COMELIBROS

Por: Jacobo Ramírez Mays

Salgo de mi centro de trabajo pensando en qué comeré cuando, sin previo aviso, Pavel, por cuyas manos han de haber pasado más libros que por las de persona ninguna, puesto que es vendedor de libros, me llama; y con su voz media gangosa me dice que le ha llegado nueva mercadería.
El sol, que no da tregua, me quema la cara mientras me acerco a su librería rodante instalada cerca de la puerta principal de la UNHEVAL. Él singular vendedor de barba recrecida me observa, y como buen sicólogo se da cuenta de que me intereso en ciertos libros. Espera, como el perro a su presa, tranquilo, sereno; hasta que de pronto comienza, como quien no quiere la cosa, a acomodar algunos libros, mientras que de reojo me sigue observando.
Entonces agarro un libro, en pasta gruesa y en papel marfileño, es Todos los nombres, de José Saramago; inevitable recordar el comentario que sobre dicho libro alguna vez le escuché a Mario Malpartida, y una edición que mi amigo Lucho me ganó en comprar. Disimuladamente, y haciendo un gesto como si no me interesara, pregunto por el precio. A Pavel, naturalmente, le llegan mis palabras como azuquítar para sus oídos. Agarra la edición y me dice: «Quince luquitas».
«Muy caro, compadre», le respondo. Además (miento, como siempre hago cuando quiero algo), le manifiesto que tengo una edición pirata; y vuelvo a poner el libro en su lugar como si no me importara. Pavel, viejo zorro en materia de venta de libros, me dice: «Ya, profe, que sea un cheque».
Meto mi mano al bolsillo, y, entre otras cosas porque hace ya un año que no me pagan por un trabajo que realicé para cierto Programa de Segunda Especialidad y de lo cual hablaré en otra oportunidad, me doy cuenta de que solo tengo treinta soles. Sin embargo, como el precio por libro era cómodo, acepté.
Sigo ojeando libros, como haciéndome al cojudo, cuando encuentro una edición de lujo del libro La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, de Gabriel García Márquez. Libro que en cierta ocasión no pude comprar porque, para variar, mis bolsillos estaban más pelados que mi cabeza. Pavel, al darse cuenta de mi interés, espera que pregunte por el precio pero, como ya aprendí la jugarreta, lo dejo a un costado, mostrando supuestamente desinterés. Cojo Bestiario, de Cortázar, libro que estoy seguro de haber prestado a alguien y ese alguien se ha olvidado de que era mío. Como lo necesitaba, también lo coloco junto al libro de Gabo.
Miro a otro lado y mis ojos se topan con Cuentos libertinos, de Honoré de Balzac; leo la contratapa, reviso el índice, me emocionan los títulos de algunos cuentos, y también, sin que Pavel se dé cuenta, lo pongo junto a los otros dos.
No suelo leer obras de teatro, sin embargo, al ver Las nubes, Lisistrata y Dinero, de Aristófanes, no puedo dejar de emocionarme y decido llevármelos. Como no quiero seguir revisando, decidido a ganarle la moral al viejo vendedor, le digo: «¿Cuánto por todos estos?».
Él los agarra, calcula el grosor, lee algunos títulos; yo, con el deseo de que me diera un precio al alcance de mis bolsillos huecos, no lo miro y sigo observando otros libros. Entonces, levantando la voz, me dice que cuarenta soles por todos. Mi boca se tuerce, me desanimo, no me alcanza mi plata pa› maldita la cosa; agarro los textos y negocio: le pido una rebajita. «Profe, son originales y como te das cuenta están nuevos, algunos ni siquiera han sido leídos», aclara. «Ya, pe, Pavel, entonces fíame», le replico. «Profe, necesito billete para cancelarlos, tú sabes cómo es esta vaina», me explica.
«Ya, ¿cuánto último?», lo conmino. «Ya, profe, como eres mi pata, que sea tres cheques». «Compadre, es todo lo que tengo; ¿cómo crees que me voy a ir a mi casa? ¿Caminando?». Me victimizo. «Ya, profe, para nadie, dame 26 soles». Me emociono al escuchar el precio y le entrego el dinero. Me da mi vuelto y para colmo me entrega una moneda de esas de colección que no tenía.
Cargado con mis libros, y de camino a casa, me pregunto: «Y ahora, ¿qué voy a almorzar?». Seguramente Gabo me hubiera dicho que mierda; pero como él ya no está, llamo a mi amigo y le cuento la historia con la esperanza de que me diga que me va a prestar unos cuantos morlacos para sobrevivir; pero él, fiel a su estilo, solo atina a decirme: «Ahora come libros pe, huevón».
Las Pampas, 23 de julio de 2016