CARNAVAL

Por Jacobo Ramirez Mayz

Cuando era niño, esperaba con ansias la llegada de esta fiesta. Era un tiempo en el que nuestros barrios se preparaban con entusiasmo, decorando carros alegóricos en los que desfilaban las reinas del carnaval, moviéndose al compás de las bandas de música. Todos llevábamos serpentinas en el cuello y recorríamos las calles, que en aquellos días eran menos congestionadas, con baldes de agua en mano. Niñas, señoritas e incluso señoras arrojaban agua desde diferentes puntos, mientras quienes acompañaban la comparsa respondían en medio de risas y alegría.

La jarana culminaba en la plaza de armas, donde escuchábamos el famoso “testamento” de don Jalisco, un discurso lleno de humor y tradición. Luego, cada quien regresaba a su casa para prepararse para el Miércoles de Ceniza, el día en que comenzaba la Cuaresma.

Con el tiempo, los carnavales cambiaron. Aparecieron los globos llenos de agua, que eran lanzados con tanta fuerza que, más que un juego, se convirtió en una agresión contra los transeúntes, muchos de los cuales ni siquiera participaban en la celebración. Lo digo por experiencia propia: una vez, mientras iba a trabajar, me lanzaron tres globazos. Uno me cayó en la cabeza, dejándome aturdido; otro en la espalda, con la fuerza de un puñetazo de Mike Tyson; y el último en una parte del cuerpo donde a nadie le deseo semejante impacto. El golpe fue tal que mi fiel compañero se encogió y quedó reducido a su mínima expresión, no por el agua, sino por el dolor. Quise reaccionar, pero la turba de jóvenes hacía imposible cualquier respuesta. Empapado de pies a cabeza, entré al aula y di mis clases, no sin antes expresar mi indignación por la tergiversación de esta fiesta.

En otra ocasión, fui testigo de algo aún más preocupante. Un grupo de jóvenes rodeó a un par de señoritas para embadurnarlas con betún y talco. Cuando se alejaron, las chicas estaban manchadas de pies a cabeza, excepto en el rostro. Ese día comprendí que los carnavales en mi ciudad se habían desvirtuado por completo y que nunca más volvería a ver aquella celebración alegre y respetuosa de antaño.

Hoy en día, esta distorsión del carnaval es aún más evidente. Muchos utilizan la fiesta como pretexto para actuar sin respeto, escondidos tras una máscara. No creo que nuestras festividades logren atraer a un solo turista, a diferencia de los carnavales de Ayacucho y Cajamarca, o los más famosos de Oruro y Brasil. La realidad es que, en lugar de ser un atractivo, estas prácticas terminan ahuyentando a propios y extraños.

Seguramente algunos chauvinistas o regionalistas dirán: “Primero lo nuestro, después el resto”. Pero con actitudes violentas, sin respeto por los demás y con distorsiones vulgares, ¿realmente creen que se puede promover esta fiesta? Por mi parte, he decidido comenzar a ahorrar y, si Dios me da vida y salud, el próximo año me iré a disfrutar los carnavales de Río de Janeiro, para ver bailar a las garotas y admirar el ritmo de sus caderas. O quizás viajaré a Oruro para deleitarme con los miles de danzarines de sayas, caporales y diabladas. También podría estar en Cajamarca, cantando cilulos y cashuas, bailando junto a ellos. O recorrer las calles de Ayacucho, bailando un huayno o un carnaval al ritmo de guitarras.

Termino diciendo que, después de todo, el carnaval debería ser una celebración de alegría y tradición, no una excusa para el desconcierto.

Las Pampas, 06 de marzo del 2025