Jorge Farid Gabino González
Conocida la denuncia por acoso sexual interpuesta por una periodista en contra del congresista de Acción Popular Yonhy Lescano, las reacciones no se han hecho esperar; y se han dado, como era previsible, a todos los niveles. Así, desde los ya habituales pronunciamientos en redes sociales a cargo de toda suerte de advenedizos defensores de los derechos de la mujer (que en circunstancias como estas, ya se sabe, se tornan legión), pasando por las indignadas tomas de posición de las diferentes bancadas congresales (entre las que no podía estar ausente, ¡faltaba más!, la de Fuerza Popular), hasta terminar en las desaforadas amenazas de la ministra de la Mujer respecto de que casos como el señalado «tienen que ser investigados y sancionados con todo el rigor de la ley», los peruanos hemos visto correr en los últimos días, literal y figurativamente hablando, verdaderos ríos de tinta.
No era para menos, claro. Sobre todo por ser el supuesto acosador nadie más y nadie menos que un honorable congresista de la República, un distinguido padre de la patria, alguien cuyas credenciales morales y académicas deberían, se supone, mantenerlo a buen recaudo de la comisión de “ese” tipo de bajezas. Y otro tanto, también, por ser el acusado alguien como el señor Yonhy Lescano, conocido militante de uno de los partidos más conservadores del país y defensor acérrimo de los derechos de los más desposeídos, que era como se autodenominaba el susodicho.
Pues bien, con todo y ser el de Lescano un caso en el que, de comprobarse su culpabilidad, se debería aplicar una sanción verdaderamente ejemplar, habida cuenta de lo peligroso que resulta en nuestros días el sentar precedentes en materia de impunidad relacionados con casos de agresión sexual a mujeres, y más aún si quien resulta implicado es alguien que ostenta un cargo de la investidura del que posee el del aludido, es bueno no perder de vista que no es el primero que se suscita en nuestro inefable Congreso; en este que va del 28 de julio de 2016 a la fecha, queremos decir. Ahí tenemos, para mayor referencia, lo realizado por Moises Mamani y Luis López Vilela, integrantes ambos, ¡oh sorpresa!, de la bancada de Fuerza Popular, y acusados ambos, también, de realizar tocamientos indebidos a una aeromoza y a la parlamentaria Paloma Noceda, respectivamente.
Lo paradójico de esto último, sin embargo, es que después de haber interpuesto todo tipo de artimañas legales para evitar que se desafuere a los antedichos, aun cuando sabido era por todo el mundo que pesaban sobre ellos acusaciones de tan alto calibre como la que ahora recae sobre Yonhy Lescano, hoy la bancada de Fuerza Popular sale a rasgarse las vestiduras, y a despotricar en contra del parlamentario de Acción Popular. Naturalmente, hideputas es lo mínimo que se les puede decir, después de leer su mamarrachento comunicado: “El grupo parlamentario se solidariza con la denunciante e impulsará que este caso no quede impune y se siente un precedente ejemplar contra quienes abusan de su momentáneo poder para violentar a las mujeres”.
Desconocemos la fecha exacta en que habrían tenido lugar las conversaciones por Wasap que configurarían el mentado acoso del que se sindica a Lescano. Como sea, una cosa es cierta: no podría haber habido mejor momento para sacarlas a la luz, para denunciarlas públicamente. Sobre todo en lo que a los intereses de algunos de nuestros insignes políticos peruanos se refiere.
Con las delaciones del caso Lava Jato llegando del Brasil en virtud del acuerdo suscrito entre autoridades de ambos países y representantes de Odebrecht; con Lourdes Flores Nano sindicada de haber recibido dinero para su campaña presidencial de 2006 y para la municipal de 2010; con Alan García acusado de haber recibido cien mil dólares gracias a la suscripción de un contrato simulado por la realización de una conferencia en Sao Paulo en mayo de 2012; no deja de llamar la atención que durante los últimos días las primeras planas de prácticamente todos los medios de prensa del país se ocupen “solo” del señor Lescano, de absolutamente nada más que del señor Lescano.
Por supuesto que hay algo que huele mal. Y no es paranoia. Es, simple y llanamente, que en política no existen las casualidades. Pero mucho cuidado, que lo peor no es ni siquiera eso: que una vez más los poderosos de nuestro país (y, claro, sus grandes intereses) pretendan tomarnos de tontos. Lo peor es que el supuesto acosador sexual ya se dio cuenta de que lo vienen usando de chivo expiatorio; y, como era previsible, comenzó a hacerse la víctima. Que no le sorprenda a nadie que hasta él mismo termine creyendo que en verdad lo es.



