Por Arlindo Luciano Guillermo
Trabajé 10 años (1990-2000), apenas egresado de la universidad, con la ideología fresca y la presunción de ser poeta, en el Colegio María Auxiliadora. No sabía quién era don Bosco ni María Mazarelllo. El ideal salesiano era educar “buenos ciudadanos” y “buenos cristianos”, igual premisa proponía Marcelino Champagnat. El colegio no era un cuartel ni una comisaría, sino una comunidad de convivencia democrática y aprendizaje. Allí aprendí a ser profesor; no era lo mismo enseñar en la academia preuniversitaria. Sor Olga me dijo que los cursos son medios, no fines. Entendí, felizmente, que la literatura y la lectura debían educar ciudadanos correctos, lectores, responsables y decentes en la actuación cotidiana. Así emprendí mi trayectoria magisterial. En 1990 Alberto Fujimori había ganado las elecciones a Mario Vargas Llosa. Recuerdo aquel fatal 8 de agosto de 1990 y al ministro de economía Carlos Hurtado Miller. Luego de anunciar el shock sin anestesia dijo: “Que Dios nos ayude”. Mi quinto sueldo se redujo drásticamente; había que sobrevivir.
El cantante Gianmarco, en el concierto del 7 de octubre en el estadio Heraclio Tapia León, mientras rasgueaba las cuerdas del charango, dijo que un periodista le preguntó si se sentía “orgulloso de ser peruano”; él hubiera preferido que le dijera si se sentía “orgulloso de ser un ciudadano peruano”. El haber nacido (lo digo otra vez) en el Perú o en Huánuco es un accidente, un acto azaroso, ajeno a la voluntad propia. El haber nacido en una ciudad no te da pertenencia, sino gratitud, oportunidad y realización personal y profesional. En la misma línea de Gianmarco digo yo: “¿nos sentimos orgullosos de ser huanuqueños?” o “¿nos sentimos orgullosos de ser un ciudadano huanuqueño?”. El matiz semántico es notable, claro, de deslinde categórico; ser o no ser, no aparentar porque eso es hipocresía. El adjetivo y el gentilicio no logran encajar como un machihembrado. Ser ciudadano no es, en la práctica, tener DNI; eso es para la ley y el trámite administrativo. Luego de la reflexión, Gianmarco empezó a cantar Hoy: “Tengo marcado en el pecho todos los días que el tiempo no me dejó estar aquí…”. Y el show espectacular continuó a pesar de la lluvia aguafiestas y del frío que perforaba la “chompa alpaca”.
El gurú de las inteligencias múltiples Howard Gardner dice: “En realidad, las malas personas no puedan ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes”. ¿Los mejores técnicos, con grados académicos admirables, son también correctos ciudadanos? ¿La gestión pública tiene garantía solo en el desempeño profesional, sin importar la actitud personal y el gobierno emocional? Una ecuación ideal es actitud, aptitud, inteligencia emocional y habilidades blandas.
Julio Ramón Riberyro es admirado por los cuentos que ha escrito, pero también ha publicado libros de reflexión y opinión: Prosas apátridas, Dichos de Luder y La caza sutil (1976). Precisamente en este último se advierte un texto breve titulado “Ser un buen ciudadano”. Dice: “El civismo consiste en ser un buen ciudadano, es decir, una persona educada, respetuosa de los derechos ajenos, cuidadosa del orden público y dispuesto a acatar las normas de una armoniosa convivencia social”. Han trascurrido 46 años de esta visión platónica e ideal; quisiéramos que sea cierto y real. Añade JRR que un “perfecto ciudadano” sería aquel que al salir de su departamento saluda al portero, recoge la cáscara de un plátano de la calzada, hace cola para subir al autobús, mira con orgullo la estatua del héroe y da su óbolo para mejorar el ornato de su comuna. El verdadero rostro de la realidad, apreciado Julio Ramón, es otro: brutal, informal, transgresora, escasamente ético, expoliadora, grosera, inurbana, indiferente, depredadora. Propone qué hacer y advierte como un viejo profeta. Si no corregimos los defectos de los ciudadanos (gobernante y gobernado) ni surten efecto las soluciones, entonces “nos encontramos ante un fenómeno irreversible y debemos prepararnos para que impere la ley de la jungla”. ¿Y la jungla no es el comercio ambulatorio que ha tomado las veredas de la ciudad? El tránsito endiablado y caótico es un monstruo que pisa fuerte. Los colectiveros no tienen paradero fijo y legal. La inseguridad ciudadana tiene en zozobra al ciudadano. Mueren indigentes y bebedores por consumir alcohol metílico vendido por inescrupulosos tenderos. “La calle es una selva de cemento”, asevera Héctor Lavoe.
Hace falta, urgentemente, replantear lo que se enseña en la escuela y cómo se enfrenta la “educación doméstica”; la “buena educación” empieza en casa. La educación en valores y la cultura democrática no logran ensamblarse ni coincidir; la ética y la democracia son pilares fundamentales de la educación. La participación ciudadana es cada vez menor, se deja que los políticos dirijan los destinos de la región o la ciudad. Elegimos autoridades, el holograma adherido al DNI y cumplido el deber. Lo que haga o deje de hacer quien gane las elecciones importa un bledo. El problema no es enseñar más cursos de cívica o personal social, sino apuntar a la actitud, la inteligencia emocional y la responsabilidad de los estudiantes. Empecemos por tres cosas concretas: la puntualidad, la honestidad en los exámenes y el ejercicio del pensamiento crítico.
En la universidad, la cultura cívica se supone ya está formada sólidamente en los estudiantes. Si queremos una sociedad democrática, justa, respetuosa del ciudadano, solidaria, humanista, equitativa e inclusiva, se tiene que tomar en serio la educación de ciudadanos, no solo adiestrar tecnócratas que se desempeñarán con eficiencia y productividad, pero sin habilidades políticas ni asertividad. Hoy vivimos, peligrosamente, una crisis de ciudadanía, peor que la política, la precariedad institucional y la orfandad de liderazgo patriótico. Al promulgar la ley de reforma agraria, en 1969, Juan Velasco Alvarado dijo: “Campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza”; en la década del 90, Alberto Fujimori, desde un tractor agrícola, prometió: “Honradez, tecnología y trabajo”; 32 años después, el presidente Pedro Castillo afirma: “No más pobres en un país rico”. El periodista Santiago Zavala, personaje de la novela Conversación en La Catedral, mientras contempla melancólico la Avenida Tacna, se pregunta: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Así es el Perú del siglo XXI en el que residimos: plural, complejo, de contradicciones irresueltas, de polarizaciones innecesarias, con racismo fariseo, con injusticias seculares, corrupción corrosiva, con incapacidad de concertar y consensuar en favor de los demás. Se quiere cambiar el rumbo de la historia y de la sociedad, pero el que quiere hacerlo es el mismo ciudadano.




