respuestas competentes conjugan contexto, situación, evaluación, opción, decisión y pensamiento crítico. Eso es competencia: conocimiento más experiencia igual competencia certera. Un ciudadano competente resuelve problemas, no se echa a llorar ni busca culpables ni “vive en las nubes” con abundante teoría e información inaplicables a la realidad. 3. La niña y el columpio. Parábola para resolver conflictos interpersonales con diálogo, tolerancia, asertividad, negociación y satisfacción de las partes. 4. La acción competente tiene un circuito lógico: experiencia-reflexión. 5. El dilema de Julia sobre la continuidad de sus estudios universitarios; sabe que las mujeres profesionales ganan 30% menos por el mismo trabajo que hacen los varones. ¿Qué decidirá? ¿Si le escribiéramos una carta, qué le diríamos, cómo la ayudaríamos a tomar una decisión pertinente? 6. Una competencia es un reto (respuesta que no existe, hay que construirla) para el estudiante y el docente cuya solución depende de la experiencia (saberes previos), la habilidad y la información disponible. 7. Un estudiante es competente porque razona y piensa con oportunidades y autonomía; aprende equivocándose. En resumen: “Al niño no hay que darle el pescado, sino enseñarle a pescar”.
La educación va más allá, a veces mucho más lejos, que instruir e informar. Hoy se necesitan ciudadanos críticos, demócratas, lectores, argumentales, prospectivos, empáticos, tolerantes, que tomen decisiones sumamente informados y propongan soluciones a los problemas cotidianos. No “cerebritos excepcionales” sin lectura ni habilidades sociales. Basta de mirar y criticar. Un tutorial de YouTube puede reemplazar al docente, si solo interesa el conocimiento y la memoria. La educación, fundamentalmente, es educar ciudadanos para la acción pública, laboral y política. No es lo mismo dictar que enseñar, ni educar. En el quehacer diario en la escuela hay conflicto entre el enfoque cognitivo y por competencias. La universidad, el 2022, recibirá una generación de estudiantes egresados de EBR. ¿En qué condiciones académicas, emocionales, de lectura, redacción, pensamiento crítico y libertad se encuentran? ¿Entienden lo que leen? ¿Redactan textos con coherencia, cohesión, riqueza verbal, información confiable y orden expositivo? Si no hay eso, habrá una colisión brutal o hacer de tripas corazón y adaptarse, sin demora ni murmuración, a las nuevas y más exigentes circunstancias. De la universidad se incorporan al mercado laboral y a la PEA.




