Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Que los primeros cien días de un gobierno no pueden ser en modo alguno suficientes para juzgar en toda su dimensión la performance del mismo es una verdad a todas luces incuestionable. No lo es menos, sin embargo, el hecho de que el tiempo en cuestión resulta más que suficiente, sobre todo si de lo que se trata es de servirnos como punto de referencia para tener claras cuando menos un par de cosas; cuestiones que, si bien podrán no ser completamente determinantes al momento de prefigurar el rumbo de una gestión gubernamental, pero que ayudan, y mucho, a que tengamos una visión panorámica respecto de por dónde habrán de marchar los destinos del país en los próximos años.
Hablamos, por un lado, de la calidad del equipo de profesionales de que se rodea un gobierno, los mismos que serán, desde luego, tanto más eficientes cuanto más cualificados se hallen para el ejercicio de las funciones para las que fueron nombrados; y, por otro, de la capacidad de liderazgo del presidente de la República, y no solo en lo que toca, claro está, a llevar la batuta del Ejecutivo, sino también y sobre todo, en lo que concierne a la toma de decisiones que redunden en el bienestar de la población en su conjunto, y no únicamente en el de quienes “colaboraron” para que ganase las elecciones. Factores, estos, que determinarán a fin de cuentas el que la gestión en su conjunto resulte eficiente o, por el contrario, acabe convirtiéndose en una verdadera chambonada, esto es, ni más ni menos que en lo que se ha transformado el gobierno de Pedro Castillo a cien días de iniciada su gestión: en una total y absoluta payasada.
Y no es, claro, como afirma el señor Castillo cada vez que se acuerda de que las palabras siguen siendo, todavía, la mejor herramienta de comunicación que tenemos las personas, que quienes lo critican sean individuos a los que lo único que movería para denostarlo sería su odio y rencor injustificados hacia un pobre y humilde hombre cuyo único “delito” es haber nacido en el que él llama “el Perú profundo”, y por no pertenecer, en consecuencia, a la élite política peruana, que sería, asimismo y según su desinformado discurso, la única que habría gobernado el Perú durante los últimos doscientos años. Pues no. No es así.
Que el papel del “pobrecito”, que tercamente se afana que querer representar cada vez que se siente atacado, alguien tendría que decírselo, ya no se lo cree nadie. De ahí que, si pretende pasarse los cinco años que en circunstancias normales debería durar su gobierno, mostrándose como víctima del “nefasto” sistema y de los “podridos” medios de comunicación, todo con tal de rehuir las responsabilidades que como jefe de Estado le corresponden, haría bien en ir pensando en dedicarse a otra cosa, en volver, por ejemplo, a las calles a conducir protestas (a las aulas no porque hace años que no enseña, y en hora buena). Porque los peruanos tendríamos que ser bien imbéciles para mirar impasibles cómo un grupo de incompetentes nos manda el país al carajo, sin hacer nada para buscar los mecanismos constitucionales necesarios para enviar a su casa a un individuo que, no nos cansaremos de decirlo, podrá estar capacitado para todo lo que sus ayayeros quieran, pero menos para ser presidente del país. El Perú no lo merece.
Porque si existe algo que la gestión de Pedro Castillo se ha encargado de demostrarnos a los peruanos desde que asumió el gobierno, es que es completamente incompetente para elegir altos funcionarios, léase ministros, aunque no solo; lo que no pasa, obviamente, por el origen modesto que pudiera tener el presidente, ¡faltaba más!, sino que es más bien el resultado de no contar este con un mínimo de sentido común, algo por lo que, como es sabido, nuestro actual mandatario destaca como ninguno. Ahora bien, si a lo anterior le sumamos, por otra parte, su total falta de liderazgo, su absoluta carencia de condiciones de estratega capaz de guiar a más de treinta y dos millones de personas hacia el desarrollo, el panorama termina de ponérsenos sombrío. Ello porque resulta evidente que con un mandatario incapaz de cumplir con aquello para lo cual fue elegido, solo nos puede esperar un futuro ominoso.
De modo que, si de hacer balances se trata, estos primeros cien días del gobierno de Pedro Castillo nos deberían servir, y mucho, para que tomemos conciencia de una vez por todas de que hay cosas que no van a cambiar. Los nombramientos de personajes cuestionados en puestos clave del Ejecutivo se van a seguir dando; el desprecio indisimulado a la meritocracia continuará campeando en los diferentes niveles de gobierno; la falta de liderazgo del presidente seguirá siendo tan escandalosa como su pretensión de eliminar las evaluaciones a los docentes. Todo eso y mucho más seguirá siendo el pan de cada día en los próximos años. ¡Para qué hacernos ilusiones! Que lo visto hasta ahora es solo una muestra. Una muestra real y objetiva de cómo la necedad ideológica puede llegar a joder a la gente. Tanto a la que por voluntad propia la padece como a quienes muy a su pesar sufren las consecuencias de ser gobernados por aquella.




